"El Akelarre" y su "aventura antigua", la apuesta de la charanga gijonesa para el Antroxu
La agrupación, que casi dobla su número de integrantes en su segundo año, tendrá un gran despliegue visual donde "la arena" será protagonista

La charanga «El Akelarre», en uno de sus ensayos en el Colegio Montevil. | JUAN PLAZA
Doblar el número de integrantes y pasar de 37 a 62 en solo un año puede que sea el mejor termómetro para medir la ilusión que despierta entre los gijoneses "El Akelarre". La joven charanga arraigada en Montevil y que ensaya en el colegio homónimo afronta su segundo Carnaval con un crecimiento explosivo que ha pillado por sorpresa incluso a su propia directiva. "Durante el año hubo mucha gente que nos fue hablando y querían entrar amigos, familiares, muchos que solo nos conocían de las redes sociales o de vernos desfilar el año pasado", explica Diego María, su presidente. Ese estilo propio y el "buen rollo" que transmitieron en su debut han sido el imán definitivo para el escuadrón antroxero pase a ser todo un batallón que busca consolidarse en la fiesta gijonesa y en el que abundan las jóvenes madres con sus niños y niñas pequeñas.

De pie, por la izquierda, Jenni Quirós y Sonia y Susana Cotarelo; agachadas, Sheila Quirós, Noah Álvarez y Ainhoa Fernández. / | JUAN PLAZA
Para este 2025, la propuesta es mucho más ambiciosa y busca marcar un antes y un después en la trayectoria del grupo. Aunque Diego prefiere mantener al máximo el misterio para no romper la intriga antes de subir el telón, las pistas que deja son sugerentes: "Va a haber mucha arena".
La temática, según se desprende de sus palabras y haciendo conjeturas, se desmarcará de la línea del año anterior para sumergirse en una "aventura antigua" con, a priori, un concepto de fantasía que promete un despliegue visual de primer nivel. "Hemos subido el listón en todo, desde el vestuario al decorado, pasando por la puesta en escena", promete.
Sin embargo, el camino hacia el Antroxu no ha sido una balsa de aceite, sino más bien una carrera de obstáculos. La actividad en su sede de Montevil ha estado marcada por una relación tensa con el vecindario y una presión policial que Diego califica de "agobiante". "Aun teniendo licencias para tocar, abrir la puerta del cole parece que activa un pitido automático en comisaría; cada domingo o cada fin de semana teníamos a la policía allí", ironiza. Esta situación les ha obligado a reinventar su forma de trabajar, pasando muchísimas horas en el gimnasio ensayando la parte teatral y las coreografías, que ya tienen muchas ganas de mostrar a menos de diez días vista para la gran fiesta charanguera para la que prometen que el pasacalles, que "el año pasado ya fue bueno", para este será "aún mejor".
La organización interna también ha tenido que profesionalizarse para gestionar a sus más de sesenta personas. El trabajo se divide ahora por secciones –teatro, decorado, percusión y baile– con el fin de que cada detalle luzca perfecto en las tablas del Jovellanos, donde consideran que han hecho el mayor esfuerzo este año. "El año pasado fallamos un poco en el decorado y este año le hemos metido mucha más caña", admite Diego.
Pese al aumento de nivel y de recursos, la humildad sigue siendo la nota dominante en las expectativas de la agrupación. "Al final es solo nuestro segundo año", desliza María; así, que para ellos, "quedar en la mitad de la tabla ya sería un triunfo absoluto". "No podemos pedir más", resuelve el líder de "El Akelarre". Con los nervios propios de los días previos, pero con el engranaje bien engrasado, la charanga de Montevil está lista para demostrar que su crecimiento no es solo cuestión de números, sino de una pasión compartida por el Antroxu.
Tres generaciones unidas por la "piña" charanguera
En el corazón de "El Akelarre" late el grupo de Jenni Quirós y su familia, un clan de Santa Bárbara y Roces que entiende el Antroxu como una herencia que se comparte y se ensancha cada año. Jenni, vicepresidenta y fundadora de la agrupación, no concibe la vida sin el estruendo de los tambores y de hecho, ya traía consigo la experiencia de otras formaciones donde militó durante años junto a su hermana Sheila.
Pero lo que hace especial a esta familia es cómo han ido sumando piezas al tablero. Su madre, Sonia Cotarelo, decidió aparcar el papel de espectadora para "probar" la experiencia desde dentro, y se quedó prendada del ambiente. "Le encantó la piña que hay, el buen rollo", cuenta la vicepresidenta con orgullo. A ambas se unen la tía Susana Cotarelo, su prima Ainhoa Fernández y, cerrando el círculo generacional, la pequeña Noah Álvarez, hija de Jenni.
Noah es la antroxera más precoz del grupo, porque empezó en su anterior charanga siendo apenas una bebé. "Este año quería tocar conmigo, pero al final prefiere bailar", ríe su madre.
Para esta familia, el Carnaval no es una competición de premios, sino un espacio donde socializar y "despejar la cabeza" en la mejor compañía.
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