El legado de casa Arturo tras 75 años como emblema hostelero de Gijón: de pagar 250 mil pesetas en 1955 a cumplir "las bodas de brillante"
Arturo Muñiz, actual dueño e hijo del fundador, cierra el merendero por cuestiones familiares y falta de relevo generacional

La familia impulsora de Casa Arturo / LNE
Uno de los emblemas de la hostelería gijonesa cierra tras 75 años de actividad. Ubicado en La Guía, Casa Arturo ha sido uno de los merenderos por excelencia de la ciudad y punto de encuentro de generaciones. El momento actual del sector, unido a cuestiones familiares ha llevado a que su dueño, Arturo Muñiz, eche la persiana a sus 77 años. "Es lo que tocaba", asegura el hostelero que todavía mantenía la ilusión de cerrar en Navidad con una gran fiesta entre familia, conocidos y clientes habituales. No ha podido ser.
Cuando muchos gijoneses ya pensaban en el verano y su zona de mesas donde pasar las tardes, la noticia ha caído como un jarro de agua fría. "Tras cumplir sus bodas de plata y sus bodas de oro, cumple sus bodas de brillante (las de tres cuartos de siglo) y cierra", expresa Muñiz reconociendo estar triste por la dura decisión tomada. "Por jubilación justa y necesaria, que las herederas han elegido otros derroteros profesionales y la hostelería resulta dura e ingrata, aunque aquí la quisieran y disfrutaran", añadía el hostelero.
El origen de este local se remonta a 1955 cuando lo abrieron Arturo Muñiz y María Luisa Claros. Él nació muy cerca, en Castiello de Bernueces, donde su padre regentaba el llagar de Viñao. Ella, en Oviedo, aunque siempre veraneaba en Gijón. Una vez se conocieron, tenían claro que querían "un futuro propio e independiente". Tuvieron tres hijos, Pilar, Arturo y Agustín. Fue el cierre de un famoso merendero de la época, El Pinche, lo que les lanzó a la aventura de la hostelería, no sin antes abonar doscientas cincuenta mil pesetas por el traspaso. Cifra muy alta para 1955.
Con el nombre de Casa Arturo por bandera arrancaron con el negocio por el que pasaron "vecinos del barrio que emparejaban el café, el culín o la pinta con el periódico, la tertulia y la partida; los obreros demandando el abundoso y hogareño menú de la casa; los gourmets reservando en el calmo y elegante comedor principal y parejas, amigos o familias disfrutando de un arbolado merendero", rememora Arturo Muñiz.
No podían faltar tampoco los veraneantes que se encontraban con la esencia del merendero gijonés a poca distancia de la playa o los sportinguistas que acudían en tropel a celebrar las alegrías y ahogar las penas. Tampoco los que iban exclusivamente a probar y repetir "la cocina de aquí y a la manera de aquí", resume Muñiz. Los platos, nacidos de la cabeza y manos del fundador, iban desde los mariscos como el bugre con verdura, a los pescados en los que no faltaba la merluza negra o el bacalao fragante de pisto asturiano, pasando por los arroces marineros o las carnes en variedad de cortes y presentaciones. "Cocina, tradicional y personal, de hechura clásica y con firma exclusiva", es el resumen de Arturo Muñiz.
En 2011, falleció el fundador y sus hijos siguieron manteniendo la esencia y fama y dejando un legado que ahora empieza. "Se fueron ancianos y orgullosos del deber cumplido, con las bodas de oro hosteleras sobradamente cumplidas y ya bisabuelos", añade el actual dueño. Los reveses de la vida hostelera, unido a la falta de relevo entre las nuevas generaciones de la familia Muñiz ha llevado a que los gijoneses se queden huérfanos de uno de los merenderos insignes. El verano gijonés será menos verano y en el recuerdo de los que crucen la calle Profesor Pérez Pimentel siempre estará Casa Arturo, su gastronomía, sus sidras y sus tertulias. Ya sea en "el calmo y elegante" comedor principal o en el "arbolado merendero".
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