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Laura Santos, dramaturga y actriz, ganadora en Feten: "Llegué a Gijón sin que me conociera nadie y la feria me dio dos años de trabajo ininterrumpido"

"Hay un relato mayoritario de que el campo es muy esclavo y poco se habla de lo que se lo gozan las agricultoras y ganaderos, lo bello que es ese trabajo"

Laura Santos, en el centro, durante la obra "Yo nací en un surco de judías".

Laura Santos, en el centro, durante la obra "Yo nací en un surco de judías".

A. Rubiera

A. Rubiera

Gijón

La madrileña Laura Santos es creadora, actriz, formadora, dramaturga e investigadora. Y alma mater de la compañía Almealera, que se llevó el gato al agua este año en Feten convirtiendo su obra “Yo nací en un surco de judías” en el mejor espectáculo de la feria, según el jurado.

Un trabajo singular, entre otras cosas porque nació de la mano del CSIC. El espectáculo plantea una pregunta clave para el futuro del mundo rural: ¿Por qué cada vez menos personas quieren dedicarse a la agricultura y la ganadería? La obra nació con una clara vocación divulgativa y traslada al escenario datos y resultados de una investigación de campo, entrevistando a mujeres agricultoras y ganaderas, y los acerca al público general a través del lenguaje artístico.

La directora y actriz dio las gracias por el premio compartiéndolo con "las ganaderas y agricultoras que están cuidando de nuestros territorios y dándonos de comer, que me abrieron sus casas, sus fincas, sus naves y me regalaron sus historias para crear este espectáculo. Esas historias con las que nos emocionamos. Ojalá este premio sea un impulso para llevar sus palabras a muchos lugares más".

Santos cuenta por éxitos sus participaciones en Fetén ya que hace dos años, en su primera visita, ganó el premio a mejor intérprete con "Una rueda que da vueltas", una obra de teatro documental, de objetos y materiales, y narración oral, surgida a partir de entrevistas a molineros y molineras de una comarca despoblada de Ávila. Precisamente la compañía Almealera, asentada en un pueblo pequeñísimo de Ávila, Navacepedilla de Corneja, se define como "una iniciativa de creación artística con y desde las comunidades y los territorios, que quiere a través del arte generar espacios de encuentro entre la gente, reflexionar colectivamente sobre realidades que nos atañen, y visibilizar historias y colectivos que no suelen ocupar los escenarios ni estar tan presentes en la cultura mayoritaria". En el mundo rural se mueven como pez en el agua. 

El molino de sus sueños

-¿Cuándo nació su amor por los escenarios?

-No sé si tenía 5 o 6 años. Estaba en el colegio y mis padres me ofrecieron que eligiera una actividad extraescolar. Y no sé muy bien por qué, yo elegí teatro. Lo tuve clarísimo. Y nunca lo dejé. Me enganché mucho con esa sensación de mucha libertad, mucho gozo, de jugar… Desde entonces solo estuve apartada del teatro dos años porque mi madre, viendo cuál era mi vocación, llamó a la Real Escuela de Teatro de Madrid (Resad) y le recomendaron que me formara en otras disciplinas como danza, canto… Al acabar el Bachillerato me presenté a las pruebas de la Resad. No entré a la primera, pero como lo tenía tan claro repetí prueba y entré a la seguda. Y desde entonces ya no paré de formarme.

-¿Cómo decide ligar su dedicación a las artes escénicas con el mundo rural?

-Fue muy orgánico y, la verdad, muy poco pensado. Todo parte de que mis padres compraron un molino en ruinas cuando yo tenía 4 años. Lo rehabilitaron y yo siempre le contaba a todo el mundo lo del molino. Era mi lugar favorito del mundo pero no tenía ni idea de cómo era la vida de los hombres y mujeres que habían trabajado en los molinos, de cómo se había sostenido la vida en los pueblos gracias, entre otros, a estos espacios. Y hace unos años, la mujer que molía en aquel molino nuestro nos visitó y me contó una serie de anécdotas de cuando ella era niña y se quedaba sola a moler. Esas historias me impactaron y sentí, siendo como era una madrileña de ciudad, una especie de deuda hacia ese mundo rural que nos alimenta, al que yo le debía tanto y del que lo desconocía todo. Entrevisté a la molinera y me pareció interesantísima toda esa memoria rural. También pensé en lo poco que veía yo ese tipo de historias en los escenarios. Así que quise hacerle un homenaje.

Laura Santos.

Laura Santos. / .

-Su primer homenaje al mundo rural.

-Sí. Ese fue el primer espectáculo “Una rueda que da vueltas”. Coincidió además que por esa época yo decidí irme a vivir al pueblo del molino, Navacepedilla de Corneja. Y empecé a hacer proyectos con población de esa comarca. Sobre todo trabajando con mujeres. Me di cuenta de que poner la mirada en el entorno rural era lo que yo quería hacer en ese momento.

-Por su cambio de vida.

-Precisamente porque acababa de hacer un cambio de vida, porque había dejado de residir en Madrid para vivir mejor, más feliz en un contexto rural, y también quería aportar. Quería generar cultura en esos territorios y, como mujer de teatro que soy, me apetecía que esos relatos que están tan ignorados, que son tan poco protagonistas de las artes escénicas y de otros lenguajes artísticos también, tuvieran su espacio para mostrarse.

-¿Qué implica para usted llevar a escena los temas, realidades, el presente, pasado y el futuro de la vida en los pueblos?

-Para mí llevar a escena todo eso es un diálogo con lo que significa haber dejado la ciudad y haberme ido a un pueblo. Es también una conversación profunda con la gente que me rodea en los pueblos y en la ciudad. Creo que el mundo rural se mueve en polaridades: o está muy idealizado o está lleno de estigmas. Los estigmas son claros: "cómo te vas a ir a vivir a un pueblo, ahí no hay nada, ahí no hay servicios, la prosperidad está en la ciudad…" Y ambos relatos son muy pobres. Vivir en un pueblo de 40 habitantes te confronta a la soledad, a la falta de acceso y participación cultural, te enfrenta a inviernos duros y veranos donde se concentran todas las actividades para los turistas… y al mismo tiempo hay una calidad de vida y una memoria que hay que honrar porque se les ha cuidado muy poco y hecho muy poco caso. Crecimos en una sociedad en la que se vendió que progresar era irse a la ciudad. Y para mí, que dejé Madrid, es importante poner esa conversación sobre la mesa, a través del teatro y a través de la belleza de las artes. Y yo me siento menos sola haciendo obras de teatro que hablan de esto y compartiéndolas con la gente.

El conflicto agrario, más cerca

-¿Cómo fue la colaboración con el CSIC para hacer la obra premiada en Feten?

-Todo nace porque una científica y socióloga que trabaja en el CSIC, mi amiga Petra Benyei, consiguió una subvención de la Caixa para investigar desde la ciencia participativa el problema del relevo generacional agrario, con perspectiva de género, poniendo también el foco en cómo afecta la despoblación a esa falta de relevo. Y cómo se interpreta también que haya tan poco relevo en los modelos agrarios más sostenibles. Ella me invitó a hacer algo artístico, lo que fuera, en paralelo a esta investigación. Me pareció muy bien pensado porque muchas veces esos proyectos no salen del entorno científico, no cruzan la frontera de los expertos. Así que para mí era muy importante hacer algo artístico que interpelara a toda la sociedad, muy especialmente a la juventud -por eso hemos estado también en Feten- como forma de cruzar esa frontera. Hacer que cualquier persona pueda sentir el conflicto del sector agrario de una manera cercana.

-Entrevistó a muchas agricultoras y ganaderas. ¿Qué sacó en claro de esa ruta y de esas entrevistas?

-Lo primero que saqué en claro es que el suyo es un trabajo tremendamente vocacional y que lo sostiene el goce y disfrute que sienten los que se dedican a ello. Me gusta mucho decirlo: una de las brújulas que me ha guiado al hacer este espectáculo es reivindicar el mundo rural frente a los muchos estigmas que pesan sobre esa actividad. Todos conocemos frase típicas: “trabaja en el campo porque no valía para estudiar”. “Trabaja en el campo porque no valía para otra cosa”. Las propias familias no desean que sus hijos se queden haciendo lo que hicieron ellos. Y para mí ha sido importante reivindicar no solo la cantidad de conocimientos que tiene la gente del campo, sino lo mucho que les gusta lo que hacen, el gozo y el disfrute que sienten, pese a lo sacrificado que es.

-El problema del relato.

-Hay un relato mayoritario de que el campo es muy esclavo y poco se habla de lo que se lo gozan las agricultoras y ganaderos, lo bello que es ese trabajo. Y hay que ponerles en valor porque son los que nos están alimentando. Tan importante como eso. Esa fue mi primera conclusión.

-¿Hubo más conclusiones?

-Sí. Todas las mujeres me hablaron mucho de lo difícil que es que salgan las cuentas en este trabajo. Y cómo las políticas, aunque de boquilla parezca que sí, no están impulsando ni ayudando demasiado para que el relevo generacional sea más fácil en los proyectos más sostenibles. Eson son, si cabe, proyectos más difíciles de llevar adelante porque suelen ser explotaciones más pequeñas, con menos usos de químicos, más difíciles de que cuadren las cuentas. Ahí encontré un paralelismo que me pareció muy bonito entre esas personas y los que nos dedicamos al teatro en proyectos pequeñitos, con compañías donde lo hacemos todo nosotros, donde la viabilidad económica es más difícil. Sentí que compartimos la vocación, algo de los estigmas -también nuestros padres preferirían que escogiéramos otras carreras con más prestigio, o con las que piensan que vamos a haber más salidas económicas-. Eso fue algo bonito.

Festival fetiche

-Fetén parece un festival fetiche para usted. ¿Qué recuerda de su anterior paso y premio por Gijón?

-Con la anterior obra, “Una rueda que da vueltas”, era la primera vez que entraba en el mundo del teatro de los objetos. Un formato artístico que hasta entonces no sabía que era, precisamente, lo que quería hacer. Ahí empiezo a conocer un circuito en el que entra el objeto y el títere, y son formatos más pequeños donde yo estaba muy verde. Por eso no tenía expectativas creadas. Recuerdo que estaba nerviosa, pero este año llegué mucho más. Porque cuando a alguien le ha gustado mucho tu primera función, como me ocurrió a mí en el 2024 en Gijón, pues quieres cumplir y que también guste lo siguiente que presentas.

-Cada uno cuenta la feria como le va en ella... dice un refrán español. ¿Cómo te fue después de ser la 'mejor intérprete' en Feten 2024, fue una palanca de contratos como se suele decir de Feten o no lo fue tanto?

-Ese primer paso por Feten me generó dos años de trabajo sin parar. Fue un absoluto privilegio. Tengo que agradecerle muchísimo a Idoya Ruiz de Lara, la programadora de Feten, porque a mí en ese momento no me conocía nadie. Y fue una apuesta muy generosa. Estaré eternamente agradecida.

-Qué bien, la verdad.

-Me gustaría añadir algo más. Necesitamos programadoras y gestoras culturales así, como Idoya, que apuesten por compañías que todavía no las conoce nadie, porque si no nunca te haces un hueco. Me pasó igual con Beatriz de Torres, de Quinta de los Molinos. Fueron las dos programadoras que marcaron mi impulso. Yo había hecho 11 bolos en pueblos diminutos de Ávila donde nadie se había enterado de nada porque no eran circuito escénico. Y ellas apostaron por la obra

-¿Cree que entre el público que vea su obra saldrá algún espectador con voluntad para ser relevo generacional en los trabajos del primer sector?

-Sí que nos ha pasado que algún espectador adulto ha salido de la obra diciendo que quiere dedicarse a esto. Y a mí me pasó, en cierta medida, porque durante el proceso de entrevistas fantaseaba con tener un rebaño de ovejas o cabras. Pero es un poco desde la idealización.

Promoción del queso casín

-De nuevo la idealización.

-Creo que lo interesante de todo es salir del espectáculo cuestionando los clichés de que en el campo se queda quien no ha valido para otra cosa; transmitir el goce que supone ese trabajo, también la dificultad, para que el que lo decida planee la mejor estrategia posible. Y transmitir también todo el conocimiento y saberes que tiene la gente del campo. Pero sí que nos pasó una cosa preciosa justo antes del estreno. Hicimos una función con un instituto de formación agraria de Madrid y luego tuvimos un coloquio con los estudiantes. La mayoría estaban más enfocados a trabajar es temas forestales, paisajismo… y varios de ellos en el coloquio nos reconocieron que en el fondo lo que querían era dedicarse al sector agrario, pero no se estaban atreviendo a tomar esa rama porque les faltaban referentes. Y que estaban deseando conocer a las mujeres que habíamos entrevistado para la obra. Eso fue precioso.

-Y en clave de broma... ¿Nunca pensó que en Asturias igual tenía que cambiar el título del 'surco de judías' por el 'surco de fabes'?

-Jajaja. Tendríamos que ponerle entonces muchos títulos distintos, porque en cada territorio la judía se la llama de una forma. Lo que sí hacemos súper local es un guiño con el queso. En la última escena aparece un queso y al acabar la función se le ofrece al público. Ese queso sí que lo buscamos en el territorio donde estemos, eligiendo alguno que se haya hecho cuidando las condiciones de trabajo de las personas, de los animales, y que de alguna manera esté ayudando al territorio. Es maravilloso porque nos estamos haciendo un máster en quesos de España.

-¿Cuál fue el de Asturias?

-En el caso de Asturias hubo uno muy especial, el queso casín de la quesería Ca Llechi de Piloña, que lo hizo Marina y que tiene gran valor porque lo hace poquísima gente.

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