Las guardianas en Gijón de la memoria de Rambal: “A todos les gustaría ser como él; era una maravilla”
Las vecinas que compartieron su vida con la leyenda de Cimavilla relatan sus vivencias de un hombre que “merece una estatua y mucho más” antes del homenaje que recibirá en el 50.º aniversario de su asesinato

Por la izquierda, Charo García, Miri Menéndez, Violeta Gómez, Manoli Infiesta, Pili Cuesta y Liber Ceínos, junto a la estatua de "Rambal" en Cimadevilla, en Gijón. / Ángel González
Hay nombres que no se los lleva el aire de la mar, por mucho que sople el Nordeste en las callejuelas de Cimavilla. Así es la memoria de Alberto Alonso Blanco, Rambal; al menos para quienes conocieron a este pionero LGTBI+ en tiempos del franquismo y una leyenda del barrio alto. Cincuenta años después de que una sombra le segara la vida el Domingo de Resurrección, el barrio de las cigarreras y los marineros se prepara para volver a abrazarlo con un homenaje el próximo 19 de abril, a iniciativa de la Asociación Vecinal "Gigia" de Cimavilla, porque a Rambal se le pudo matar, pero jamás borrar de la identidad de Gijón. Así lo atestiguan algunas de las guardianas de su memoria como son Violeta Gómez, “la Monrolla”; Charo García, Pili Cuesta o Liber Ceínos, que junto a Manoli Infiesta y Miri Menéndez, que también conocieron su figura, pero desde mayor distancia, tienen a bien de recordarle a pocas jornadas de su homenaje. “Merece esa estatua y más todavía", sentencian las mujeres.
"Gustaría a toda la gente ser como él, era una maravilla; no merecía la muerte que llevó”, explica la “Monro” con todo el grupo arremolinado ante la estatua dedicada a "Rambalín”, como ellas lo llaman con amor, en la plaza del periodista Arturo Arias, junto a la Tabacalera. Una escultura que, durante toda la conversación, no deja de ser visitada por los grupos de turistas una y otra vez porque es una de las paradas imprescindibles de los recorridos.
Ya sentadas, las mujeres profundizan en el hombre que hay más allá del mito: aquel que lavaba ropa por unas monedas en el lavadero, aunque no le cobraba a "quien no podía"; el que ayudaba a las prostitutas en lo que estuviera en su mano, del amigo que guardaba las confidencias de las adolescentes y que se preocupaba de su seguridad.
"Era un maremoto, una bellísima persona", resume "la Monrolla", que trabajó como cigarrera en la Tabacalera y tuvo una relación estrechísima con él. Ella recuerda a Alberto volviendo de su vida nocturna justo cuando el silvato del la industria las llamaba a ella y a sus compañeras a entrar al tajo. "¡Ay, probines, tan jovencines y ya a trabajar!", asegura la mujer que les decía con cariño Rambal, que fue quien le dio el toque a su marido cuando empezaron a salir de que cuidara de ella.
Porque Alberto era dos personas y era la misma: de día, un hombre servicial y humilde, que bajaba a abrir la puerta con una falda de sus hermanas porque el único pantalón que tenía se estaba secando al calor del carbón; de noche, la estrella que vestido de mujer iluminaba los bares de Cimavilla, la voz que cantaba por María de Triana y que hacía que los niños y las niñas se sentaran en banquinos de madera para ver un "circo" de cuatro tablas que sabía a “gloria bendita”. “Ahora todo el mundo es como quiere ser, pero antes no y él siempre fue de cara”, elogian las mujeres a su amigo.
Un apoyo
Para Charo García, Rambal fue un apoyo que mantuvo a su familia a flote gracias a que a través de la madre de su madre la suya podía conseguir pescado para vender por las calles cargándolo en una caja en su cabeza. "Para mí siempre fue como si me hubiera dado de comer", sentencia Charo, retrocediendo a aquel 1950 en el que el tifus se llevó a su padre, marinero. Charo aún sonríe al recordar aquel teatrillo donde Alberto se transformaba en bailarina de ballet o en ama de cría y en el que ella llegó a participar en algunas actuaciones.
Pili, por su parte, habla de un Rambal que era "todo" en el barrio, pero que guardaba un código de honor inquebrantable: "Si me veis por Bajovilla, como si no me conocierais". Tampoco las dejaba ni preguntar por él en un intento, se entiende quizá, de proteger a las neñas del barrio de que las relacionasen con él y del “qué dirán” que de aquellas tanto se estilaba.
La tragedia de su muerte dejó una herida que todavía supura. Las señoras recuerdan el horror de aquel día con la casa toda rodeada de policías. "Si yo hablara...", solía decir él en los bares, cuenta la "Monro". Y quizás por eso, por lo que sabía o por lo que representaba, lo callaron. "Nadie sabe quién o por qué fue; o si lo saben, no lo dicen", comentan sobre el crimen, que quedó sin resolver.
Sin embargo, el 19 de abril no será un día para el rencor, sino para el amor que sobrevive al tiempo. Una fiesta en la que ellas y todo un barrio vuelvan a pasar la mano por la cara de bronce de su estatua y por un tendal de ropa blanca secándose al sol como si la hubiera lavado el que para ellas sigue siendo su ángel custodio en Cimavilla.
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