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El Evaristo Valle, edén de arte en el jardín de Somió

La Fundación celebra los 45 años de la apertura del museo dedicado al genio gijonés, que dijo adiós a la vida hace 75 años: "Es un lugar para volver"

VÍDEO: Así fue el 45 aniversario de la apertura del Museo Evaristo Valle

Oriol López

Somió

Al cruzar la verja de hierro forjado de la finca de La Redonda, en el corazón de Somió, se respira calma, se ve verdín del paisaje y se siente una presencia que impregna el lugar: la del histórico pintor gijonés Evaristo Valle. Este año, el calendario ha querido que las cifras rimen con la memoria y se cumplen 45 años desde que la Fundación Museo Evaristo Valle abrió las puertas al público, en 1981; y 75 desde que el artista, un hombre que trajo los ecos de la modernidad parisina a una incipiente ciudad industrial como Gijón, se despidiera de la vida en 1951.

Con esta ocasión, LA NUEVA ESPAÑA camina por este paraje natural, artístico y arquitectónico, escoltado por el equipo que mantiene viva la llama y el legado del artista para transmitir que el arte no es solo algo que en las paredes de un palacete reformado del XIX, sino una forma de ver el mundo y la vida y que este es "no es un espacio al que se va, sino al que se vuelve". Sin olvidar que para celebrar la señalada fecha se ofrecerá una intensa programación de actividades en 2026, siendo buena muestra de ello la exposición "Miradas cruzadas", que reúne la obra de 48 artistas.

El origen del hoy museo nace de un cónsul británico que se enamoró del terreno. Así lo explica Pablo Basagoiti, director gerente del museo y figura clave en su arquitectura expositiva, una vez pasado el bonsai y el cañaveral que dan la bienvenida al recinto. "Esta finca la adquiere en 1881 William Pellington McCallister, vicecónsul del Reino Unido en Gijón, quien diseñó un jardín de estilo inglés huyendo de la rigidez geométrica francesa", relata Basagoiti. El resultado fue un laberinto de isletas de césped y senderos sinuosos donde hoy conviven más de 120 especies botánicas de los cinco continentes.

Sobre ese tema, Noelia Velasco, responsable de la didáctica botánica, tiene mucho que decir. La experta invita a detenerse frente a un coloso, el cedro del Líbano que, con sus 150 años y 17 metros podría contar muchas historias de un ecosistema que, aún en invierno, luce fresco gracias a "su mayoría de especies de hoja perenne", según los detalles que da Velasco del jardín, declarado Histórico y Bien de Interés Cultural por el Consejo de Patrimonio del Principado en 2017.

La experta habla no solo de bondades, sino también de pérdidas, la palmera devorada por la plaga del picudo rojo, ahora talada. Tanto ella como Basagoiti celebran el renacimiento que le proporcionará el escultor Pablo Maojo, que transformará su decadencia un nuevo hito, que se sumará su "Conceyu" a la sombra de un castaño o a la famosa puerta xilófono que protege la sala de las caracolas, dentro de la casa museo.

Dejando a un lado la flora, y volviendo a la historia humana del museo, se puede decir que la historia del complejo se fundamenta en la lealtad familiar. Alina Brown, vicepresidenta de la Fundación y testigo presencial desde sus cimientos, evoca la figura de María Rodríguez del Valle, sobrina del pintor. María y su esposo, José María Rodríguez –potente accionista del Banco de Gijón– compraron la finca en 1912 para su residencia. "Fue ella quien, al morir en 1981, dejó estipulado en su testamento que su hogar se convirtiera en la sede de la Fundación Museo Evaristo Valle, donando no solo los lienzos de su hermano, sino el archivo personal y el capital necesario para que su legado no se dispersara", desarrolla Brown.

Entrar en las salas del palacete, en especial a la biblioteca y o el despacho de Valle, es como asomarse al laboratorio de un alquimista que jugaba con los pigmentos. Por las seis salas plagadas de lienzo, Gretel Piquer, historiadora del arte y conservadora, guía con la erudición de conocer hasta la última pincelada de cada uno de ellos. Piquer habla con entusiasmo del Valle que regresó de París empapado de las vanguardias del "fin de siècle"; del pintor que aprendió la fuerza de la línea negra de la litografía de la Casa Camus y la libertad cromática de los postimpresionistas, pero que al volver a su Asturias natal decidió aplicar esa técnica a algo mucho más profundo, como es el arquetipo humano y el paisaje costumbrista regional.

Un pintor de estudio

Sus personajes no son retratos del natural realizados al aire libre, porque el gijonés fue un pintor de estudio, sino proyecciones de su memoria visual. Son tipos humanos que encierran en sus rostros la dureza del Cantábrico y la resignación de una tierra que Valle amaba y criticaba a partes iguales y que refleja tanto en la faceta marítima, la de pescadores, como en la rural, con los campesinos, diferenciándose de lo que pintaba en Francia.

A estas alturas de la visita, cabe subrayar una verdad que a veces desdibuja el mito romántico y es que Valle nunca vivió en La Redonda de forma permanente. Sus estudios siempre estuvieron en el bullicio del centro gijonés, cerca de la calle Corrida o San Bernardo, pero su ánima impregnaba cada cena de domingo y cada paseo por el jardín de su sobrina. El museo no fue su casa, pero sí es, digamos, su hogar espiritual.

De regreso a las salas, el hallazgo más fascinante que custodia el museo no está a simple vista. Es lo que Piquer describe como los "pentimenti" o repintes. Valle reutilizaba sus lienzos de forma sistemática. Y no solo de Valle vive la instalación, que ha acogido exposiciones temporales con obras de Goya, El Greco, Rubens, Picasso o Jasper Johns, entre muchos otros.

El Museo Evaristo Valle no es un mausoleo de cuadros mudos. Por las mañanas especialmente, se llena de vida y visitas guiadas por partida doble. Por un lado, las botánicas que ofrece Noelia Velasco, pero por otro las de Carmen Estrada, responsable del departamento de didáctica, y encargada de dar a conocer en el día a día el espacio. Un lugar de importante de estos quehaceres es el de descubrir a los niños y jóvenes de qué va eso del arte y quién fue Valle.

"Recibimos a unos 3.000 niños al año de toda Asturias. Muchos llegan con el prejuicio de que el arte es un laberinto de cosas viejas, pero se van con otra idea muy diferente y nuevas inquietudes", manifiesta, satisfecha con las reacciones y con la labor realizada.

Cuarenta y cinco años de museo. Setenta y cinco años sin la presencia física de Evaristo Valle. Sin embargo, al cruzar la verja de salida y echar una última mirada se siente la extraña certeza de que el pintor sigue allí, quizá tomando notas sobre el color rosado de atardecer gijonés para un cuadro que nunca llegará a terminar.

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