Como Franco viviríamos mejor: el deportista leonés de 90 años que asombra en un parque de Gijón por su flexibilidad y agilidad
Con 50 años cambió de vida: "Si no fuera por el deporte y mis amigos, ahora me estaría babando"

VÍDEO: Pablo Palomo / FOTO: Ángel González

Con cincuenta años cambió la barra de bar por la de las dominadas, sustituyó la cajetilla de Ducados negro que se metía entre pecho y espalda día sí y día también por caladas de oxígeno nadando en el Cantábrico e intercambió la falsa compañía del alcohol por las risas con sus amigos en las máquinas de gimnasia del "kilometrín" de Gijón. A sus 90 años, para 91 en junio del año que viene, se puede decir que el protagonista de estas líneas ha refutado la canción de Sabina, esa que dice que si uno aspira a vivir cien años lo mejor son las pastillas para no soñar. Él ha encontrado en el deporte la receta para ser más ágil que un chavalín. Con todos estos ingredientes, la historia está justificada. Pero hay más. ¿Su nombre? Francisco Franco.
Así es como se llama este leonés nacionalizado gijonés por amor a los colores. Nacido en 1935, en el pueblo de Matallana de Torío, cerquita de las Cuevas de Valporquero, Franco convirtió la calle en su gimnasio. Sin deporte y sin los amigos del "kilometrín", una instalación deportiva anexa al parque Isabel la Católica, no sabría qué hacer. Lo cuenta él. "Sin deporte y sin amigos prefiero no vivir. Que siga viviendo se lo debo a ellos", dice. Dice y señala a sus dos compañeros de fatigas, Lito González y Raúl Alonso. Su yerno, Daniel Martínez, también fue clave en su metamorfosis.
Decíamos que Franco nació en la provincia de León, pero su familia acabó en Avilés. Su padre trabajó en Ensidesa. Y le siguió los pasos. Fue soldador toda la vida. Aunque vivió en la Villa del Adelantado siempre se inclinó por la de Jovellanos. "Para mí la vida es Gijón", cuenta. Durante mucho tiempo, en unos años en los que eso de cuidarse sonaba a algo casi tan extranjero como las suecas de las películas de José Luis López Vázquez, Francisco Franco llevó una vida regulera. "No fui alcohólico, pero bebía mucho. Llegué a pesar 82 kilos. No me podía atar los zapatos de lo gordo que me puse", explica este hombre menudo.
Bebía y fumaba. No solo tabaco negro, sino también puros. Derrochaba horas en el bar. "Lo hacía por ignorancia, la verdad. Si no fuera por mis amigos –por estos dos dice por Lito y Raúl– seguramente me estaría babando encima", afirma. Intentó cambiar muchas veces, pero no pudo. El tabaco y la bebida siempre acababan en su rutina. "Una Nochevieja fumé tanto que casi me muero", revela. El deporte fue lo que le cambió. "Me ponía muy nervioso. Llegaba de trabajar por las noches y me iba a correr porque me entraba un cosquilleo en los pies que no me aguantaba", asegura.

Francisco Franco muestra su DNI / .
De esos trotes primerizos pasó largos paseos hasta la playa de la Ñora con su yerno. También se tiró a la piscina, y no solo metafóricamente. Aprendió a nadar desde cero y se convirtió en un respetable nadador de aguas abiertas por el Cantábrico. Lo cuenta sin darse importancia. Como si a su edad fuera lo más normal del mundo. De hecho, le atribuye, una vez más, el mérito a sus amigos. Estos, eso sí, reconocen su valor. "Es muy constante, no para", aseguran.
Su vida cambió hace cosa de cuatro años. Regresando de la Ñora, cerca del rastro, se cayó y se rompió la cadera. "O me rompí la cadera y me caí, ya no sé", puntualiza. Estuvo ingresado doce días en el Hospital de Cruz Roja. Y se temió lo peor. O sea, tener que dejar de hacer deporte que para él es una sentencia casi equivalente a la muerte. "Si no estoy como estoy ahora y sin los amigos no quiero vivir", vuelve a decir. Es ahí donde entró la gimnasia en el "kilometrín". En su recuperación, primero con muletas y luego con bastón, empezó a acudir a este lugar con un fisio, conoció a sus amigos y el resto es historia. Ahora, hace dominadas, flexiones y fondos en sesiones de hora y media sin parar casi todos los días. Y a eso le suma 2.000 estiramientos en casa, mañana y tarde.
Su padre, a punto de ser fusilado... por Franco
La guinda de la historia es su nombre. Él nació en 1935, un año antes del golpe de Estado. Y no, su nombre nada tiene que ver con el dictador. Nunca pensó en cambiárselo. Su padre se llamaba Pedro Franco. Y su padrino fue Francisco Roa de la Vega, un político muy conocido de León quien, por cierto, tiene calle casi en el centro de la ciudad. A su padre, de hecho, casi lo fusilan. "Fue condenado, pero se libró. Estuvo preso en Valencia de Don Juan cinco años", detalla. A la pregunta sobre el motivo del encarcelamiento, se encoge de hombros. "Nunca hablábamos de política porque no me gusta", dice. Ya se sabe: Franco no se mete en política y está claro que él vive mucho mejor.
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