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Ángel Villa Valdés, arqueólogo: "Los castros son el símbolo más potente para identificarnos con nuestro pasado"

El experto diserta sobre los respectivos museos de las ruinas de Coaña y el Chao Samartín y su «patrimonio extraordinario» hoy, en el Antiguo Instituto

Ángel Villa Valdés.

Ángel Villa Valdés. / Lne

Gijón

Ángel Villa Valdés (Oviedo, 1963), arqueólogo del Museo Arqueológico de Asturias, cuenta con cuatro décadas de experiencia a pie de yacimiento y ha sido testigo del cambio de paradigma sobre la cultura castreña: de verla como una extensión del dominio romano a reconocerla como una sociedad con raíces milenarias propias. El experto –advierte que la excavación arqueológica no puede usarse como mero "recurso turístico", sino un compromiso con la identidad del territorio– reflexiona hoy, a las 19 horas en el Antiguo Instituto, sobre el estado de los museos de Coaña y el Chao Samartín. Lo hace dentro del ciclo de conferencias "Museos de sitio en yacimientos de Asturias, Galicia y Portugal", que impulsa el Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea) y el área de Cultura.

¿Por qué son tan importantes estos castros?

Coaña es la historia de la investigación arqueológica en Asturias. Se comenzó a excavar en 1877 con criterios realmente avanzados para la época y su evolución ha ido pareja a la consolidación de la arqueología como disciplina científica. Además, la monumentalidad de sus ruinas y el trabajo de Antonio García y Bellido en el siglo XX lo convirtieron en la imagen más representativa de un poblado fortificado de la Edad del Hierro en toda la península. El Chao Samartín complementa esta visión con una investigación iniciada casi 150 años después. Fue el yacimiento donde se advirtió una secuencia de ocupación mucho más larga de lo que se presumía, remontándose al final de la Edad del Bronce y prolongándose hasta los primeros siglos de dominio romano, incluyendo una necrópolis altomedieval.

¿En qué situación se encuentran sus museos?

El aula de Coaña está en una fase avanzadísima de actualización que esperemos se culmine en los primeros meses del año próximo. Se busca ofrecer una lectura renovada que interprete cómo era la vida allí desde hace 3.000 años hasta su abandono. Respecto al museo del Chao Samartín, nació con una orientación muy precisa asociada a la investigación, aunque hace tiempo que aquella línea camina por derroteros a los que soy ajeno.

¿Ha cambiado mucho la mirada sobre los castros en treinta años?

Radicalmente. En el año 93, cuando se abrió la instalación de Coaña, el discurso era que los castros del occidente asturiano se habían implantado por iniciativa romana tras la conquista para explotar las minas de oro. Hoy sabemos que lo romano fue un capítulo final importante, pero la historia empezó mucho antes. Tenemos indicios suficientes para saber que estos poblados fortificados surgieron en los primeros siglos del primer milenio a. C., prácticamente 900 años antes de lo que se suponía. Este cambio se soporta en el registro material: fortificaciones, herramientas y armas que refrendan un discurso histórico nuevo.

¿Llega la divulgación de calidad al visitante medio o se mantiene una idea idealizada de las ruinas?

Ese es un esfuerzo constante. Los castros son el elemento más visible y representativo de nuestro pasado común. Las nuevas tecnologías son útiles, pero no son más que el instrumento; el vehículo para comunicar ideas que deben tener fundamento en el registro arqueológico y en datos contrastados. Sin investigación no puede haber divulgación de calidad. Para que el receptor comprenda, necesitamos también que la educación trabaje en campos hoy olvidados como la historia y la geografía. No es posible organizar una sociedad sin historia y sin paisaje; es difícil explicar el pasado a alguien que no sabe situar los acontecimientos en un escenario y una fecha.

¿Afecta el auge turístico?

En Asturias tenemos un patrimonio extraordinario, pero solo se puede afrontar con éxito desde un planteamiento científico. Uno de los peores daños es someterlo a una difusión frívola o poco rigurosa. Excavar un yacimiento es carísimo, pero más caro aún es el estudio y mantenimiento que convierte el movimiento de tierras en conocimiento. No se puede excavar sencillamente por querer sumar un recurso turístico a un concejo; eso es un suicidio patrimonial y económico.

¿Qué detalle personal le cautiva más de estas edificaciones?

La capacidad de representatividad que tienen las ruinas de los castros, que son el símbolo más potente para que nos identifiquemos con nuestro pasado y de lo que fuimos como comunidad.

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