La figura de la semana: Rafa Gutiérrez Testón, el librero que todo lo hace
El presidente de la Asociación de Librerías de Asturias es uno de los impulsores de la nueva celebración literaria por San Xurde

Rafa Gutiérrez Testón. / Mortiner
Se llama Rafael Gutiérrez Testón, pero es Rafa el de La Buena Letra. Le suelen llamar así; se pronuncia todo junto y muy rápido. Es librero, voluntario de Cruz Roja, colaborador en varios medios de comunicación –entre ellos LA NUEVA ESPAÑA– y presidente de la Asociación de Librerías de Asturias desde hace más de 15 años. Es también sportinguista y antimadridista, nadador, ciclista, presentador de libros y chico de los recados de buena parte del tejido asociativo local. Que la semana que viene la región vaya a celebrar San Xurde con roscas y libros es gracias, en parte, a él. Desde hace ya tiempo Rafa el de La Buena Letra parecer estar siempre en todas partes.
Pese a su gijonesismo incontestable, la ciudad natal de Gutiérrez, siendo rigurosos, es Oviedo. Él suele defenderse y dice que, más que nacer allí, "lo nacieron", por ser prematuro, en el antiguo hospital general. Vino al mundo en noviembre de 1970, es el más pequeño de cinco hermanos y pasó sus primeros años de vida en Coballes, una aldea de Caso. El proyecto del embalse de Tanes, que dejó bajo el agua a parte del pueblo, motivó la mudanza de la familia a Gijón.
Con los Gutiérrez Testón asentados ya en la calle Caridad, estudió en el Héroes del Simancas —hoy Los Campos— y en el Calderón de la Barca. En estos años la lectura empezó a hacerle chiribitas con tebeos, las novelas de "Sandokán" y, sobre todo, "El conde de Montecristo", que es aún hoy uno de los libros de su vida junto a "El jinete polaco", de Muñoz Molina, y "Stoner", de John Williams, entre otros. Tuvo como influencias a su padre, gran lector del género histórico, y a su tío Rafael, experto en novelas del oeste.
Su otra gran afición, el fútbol, se gestó también en aquella primera infancia. Gutiérrez tenía su pandilla de amigos y jugaban en la calle al balón, muchas veces al lado de su casa y para desgracia de los dueños de Las Candelas, que no se fiaban nada de la puntería de aquellos niños y temían por su escaparate. De su cuadrilla, se dice que Gutiérrez era el más bueno, el que intentaba que el resto no se metiese en líos, el favorito de todos los padres de niños de su edad. Se dice, también, que lo cortés no quita lo valiente y que el hoy librero fue en su juventud un gran bebedor de cachis en el Txoko Txiki. El gijonés siempre tuvo tiempo para todo.
Tras licenciarse como filólogo, la idea inicial de Gutiérrez era dedicarse a la docencia. Y lo hizo unos cuantos años, pero no tardó mucho en pensar que su camino era otro. Lo encontró en la calle Casimiro Velasco, número 12, la sede de La Buena Letra. Echó a andar el negocio en 2009 tomando prestado el nombre de una de las novelas de su gran escritor fetiche, Rafael Chirbes.
Fiel al niño que fue, hoy Gutiérrez sigue sin meterse en líos. La única vez que parece estar a punto de perder las formas es cuando está viendo el partido y el Madrid marca un gol. Desde hace ya tiempo cambió los cachis por los cafés de bar y las botas de fútbol por el neopreno para ir a nadar.
Como librero, Rafa el de La Buena Letra funciona como un farmacéutico. Conoce los gustos y las dolencias de sus clientes y sabe cómo tratarlos. La receta suele ser un libro, pero también recomienda pelis y series —sus gustos van de fan de "Historias de Filadelfia" a "Juego de Tronos"— y si a su librería entra alguien que conoce sale del mostrador para darle un abrazo.
Tiene, por lo demás, el dulce don de poder dormirse en cualquier momento, y gracias a esas siestas deja en los demás la impresión ser casi omnipresente: a Rafa el de La Buena Letra se le puede ver a primerísima hora rumbo a San Lorenzo para darse un baño y, durante el resto del día, en cualquier otra parte: ordenando la librería, en la radio, en la tele, en la bici, colaborando con Cruz Roja –lo hace desde hace años, desde antes de la pandemia, en una labor discreta pero muy apreciada por la asamblea local de la entidad–, en un club de lectura, presentando libros, participando en ruedas de prensa. Cada dos semanas, además, se le puede leer en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA.
Desde hace unos meses, saca también tiempo para pasear a Penny, una pequeña "teckle" que le ha obligado a repensar su relación, hasta ahora más bien distante, con las mascotas. Cuando llega a casa lo esperan su esposa, Begoña González, que trabaja en una peluquería, y su hija, Laura Gutiérrez, estudiante y profesora de inglés.
Los baños en San Lorenzo comienzan casi siempre en "la rampla" —o la rampa, hay debate—, de la escalera 2. Allí le espera un grupo dispar de nadadores, todos amigos. El Cantábrico los mantiene en buena forma y suelen bromear con que, como en la peli de "Cocoon", los rejuvenece. Las quedadas son siempre muy temprano y por norma general Gutiérrez entre semana se pega un baño y en festivos se hace una ruta a nado. Durante este mes se ha pasado al armario de verano, ya se mete al agua sin neopreno, y últimamente se salta el chapuzón algunos días por los nuevos problemas de conciliación con Penny, que aunque no quiera reconocerlo lo tiene bastante engatusado.
Como a Gutiérrez le cuesta mucho decir que no, es de esperar mayores dosis de omnipresencia en este mes del Día del Libro. Se sumarán a su rutina las roscas de San Xurde, más presentaciones de libros, un acto ya agendado con Cruz Roja. Y lo hará con una idea en mente que él mismo contó, hace unos meses, en las páginas de este periódico: "José Luis Garci lo dice de los cines, pero me gusta alterar sus palabras y pensar que las ciudades con librerías tampoco necesitan ir al psiquiatra, que las ciudades con librerías viajan siempre a través del tiempo y se mueren menos y que, aunque hubieran echado el cierre y apagado las luces, al pasar cerca de sus escaparates sentíamos cobijo y amor, porque cerca de una librería no puede pasarte nada malo".
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