"Animales y ocio: espectáculos populares con gallos y otros animales en Gijón": una obra "para comprender el pasado sin juzgarlo"
El libro, que cofirma Luis Miguel Piñera, documenta como las "pedreas" y peleas de espolones y otras prácticas de maltrato animal eran habituales en la cultura popular en la villa marítima hasta bien entrado el siglo XX

Por la izquierda, Rafael Suárez-Muñiz, Miguel Álvarez Areces y Luis Miguel Piñera, en la presentación celebrada en el Antiguo Instituto; sentada la concejala de Cultura, Montserrat López Moro.
Hubo un Gijón donde el amor por los animales no era el mismo que el que hoy emana de la ciudadanía y las autoridades, con ordenanzas de bienestar animal y cuidado de mascotas. Todavía en el siglo pasado, a los gallos, se les mataba a pedradas, se les enterraba en la playa de San Lorenzo o el arenal de Pando (Poniente) y se les golpeaba la cabeza hasta que expiraban; amén de peleas de espolones en reñideros. Esas historias y otras muchas curiosidades sobre la relación de la villa marítima con los animales se recopilan en el libro "Animales y Ocio: espectáculos populares con gallos y otros animales en Gijón", que firman el cronista oficial de Gijón y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA, Luis Miguel Piñera, y el geógrafo Rafael Suárez-Muñiz, que presentaron el tomo en el Antiguo Instituto junto a Miguel Álvarez Areces, que edita y es prologuista de la obra, a la que apreció como necesaria "para comprender el pasado sin juzgarlo".
Piñera fue el primero de los autores en intervenir. El colaborador de LA NUEVA ESPAÑA desgranó las claves de una investigación de más de un lustro, ya que, según se indicó, la idea arrancó en tiempos de pandemia. El cronista subrayó que el maltrato a los animales, lejos de ser una práctica marginal estuvo arraigada en la tradición festiva local, como es el caso del Carnaval, donde se maltrataba al animal para acabar en la cazuela en forma de caldo del domingo. El cronista explicó, también, que las "pedreas" de gallos, esas en las que se lapidaba al ave hasta la muerte, constituían auténticos ritos de iniciación para los jóvenes.
Según detalló Piñera, estas costumbres no se limitaban a los barrios populares, sino que tocaban todas las capas sociales. Para muestra, citó el caso del Colegio de la Inmaculada, donde en 1920 los alumnos mataban al gallo con los ojos vendados como parte de un ritual antes de consumirlo en el comedor con motivo de las fiestas de San Claudio, tal como se cita en la revista "Páginas Escolares", donde el acontecimiento es incluido con naturalidad dentro de una programación festiva y de ocio entre descargas de cohetes o eventos de gigantes y cabezudos.
Asimismo, el investigador documentó la evolución de estas costumbres hacia formas más organizadas y lucrativas, como las peleas de gallos con apuestas. Gijón contó con infraestructuras específicas para estos eventos, los denominados "circos gallísticos", como el Pelayo o el de Las Carolinas, y que la actividad gozaba de tal normalidad que la prensa local contaba con periodistas especializados en la materia.
Los primeros animalistas
Finalmente, el historiador destacó la relevancia de la Sociedad Antiflamenquista, nacida en 1913, como el primer núcleo de resistencia contra el maltrato animal en la villa. Piñera afirmó que este colectivo, "ecologista" y "animalista", vinculaba la crueldad hacia los animales con el "atraso moral" y el "machismo", actitudes que englobaban en el concepto "flamenquismo"; uno que, a juicio de este colectivo, se fomentaba especialmente en la tauromaquia, una fiesta cuya primera corrida data en la ciudad del 13 de junio de 1660.
Suárez-Muñiz aportó la perspectiva urbanística de esta "microhistoria local". El experto subrayó que Gijón ostentó la condición de "capital gallera" del norte de España, con el citado Circo Pelayo de 1867, que llegaba a albergar a 2.000 espectadores. Asimismo, rescató del olvido otros espacios de ocio similares, como el canódromo de Las Mestas, las fincas de Somió destinadas al tiro al pichón o las novilladas en los colegios jesuitas, todo ello perpetuado hasta la segunda mitad del siglo XX.
Por su parte, Álvarez Areces, enmarcó la publicación como una pieza clave de la antropología cultural local, que permite leer la evolución de Gijón a través de sus usos sociales y "memorias incómodas". En su intervención, recalcó que "el ocio nunca es neutro", sino que "refleja las jerarquías y conflictos de cada época".
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