Jesús G. Maestro, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, presenta libro este viernes en Gijón: "El sistema busca esclavos felices; de poder, pagaría con emoticonos"
La sociedad falla "en casi todo", señala el profesor, autor de "El fracaso de la felicidad", un análisis del "desengaño" de la población con el mundo actual

Video: Oriol López Foto: Ángel González
Jesús González Maestro (Gijón, 1967), es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Vigo y un hombre que ha saltado a la palestra gracias a las plataformas digitales en los últimos años por sus incisivas, mordaces y crudamente realistas reflexiones; unas que le han valido para ganar muchos adeptos, especialmente entre una juventud "desengañada" con el sistema. En su último ensayo, "El fracaso de la felicidad", el profesor sostiene que vivimos en una sociedad que hace aguas en economía, salud, educación, democracia... "En casi todo", señala. El autor presenta su libro en Gijón este viernes, día 24, a las 19.00 horas, en el Ateneo Jovellanos, junto a la psicóloga Esther Blanco.
La felicidad.
La felicidad es una palabra que significa muchas cosas. Hablar del fracaso de la felicidad es hablar del de la economía, la riqueza, la salud, la educación, la libertad, la paz... Incluso, del fracaso de la democracia, que tiene muchos problemas sin resolver y es la última promesa de la Ilustración, que prometió la paz perpetua que no está por ninguna parte. Lo que hay es un mundo donde la guerra acecha por todas partes. También nos prometió la libertad y no acaba de verse. Hablar del fracaso de la felicidad es una manera muy prudente, muy discreta, de hablar del fracaso de casi todo.
Menciona un conflicto generacional profundo entre los "boomers" y los "millennials".
Yo diría crudamente que los "boomers" (nacidos en los años 50 y 60) han traicionado a los milenaristas ("millenials", nacidos entre principios de los 80 y mediados de los 90). Les prometieron ser felices, pero les negaron la libertad en la que a ellos les educaron; como también el poder, que ellos se han quedado y que siempre pusieron por encima del dinero: podían trabajar 365 días al año por pura ambición. Los milenaristas siguen buscando la felicidad, que es un fantasma, porque no se compra, pero creen que esto sí es posible. Es el tema del burro y la zanahoria: "si haces esto, tendrás recompensa", pero la recompensa es siempre para el amo. Es decir, la gente se pasa la vida trabajando para no salir de pobre. Ni siquiera puede optar a la propiedad de una vivienda, ni un alquiler, ni muchos otros aspectos. Entonces, ¿qué felicidad puede haber en una sociedad donde la gente joven no tiene futuro? Un "boomer" nacido en 1950 podía ser catedrático a los 28 años, pero lo más grave es que bloquearon el acceso a esos puestos para evitar que la generación posterior pudiese optar a ellos.
¿Aquí qué papel juega el entorno laboral? Se habla mucho de autorrealización y "salario emocional".
Es un mensaje muy anglosajón para que la gente trabaje sin pensar. "El trabajo os da la libertad". Pero como la palabra libertad hoy día es tabú, pues "el trabajo os da la felicidad". Si volvieran los campos de concentración dirían lo segundo. ¿Por qué? Porque en el siglo XXI se vende la felicidad para obligar a la gente a trabajar. Si el globalismo, que quiere a la gente feliz y esclava, pudiera pagar a la gente con emoticonos, lo haría. Mire, a mí no me pague con emoticonos, me paga con dinero. Trabajo es aquello que solo se hace por dinero.
¿Y las instituciones?
El siglo XXI se caracteriza por tres fracasos. El fracaso del Estado, que se deshace, reemplazado por el mercado global, que es más fuerte; o sea, las leyes del mercado, el derecho mercantil, es más fuerte que el derecho civil. Luego, el de la democracia, porque no puede resolver todos los problemas y es un sistema de gobierno anacrónico, obsoleto, pasado de moda. Sus fronteras con el totalitarismo son invisibles en este momento. El tercero es que la experiencia humana está completamente deshumanizada por el mecanicismo de la digitalización.
Es muy crítico con las redes sociales, a pesar de su éxito en ellas.
Es que las redes sociales son la terapia del globalismo; el desahogo emocional para que la gente no piense. Cuando alguien entra ahí a opinar, generalmente no demuestra lo que sabe, sino que revela lo que ignora. La opinión es la demostración de la ignorancia. Hoy impera el "narcisismo de la ignorancia", sobre todo entre intelectuales que dicen con orgullo "yo no sé usar un móvil" o "yo no veo la televisión", como si eso los hiciera exquisitos. Son juguetes del sistema.
Falta la educación, la universidad. Usted es catedrático.
La educación... La educación ha reemplazado los contenidos científicos por contenidos emocionales, que lo único que provocan es un despliegue de enfermedades mentales. La universidad es una institución completamente anacrónica y en fase terminal. Sobre todo desde el plan Bolonia, la universidad está al servicio del mercado, pero no del Estado; está para satisfacer las necesidades de las empresas, pero se disolverá en unas décadas, porque estas forman mejor a sus empleados de lo que lo hace la universidad.
También dice que la literatura ha desaparecido de las aulas. ¿Qué se enseña en las facultades de Letras?
Yo he visto morir a la literatura en el aula. Cuando empecé a dar clase, en las universidades se explicaba literatura; hoy, cosas que nada tienen que ver, como ideologías y emociones, sin contenidos literarios, privando a la gente de este conocimiento. Se ha reemplazado por lo que se llama estudios culturales, otra construcción anglosajona para disolver la literatura del mundo que no es el suyo, con cosas como Harry Potter en vez de Quevedo o Góngora. La cultura es una invención de los pueblos que carecen de literatura; la ideología es la emoción de los pobres y eso es lo que hoy se estudia.
¿No quedan voces críticas que puedan guiar a esta sociedad?
Los intelectuales de hoy son figuras ridículas si los comparas con un Cela, un Torrente Ballester o un Delibes. En este momento, en España, yo solo salvaría a uno: a Juan Manuel de Prada. Es el único que escribe con un pensamiento crítico original. Los demás son un auténtico chiste; escriben para el mercado, no para desengañar a la gente de los errores que hacen fracasar su vida.
¿Y qué hay del amor?
El amor es algo que, como la felicidad, ni se compra ni se vende, por eso el mercado necesita quitarlo de la ecuación. El sistema ha envenenado las relaciones entre hombres y mujeres presentándolos como enemigos. Se promueve el celibato femenino y la "nuptofobia" (fobia al compromiso) porque el sistema quiere individuos vulnerables, gente que viva y muera sola con la única compañía de una mascota y sin más apoyo que el de su empresa. Quieren romper toda alianza sólida, y la más sólida es el amor. Lo único que le dejan a la gente es el Tinder, que es el mercado aplicado a los cuerpos.
Ante este panorama de deshumanización y pérdida de libertad, ¿cuál es el refugio que propone?
La literatura, tomo como referencia el Quijote, que es el mapamundi para sobrevivir. Te informa más sobre la actualidad que la prensa del día, porque tiene informaciones sobre el amor, sobre la libertad y sobre muchísimas cosas que son permanentes. La libertad no es un sueño, forma parte de la realidad y es una realidad por la que hay que luchar y por la que hay que trabajar todos los días. Para alcanzar la felicidad primero hay que alcanzar la libertad. Y para alcanzar la libertad hay que disponer de poder.
Para terminar, ¿qué lección debería tomarse para enfrentar este fracaso generalizado?
La felicidad está en la lucha por la libertad. Sin libertad no hay felicidad, y sin poder no hay libertad. La gente enloquece buscando la felicidad porque te hace perder la razón, y simplemente es tener salud y vivir sin dolor. No hay "salud mental", la salud es a secas. El soma hoy es "la felicidad", es decir, toma, "chútate con eso" (redes, materialismo, validación, etc.) y ya está. El fracaso de la felicidad es el fracaso de la democracia. Los que han nacido en el siglo XXI, la generación Cervantina que yo les llamo ("zoomers"), ya saben que es mentira porque se enfrentan a un mundo de falsas promesas descubiertas, nacieron y crecieron en él; esa es su mayor fuerza. Es un mundo donde hay una palabra clave: el desengaño. Los milenaristas todavía no se han desengañado porque crecieron con las promesas que les hicieron los "boomers" y las tienen interiorizadas.
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