Gijón se moja por sus Reyes Magos en una mágica cabalgata pasada por agua: "Es el mejor día del año"
"Esto no hay lluvia que lo pare", afirma el público del desfile, donde se aguantaron los chubascos durante casi todo su recorrido desde Viesques hasta la Plaza Mayor

VÍDEO: Oriol López / FOTO: Juan Plaza
Gijón volvió a ser un lienzo, pintado en acuarela esta vez, de nervios, ojos como platos e ilusión donde la realidad se detiene para dejar paso a la fantasía. Poco importó que los nubarrones amenazaran y que cumpliesen con unas lluvias que por momentos fueron torrenciales o que el frío de enero hiciera obligatorio lucir abrigo y la bufanda de lana hasta los ojos, porque la ciudad se echó a la calle para escoltar a Melchor, Gaspar y Baltasar desde Viesques hasta la Plaza Mayor sin contratiempos ni tentativa de suspensión por el agua. «Es el mejor día del año para los pequeños y para nosotros viéndolos así, para todos», comentaron entusiasmados Germán Álvarez y su padre, Jaime, junto a los niños Aaron y Enrique, de 5 y 7 años, hijos y nietos, respectivamente. Su sentir, el de los miles de personas que, aunque su barrio figurase en el itinerario, no pudieron resistirse a arremolinaron a la salida de una cabalgata multitudinaria pese a los contratiempos meteorológicos.
La calle Poeta Ángel González, donde se ubica el Colegio Begoña, fue el origen de todas las buenas vibras de los gijoneses, que ayer dibujaron una sonrisa sobre el callejero de su ciudad. Desde mucho antes de que sonase el primer tambor del desfile –aunque ya se escuchaba ensayar antes del comienzo del comienzo, para que el público encontrase la línea de salida- el barrio de Viesques era un hormiguero de emociones y de ansiedad por encontrar un lugar de aparcamiento, que obligó a los conductores a «tirar» en coche en cualquier rincón donde no molestasen al tráfico.
Las familias ocupaban cada centímetro de acera. «Llevamos aquí desde las cinco y media los nietos quieren primera plana, si no les ven de cerca, Melchor no les traerá regalos», contaba entre risas Clara Suárez, vecina del barrio, mientras ajustaba el gorro de lana a su nieto Guillermo. El pequeño, ajeno al frío de seis grados con sensación térmica de dos que marcaba el mercurio, saltaba emocionado cuando apareció el rey Melchor, que se dejo ver pasados unos quince minutos del inicio de la cabalgata para dar paso, después, a Gaspar y Baltasar, todos muy vitoreados en su discurrir hacia las calles más céntricas de la ciudad.

La Cabalgata de Reyes de Gijón, en imágenes / Juan Plaza
La banda de gaitas «Villa de Xixón» hizo de punta de lanza de la cabalgata -hasta que la aparición de la lluvia obligó a todas las agrupaciones musicales a retirarse, para proteger la integridad de sus instrumentos- a la que siguieron los los pajes reales, que ataviados con túnicas de terciopelo fueron los encargados de romper el hielo con el público con los primeros saludos y estrechones de manos a niños y adultos. «Es como estar en un cuento, pero un cuento que pasa delante de tu casa», decía emocionada Elena García, una joven que vivía la visita de la comitiva real como madre primeriza, con su hija, Maite, de un añó, en brazos.
A medida que el séquito de sus Majestades de Oriente avanzaba, el rugido de la multitud crecía. En las ventanas, los vecinos se asomaban convirtiendo sus balcones en palcos de un teatro urbano que era punto de reunión de las familias y desde donde no se cortaban un pelo a la hora de jalear a los figurantes. «¡Mira, mamá, que viene Gaspar!», gritaba un niño desde la ventana, mientras la primera lluvia de confeti cubría las cabezas de la gente. En aquel momento, solo de confeti. «No hay lluvia que pueda con esto», sentenciaba a sus acompañantes un abuelo ante las primeras gotas de orbayu, que asomaron poco despues de que las agujas del reloj rebasasen las 19.00 horas.
En ese momento, la cabalgata recorría la calle Feijóo, para enfilar posteriormente Ramón y Cajal. Poco importó. La gente no cedió ni un palmo, en terreno ni en ímpetu, tal como vaticinó el anciano unos minutos antes. La mayoría de asistentes habían sido previsores y llevaban hechos los deberes de consultar la previsión meteorológica, que indicó que la probabilidad de lluvia era segura. Más pues, paraguas en ristre y a aguantar el chaparrón, que comenzó tímidamente, pero llegó a tener
Este año, la Cabalgata acarreó una decisión logística de cierto calado, que fue la exclusión de la calle San Bernardo. No por capricho, sino como medida de seguridad, ya que las carrozas entraban en la vía excluida “por centímetros”. Ayer, al enfilar la calle Uría y la Plazuela de San Miguel, el desfile ganó en espectacularidad y, sobre todo, en tranquilidad. Y el público lo agradeció. Entre la multitud que abarrotaba la zona centro, las opiniones eran unánimes. "Se nota que hay más espacio, podemos ver a los Reyes sin estar unos encima de otros", comentaba Carmen González, una abuela gijonesa que, a sus 78 años, no se pierde un desfile. A su lado, su nieto Pelayo, de 10 años, no quitaba ojo a la carroza de la Estrella, una de las cuatro que se estrenaban junto a las de los Juguetes, Aliatar y el Rey Gaspar. "El año pasado pedí un Scalextric y este año un dron, a ver si hay suerte", confesaba el pequeño su salón será un parque de atracciones.
Tras recorrer Felipe Menéndez y Marqués de San Esteban, la comitiva llegó a su destino final: los Jardines de la Reina. Pero el momento más esperado, el que cierra el círculo, tuvo lugar en el balcón consistorial. Sus Majestades se dirigieron a los miles de gijoneses que abarrotaban la Plaza Mayor, antes de que Gijón se vaya a dormir con los zapatos en los balcones, el agua para los camellos preparada y los corazones llenos a la espera de regalos. Ahora, solo queda esperar 365 días para volver a cantar: "¡Ya vienen los Reyes!".
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