Chocolate con churros para entrar en calor, la tradición que une la Navidad gijonesa: “Es una excusa perfecta para juntarnos”
El frío y los reencuentros convierten el chocolate con churros en un ritual que se repite cada diciembre

Demi Taneva
En Gijón, la Navidad también se mide en churros, en colas que empiezan a formarse cuando oscurece y en un plan sencillo que se repite año tras año: quedar para entrar en calor alrededor de una taza humeante.
Desde la calle Corrida y hasta el paseo de Begoña, el chocolate con churros vuelve a convertirse estos días en punto de encuentro, refugio contra el frío y excusa perfecta para verse.
En el mercado del paseo de Begoña, uno de los puestos que cada Navidad acumula colas es el de Daniel Isorna, churrero ambulante. “Llevo trabajando de churrero toda la vida, desde muy pequeñito”, admite y cuenta que el perfil del cliente apenas ha cambiado con los años. “Es un artículo que no tiene edades: desde los más niños hasta los más mayores”, señala. Familias, parejas, grupos de amigos y también gente que llega expresamente desde otros barrios. “Tengo público de todo tipo: gente que pasa por aquí y gente que viene a propósito, incluso desde La Calzada”.
Las horas punta están claras. “A partir de las seis de la tarde es cuando más apetece”, explica. Y el entorno ayuda: “Claro que sí, el ambiente del mercado ayuda, siempre”. Tradición y frío van de la mano. “Un poco de ambas”, resume.
Volver a casa para volver a los churros
Entre la clientela, el chocolate con churros es también un viaje al pasado. Odulia Rentero, que vive en Bélgica, lo tiene claro: “Como estos no los hay en Bélgica”. Para ella, venir a Gijón en Navidad implica volver a ese sabor. “Me recuerda a la niñez, a la juventud”, cuenta.
A su lado, su hermana, Ana María Rentero lo define como tradición pura. “A la hora de invierno es lo que apetece”, dice sin dudar. “Yo quiero más un chocolate con churros que un cubata ahora mismo”. Para otros, como Camilo Martínez o Robert Vermouet, el plan significa familia y calor: “Es una excusa perfecta para juntarnos y venir a comer chocolate con churros”, resumen entre risas.
En Mayka, uno de los grandes clásicos gijoneses, la Navidad se vive con intensidad. María Ramos, dependienta, recuerda que llevan 53 años haciendo churros en estas fechas. “El día que más se vende es Nochevieja y Año Nuevo”, explica. “Se abre a las cuatro y media de la madrugada después de las campanadas”.
El perfil del cliente se mantiene fiel, “mayormente familias con niños y gente mayor”, señala. Muchos aparecen solo en estas fechas, “gente que vive fuera y viene a pasar las Navidades”. Y el ritual se repite: luces, paseo y final previsible: “Sales a ver las luces y ¿dónde acabas? Pues en Mayka” cuenta Ramos entre risas.

Chocolate con churros para entrar en calor: la tradición que une la Navidad gijonesa / Marcos León
Aquí el chocolate con churros reúne, entre muchos otros, a Gloria Blanco, Carmen Saras y Paz Álvarez, abuela, madre e hija, que aprovechan su paso por el centro para mantener una costumbre compartida. “Para nosotras tanto como tradición no es, pero si podemos, venimos”, explican. Para ellas, el sabor tiene más que ver con el invierno que con las fechas, aunque reconocen que en estas semanas todo encaja: pasear por el centro, estar juntas y convertirlo en un plan familiar.
La tradición no es solo cosa de generaciones mayores. Inés Sánchez y Elena Cosío, estudiantes universitarias, lo viven como un descanso necesario. “Quedamos para tomar un chocolate con churros para dejar de estudiar un rato”, explican, “es una vía de escape”.
Una dulce excusa para reencontrarse
En Korynto, otro de los puntos clásicos, la escena se repite con familias que vuelven cada Navidad. Lola Liniers, Amparo Álvarez, Rocío Ruiz y Casilda Liniers, que viven fuera, lo tienen claro: “Siempre que venimos a Gijón, venimos a tomar chocolate con churros”. Para ellas es sinónimo de familia y Navidad.
Otros, como Juan Allende y Nuria Iglesias, lo viven como una forma de reunirse cuando su hijo regresa de estudiar fuera. “Es una manera de juntarnos y de hacer un plan en familia”, explican. “Además, presta más cuando hace frío”, admite Nel Allende, el mayor de los hermanos.
Al final, el chocolate con churros no entiende de modas ni edades. Sabe a frío, a familia y a reencuentros. Y mientras caiga la tarde y el invierno apriete, en Gijón seguirá habiendo colas, azúcar en los dedos y una certeza compartida: si hay churros, es Navidad.
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