Se enteró del nacimiento de su hijo por un telegrama y fue el primer maestro seglar del Corazón de María: la llamativa historia del gijonés Alfonso Domínguez-Gil
Álvaro Domínguez-Gil Hurlé, su hijo, narra los pormenores de la vida de un hombre que se sacó su segunda carrera viajando en barco a Galicia
Al profesor le sustituyó Manolo Fernández-Miranda, uno de los hermanos de Torcuato Fernández-Miranda, el director de orquesta de la Transición

En el centro, con traje, Alfonso Domínguez Piñole / Ángel González
Álvaro Domínguez-Gil Hurlé es un gijonés de sobra conocido: es doctor en Farmacia, procede de una saga familiar de abolengo sanitario y además es mago. Pero él no es el protagonista de esta historia, sino el narrador. Un narrador testigo de su padre, Alfonso Domínguez-Gil Piñole, químico, farmacéutico, emparentado con el ilustre pintor y además el primer profesor seglar del colegio Corazón de María, el centro de moda en la ciudad después de que la alcaldesa, Carmen Moriyón, propusiera a la Orden Claretiana, sus fundadores, para la medalla de Oro de la Villa. "Recibir esa medalla es un honor para todos los que hemos pasado por el Codema", reconoce Domínguez-Gil.
Los claretianos cumplieron en 2022 un siglo en Gijón. El primer colegio del Corazón de María se fundó en 1928, en un solar de la antigua avenida Simancas, hoy Pablo Iglesias. Luego, se trasladó a su ubicación actual. El curso inaugural fue el 1941-1942. Ahí aparece Alfonso Domínguez-Piñole al que aún se le puede ver en algunas de las fotos de las promociones antiguas, colgadas en el pasillo de entrada del centro. Se le ve vestido de traje y corbata, rodeado de estudiantes y sacerdotes con sotana. "De aquella no había tantos titulados y los curas tenían que buscar titulados para ser profesores. No había tanta gente con carrera universitaria", apostilla Domínguez-Gil.
La importancia de los seglares en el colegio Corazón de María es indudable. Pedro Belderrain, prefecto general del Apostolado de los Claretianos, lo reconoció el lunes en una entrevista con LA NUEVA ESPAÑA. "La medalla será de todos si la recibimos: sin los seglares no habríamos logrado nada", afirmó uno de los máximos responsables de los claretianos.
Alfonso Domínguez-Gil Piñole estudió en los Jesuitas. Luego, hizo Químicas en Oviedo y con mucho esfuerzo sacó la carrera de Farmacia. Lo del esfuerzo no es condimento literario. Es pura verdad. Cuenta su hijo que su padre, ya casado, viajaba a Galicia en barco de carga para cursar su segunda titulación. "Iba hasta La Coruña y de ahí a Santiago de Compostela", describe Domínguez-Gil. Y añade: "De mi nacimiento se enteró por un telegrama que le mandaron cuando estaba haciendo un examen de botánica". Cosas de la época.

Álvaro Domínguez-Gil Hurlé. / Ángel González
Alfonso Domínguez-Gil Piñole, cuenta su hijo, dio clase en el Corazón de María unos cinco años. Su salida debió casi coincidir con la llegada al mundo del narrador de esta historia, en 1945. "Mi padre tenía mucha relación con los curas. Estaba el padre Ezcaray, que era un poco el que controlaba todo esto", detalla Domínguez-Gil hijo. A la historia le queda aún una vuelta de tuerca. Alfonso Domínguez-Gil Piñole, decía su hijo, cambió de aires, y su sustituto fue un hombre también con nombre: Manolo Fernández-Miranda, uno de los hermanos de Torcuato Fernández-Miranda quien dentro de muchos años sería llamado a ser director de escena de la Transición. "A mí me llegó a dar clase", añade Domínguez-Gil.
Domínguez-Gil no se resiste a añadir un par de anécdotas. Una es la curiosa manera en que copió en un examen. Cuenta que había palmado en junio y le tocó recuperar en septiembre. No habría estudiado mucho porque a ese control fue con la firme idea de dar un cambiazo. Su colaborador necesario ("partner in crime" que dirían los anglosajones) fue un tal Javier Canteli. Domínguez-Gil hizo el examen en una de las últimas plantas del colegio. Como era septiembre y hacía calor las ventanas estaban abiertas. Así que tiró las preguntas del examen atadas a una piedra al patio.
Esa piedra la recogió ese Canteli, que, libro de Historia en mano, despachó la papeleta en una cafetería cercana. Luego, con la excusa de entregar un mensaje para el padre de Domínguez-Gil, metió el examen en un sobre, tocó a la puerta de donde se hacía el examen y se lo dio al interesado sin levantar sospechas. Una pequeña jugada maestra.
La otra anécdota que añade es que él mismo formó parte del equipo de balonmano que estrenó en Madrid el estadio de Vallehermoso, en el barrio de Chamberí, durante los XIII Juegos Escolares Nacionales Juveniles. Para atestiguarlo, Domínguez-Gil trae la medalla conmemorativa de bronce de aquella ocasión. Una historia más de tantas que se han dado en las paredes del colegio Corazón de María, que vive gracias a la Medalla de Oro un momento dulce.
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