Pedro Belderrain, prefecto General del Apostolado de los Claretianos: "La medalla será de todos si la recibimos: sin los seglares no habríamos logrado nada"
"El respeto y la preocupación por cada alumno son claves en el colegio", señala Belderrain

Pedro Belderrain. |
Pedro Belderrain Belderrain (La Felguera, 6-8-1964) antiguo alumno y profesor del colegio Corazón de María, es desde 2020 el Prefecto General de Apostolado de los Misioneros Claretianos. Atiende a LA NUEVA ESPAÑA desde Roma, donde reside.
¿Cómo valora la concesión de la Medalla de Oro de la Villa a la comunidad claretiana de Gijón?
Sé que la Alcaldesa ha manifestado su voluntad de proponerlo, pero hay que esperar a que el Ayuntamiento lo resuelva. Si al final nos la concedieran, para nosotros es un honor, una alegría por lo que supone de reconocimiento a todas las personas que han trabajado en este proyecto desde hace 104 años. La recibiríamos, si se nos concede, con esa alegría y a la vez con mucho respeto a la gente que piense que no nos la tendrían que dar. Sé que cuando llegan estas decisiones, siempre hay personas que tienen otra sensibilidad o piensan de otra manera, y es probable que haya otras instituciones que también la merezcan.
El Corazón de María es el buque insignia, pero la comunidad tiene más facetas.
Llegamos en 1922 a Gijón para atender a vecinos de El Llano. Desde 1938 el colegio ha sido la principal ocupación de los claretianos en Gijón. Pero también atendemos la parroquia que lleva el mismo nombre del Corazón de María, el Santuario de Contrueces y la parte del colegio que está allí. Durante muchos años, bastantes claretianos salieron a predicar desde Gijón a pueblos de Asturias. Hemos atendido a otras comunidades de religiosas en Gijón. Y en la historia del deporte en Gijón, tenemos bastante que ver con el balonmano, el baloncesto y el montañismo.
¿Cuál es el papel de la educación para los misioneros claretianos?
Nosotros no nacimos en la Iglesia como una congregación que se dedicara directamente a la educación. Estábamos más vinculados con la predicación itinerante. Pero descubrimos pronto que en la educación hacíamos un gran servicio, sobre todo a las personas más necesitadas, y así nacieron y siguen naciendo en el mundo muchísimos de nuestros 120 colegios. Tenemos colegios con refugiados, con inmigrantes que van cambiando de país en país, en periferias de grandes ciudades, en pueblos donde los chavales caminan 8 horas porque no hay otro colegio cerca. El de Gijón tiene otras circunstancias, pero al principio también nació para atender a gente que quería una educación cristiana y que en aquel momento no la encontraba. Para nosotros es una manera de contribuir a la sociedad desde los valores del Evangelio en los que creemos y siempre en respeto a otros. Nosotros no estamos en la educación contra nadie. A veces se piensa que nos alegramos cuando a la escuela pública le va mal, no, no. Lo que buscamos es el bien de la gente; ojalá nos fuera bien a todos en la educación.
El Corazón de María es un centro que siempre tiene más demanda que plazas. ¿A qué se debe?
Hay valores como el respeto, la preocupación por cada alumno, el deseo de ayudar a todo el mundo a crecer, a descubrir sus capacidades, que marcan un estilo de colegio y que probablemente es lo que lleva a mucha gente a seguir intentando entrar en el Corazón de María. Es la clave de una enseñanza que ha logrado una calidad que la gente reconoce. Si se concede, nos van a dar la medalla a los misioneros, pero lo que hemos hecho en Gijón, si no hubiera sido por los seglares que trabajan con nosotros y han contribuido a la misión claretiana, no hubiéramos conseguido nada. Si recibimos la medalla es en nombre de todos.
El número de misioneros claretianos en Gijón es menor al que llegó a haber históricamente.
En los últimos 40 años los claretianos en el mundo hemos sido casi siempre unos 3.000. La diferencia es que el número de europeos ha disminuido bastante, pero ha crecido mucho el de otras partes del mundo. Y de igual manera que los españoles hubo unos años que fuimos a otros continentes, ahora de esos continentes vienen a a Europa a trabajar como misioneros. En España ha disminuido el número en todas las vocaciones de Iglesia. También es verdad que ha disminuido mucho el número de nacimientos y también se valoran otras maneras de ser cristiano que no pasan por entrar en una congregación o ser sacerdote.
¿Cómo entiende el diálogo religioso con una sociedad moderna?
Para nosotros la fe es un tesoro y es lo más importante de nuestra vida. Pero entendemos que es algo que las personas tienen derecho a aceptar o a rechazar. Nuestra presencia en el mundo y en la sociedad, sea donde sea, siempre tiene que definirse por el respeto, por el compartir abierto, sin miedo y sin rebajar nada nuestros ideales y nuestro credo, pero a la vez también convivir con otros que piensan de otra manera. Una de las cosas que la medalla nos puede dar a nosotros, mirando hacia atrás, es que en 100 años es muy fácil equivocarse y es seguro que en Gijón hay personas con las con las que no hemos acertado. Probablemente a veces ha habido chavales en el colegio a los que no hemos sabido entender, o que han tenido que terminar dejando el colegio, o que incluso hemos terminado expulsando. Y con esas personas a lo mejor nos equivocamos. O hemos podido hacer daño a otras personas con nuestra manera de predicar o de actuar. Si recibiéramos esta medalla, también es una ocasión en la que queremos pedir perdón a quien hayamos podido no hacer bien o no tanto bien. Una institución de tantos años siempre comete sus equivocaciones.
Por otro lado también ha habido muchos alumnos que han llegado a ocupar responsabilidades importantes. ¿Qué reflexión le merece?
Toda responsabilidad es importante. Una persona que abre una tienda, que trabaja en una fábrica, que milita en un partido o en una asociación de vecinos, tiene una responsabilidad importante. Y a nosotros nos alegra que del colegio han salido miles de chicos y chicas que están en responsabilidades importantes. Que algunos estemos en determinados cargos en la Iglesia o haya habido personas en la política, en la Universidad, la ciencia o el deporte, nos alegra, por supuesto.
¿Qué echa de menos de Gijón?
A muchos, amigos y amigas. Una de las cosas más bonitas que me ha pasado es que los compañeros con los que yo estudié más de 10 años y que dejamos el colegio el año 82, nos hemos vuelto a juntar otra vez este año, casi por primera vez muchos después de 40 años. También echo de menos el paisaje y la ciudad. A mí Gijón nunca me cansa. Yo entiendo que hay personas que salen poco de Gijón y necesiten ir a otro sitio. Yo al revés, cuando voy no me sobra ningún día de estar en Gijón.
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