La figura de la semana: José Luis Argüelles, el poeta que supo contar
Con una vocación muy temprana por la literatura, el mierense compaginó su trayectoria poética con tres décadas como periodista en LA NUEVA ESPAÑA, en cuyas páginas narró los capítulos fundamentales de la reconversión minera y del sector cultural asturiano

José Luis Argüelles / Mortiner
El periodista José Luis Argüelles Argüelles (Mieres, 1960) tuvo siempre vocación de poeta. En su niñez cultivó su interés literario en la biblioteca de la asociación Amigos de Mieres y en su instituto, el Bernaldo de Quirós, que bajo la dirección de la añorada Carmen Castañón se había convertido en la época en uno de los focos culturales más bulliciosos del país. Los padres del reportero también arrimaron el hombro: le compraron al muchacho una Olivetti. Y la inversión dio pronto sus frutos, porque en los años 70 un jovencísimo Argüelles viajó hasta Madrid como ganador de un certamen nacional de poesía que se fallaba en Alcalá de Henares. Como premio recibió una antología de Lorca. Hoy, y tras tres décadas en LA NUEVA ESPAÑA, el periodista lleva alrededor de un lustro jubilado y cuenta con una obra de ya más de una decena de libros, en su mayoría poemarios. Su última publicación, "Que es mi dios la libertad", es una antología de Espronceda.
Argüelles es hijo de José Antonio –"Pepito el vigilante"– y de Ángeles. Es el hermano mayor de Alberto y de Ana y un orgulloso nieto de Silvino Argüelles, aclamado cantante de tonada. La sangre minera está por todas partes: su padre, sus dos abuelos, varios tíos. Todos pasaron por la mina. Está casado con Chelo Torres, a quien conoció siendo muy joven. Estudió Filología en Oviedo y debutó oficialmente como poeta en los años 80 con la publicación de "Cuelmo de sombras", con buen recibimiento de crítica. El periodismo, entonces, apareció en su vida más bien por casualidad, pero fue una suerte para LA NUEVA ESPAÑA: desde la redacción que por entonces había en Mieres el reportero acabaría narrando los capítulos fundamentales del derrumbe de un sector, el minero, que él tan bien conocía.
Argüelles, como todo buen periodista, tiene buena memoria. En sus últimos años en LA NUEVA ESPAÑA, cuando algún redactor hacía alguna pregunta de contexto que a él le resultaba ingenua de tan simple, se daba paseos por la redacción, de largo a largo, relatando en orden cronológico los capítulos fundamentales del tema en cuestión. Se explicaba mejor que Google, y con más gracia. Muchas de las noticias que narraba, claro, eran suyas, y de todas ellas hubo una que marcaría un capítulo fundamental en la historia de la región.
Mieres, diciembre de 1991. Era una época ya muy convulsa para la minería, que temía los rumores de un cierre repentino del sector y la consecuente ruina de miles de familias. Se sabía que los sindicatos estaban preparando algo. A Argüelles le llegó el chivatazo del qué y del cuándo: un encierro, esa noche. Y del dónde: en el pozo Barredo. LA NUEVA ESPAÑA lo contó en exclusiva. Aquella protesta se entiende hoy como el parteaguas de lo que fue la reconversión minera, con un cierre ordenado de las explotaciones y un plan de prejubilaciones que se peleó a 400 metros bajo tierra y que evitó una transición aún más traumática. El mierense siempre defendió que el periodismo es contar lo que pasa y contarlo bien. El resto es cuento.
A inicios de los 2000, Argüelles cambió Mieres por Gijón y dedicó la última etapa de su carrera en el periódico a la cobertura del sector cultural. La editorial Impronta publicó el año pasado una interesante recopilación de textos del autor sobre creadores asturianos bajo el título "Acercamientos naturales". Argüelles es también autor de poemarios como "Pasaje", "Las Erosiones" y "Protesta y alabanza". En la colección de esta misma editorial titulada "Poetas con Impronta", además de la antología de Espronceda, ha publicado otra de César Vallejo.
La vida de Argüelles como jubilado es hoy más tranquila que en los años de redacción, pero sabe cómo mantenerse ocupado. Lee los periódicos todas las mañanas, aunque ya es más habitual que lo haga deslizando el dedo por la pantalla que pasando páginas de papel. A mediodía, casi todos los días, toca ruta hacia la meca del Korynto, su cafetería de confianza, donde suele verse con su cuadrilla de amistades, casi todos relacionados de alguna manera con el mundo del libro.
Por las tardes suele quedarle ahora hueco de sobra para leer y escribir. Su casa está llena de libros por todas las estancias y Torres se niega en redondo a la sugerencia que alguna vez le ha dejado caer su marido para poner algunas baldas más en el pasillo. Parece que allí no cabe ya un libro más, pero siguen entrando.
Y parece que Argüelles ya se lo ha leído todo, pero sigue leyendo y suele hacerlo junto a "Pachín", un gato pardo bien alimentado que tiene las patas de atrás blancas, como si llevase calcetines, y unos ojos verdes muy grandes que le hacen parecer siempre sorprendido. "Pachín", no pasa nada por admitirlo, quiere muchísimo más al dueño que a la dueña. El escritor y el gato ven juntos la televisión, y Torres, resignada, los mira: a veces siente que si al animal le pusiesen unas gafas podría aprender a leer y ella acabaría viviendo con dos seres ya del todo idénticos.
Argüelles, cualquiera que lo pueda ver estos días por Corrida podrá atestiguarlo, sigue un poco como siempre: alto, muy delgado, bien vestido. Es un feliz exfumador y de vez en cuando, aún hoy, invoca a su abuelo Silvino, hincha los pulmones y canta una tonada en el salón. Su mujer está bastante segura de que se inventa las letras. "Pachín" lo mira con los ojos muy abiertos.
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