El aumento de extranjeros en el padrón de Gijón, una ciudad que tiene "todo": vivienda y contaminación, los retos también para ellos
Los foráneos destacan la "gran acogida" de la ciudadanía y su "plena" integración en la localidad, donde cobran cada vez más peso demográfico

Oriol López / Marcos León
Gijón ya no solo suena a mar, turismo y, más antaño que ahora, industria. Hoy lo hace con una mezcla de acentos y nacionalidades que está transformando su pirámide demográfica. Al cierre de 2025, el padrón municipal reveló que la ciudad creció hasta los 277.796 inscritos, sumando 2.076 personas respecto al año anterior; un aumento que no reposa en los movimientos poblacionales nacionales, sino en el aumento de la llegada de extranjeros que sienten "una gran acogida", pero que se enfrentan, como cualquier gijonés, a dificultades como el acceso a la vivienda, ya que está "impagable". Solicitan también la "reducción de la contaminación" y aprovechan para pedir "la paz en América" y en el mundo. De igual forma, los ciudadanos provenientes de Colombia, Venezuela, Rumanía e Italia que ha reunido LA NUEVA ESPAÑA se sienten "muy parte de Asturias y el mundo gijonés" gracias a una ciudad "que lo tiene todo".
La comunidad colombiana es la más numerosa de Gijón, con 3.976 empadronados. Su peso es tal que la primera niña nacida en 2026 en el Hospital de Cabueñes es, precisamente, de padres colombianos. Entre sus residentes, figura Javier Orozco, un veterano dirigente sindical que lleva 25 años en la ciudad que personifica la cara del refugio político. Javier huyó de amenazas de muerte de la extrema derecha en Colombia y hoy coordina programas de derechos humanos con el apoyo del Gobierno asturiano.
"Gijón es la ciudad de Europa que tiene el programa de protección más antiguo para refugiados temporales", explica Orozco, que es vecino del barrio de La Calzada. A pesar de los retos, como el precio de la vivienda que considera "impagable" o la contaminación industrial del barrio, que "sufrimos durante días el mes pasado en la zona Oeste", el colombiano defiende a Gijón como una ciudad donde "la xenofobia y el fascismo no tienen cabida".
En esa misma lucha se encuentra su compatriota Claribel Bonilla, quien llegó hace seis años desde Tolima bajo la protección internacional de la que hablaba Orozco. Bonilla trabaja en la hostelería y vive en Tremañes. Por otro lado, elogia la "limpieza y la tranquilidad" de la ciudad, aunque como contrapunto también critica como está el tema de la vivienda.
"Ni los españoles cumplen a veces los requisitos para un alquiler, mucho menos uno como inmigrante", indica. De cualquier forma, ambos coinciden en que Gijón es hoy su hogar, un lugar donde existe una red de unos 1.200 colombianos que "están en comunicación" y desde donde también se busca la "paz en América" en alusión expresa a la "intervención militar de Estados Unidos o cualquier potencia" en la zona centro o sur del continente. "Generaría una guerra injusta y Europa se llenaría de refugiados", lamenta.
Con 3.265 residentes, la venezolana es la segunda comunidad más grande y lideró el ranking históricamente. Para muchos, como Indira Coronado, Gijón es una historia de más de dos décadas. Indira llegó hace 21 años, su hija y el padre de la misma son asturianos. Vive en Pumarín, barrio que ya siente como propio. Su vida está ligada a la de sus compatriotas a través de la asociación con la que trabaja y su activismo político liderando la sede regional del partido de María Corina Machado, "Vente Venezuela", junto con Aristóteles Tocuyo, residente en El Natahoyo desde 2007.
Tocuyo es pura integración local. Casado con una gijonesa a la que conoció en Venezuela, Aristóteles disfruta de su jubilación mientras se implica en la política para ver una Venezuela libre desde la distancia. Para los dos, a los que acompaña otra venezolana, Yiccia Toro, las limitaciones en Gijón han sido inexistentes; se sienten "acogidos desde siempre" por una ciudad que Indira describe como el lugar que "lo tiene todo: mar, montaña y la mejor gente".
La comunidad rumana sigue de cerca a los dos países de ultramar con 3.099 empadronados, consolidándose como la tercera fuerza poblacional extranjera. Ionela María Scurtu es una de sus voces en el barrio de Nuevo Gijón. Ionela llegó a España en 2002 tras terminar su carrera de filología, ya que en Rumanía "no había futuro" en su disciplina. Tras años trabajando en hostelería en Galicia, se mudó a Gijón en 2017 por amor, tras conocer a su marido, Ioan Calin Cardos, también rumano y residente en la ciudad desde 2001. Ambos tienen un retoño, Paul Scurtu Cardos, de 5 años y gijonés de pro.
Hoy, Ionela prepara oposiciones tras desempeñar trabajos administrativos en el ámbito municipal y es participante activa del Centro Cultural Balada –que promueve tradiciones como los festivales de invierno en el Ateneo de La Calzada– al igual que su marido, que trabaja regido por el convenio del metal, y Ángela Mit, compatriota que acompaña a la familia. "Somos una comunidad trabajadora, con muchos autónomos y pequeños empresarios", afirma. Al igual que Claribel, Ionela identifica la vivienda como el mayor reto actual: "Es un problema que nos afecta a todos, también hay personas en situación social que necesitan ayuda y desde la asociación intentamos ayudar", señala la mujer perteneciente a una comunidad que supera las 10.000 personas en Asturias.
Aunque en menor número (1.021 personas), la comunidad italiana también encuentra su sitio en el padrón, superada por las anteriores y la ucraniana (1.197 personas) y la marroquí (1.085). Giuseppe Tattoli llegó hace ocho años buscando exactamente lo que Gijón ofrece: tranquilidad. El milanés, que trabajó 35 años como conductor de autobús en su ciudad, huyó del estrés y del clima agobiante de la ciudad italiana. "En Milán tienes que sobrevivir; aquí he encontrado la paz", comenta Tattoli, que reside junto a su esposa en el barrio de El Llano.
Tattoli ha cambiado el coche por el transporte público y por los paseos por la ciudad, vendiendo su coche y renunciando incluso a renovar un permiso de conducir –"lo tiré a la basura"– que no le es necesario para sus desplazamientos por Gijón. Aunque echa de menos "la focaccia y la pizza" auténticas de su tierra, y el "exceso de perros" en las calles, valora el clima "fresco y ventoso" del norte para su jubilación.
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