“Casa Oscarín” se despide por todo lo alto en Gijón: “Es una pena, dan ganas de llorar”
Colas en la apertura y autógrafos en el último servicio de Óscar González en Cimavilla

VÍDEO: Carlos Tamargo / FOTO: Marcos León
Pocos bares se despiden con la emoción que ayer lo hizo "Casa Oscarín". Como un viejo rockero que da su último concierto en la ciudad, las ganas por estar en las últimas horas de uno de los negocios más auténticos de Cimavilla fueron máximas. Colas en el exterior, miradas de nerviosismo a la entrada y cierta expectación por ser de los primeros en hacerse con una mesa. "Yo tengo reserva para las dos, pero con entrar ya me sirve", se escuchó entre la gente. Pasada la una del mediodía, las cortinas de la pequeña ventana que da la calle Sebastián Miranda se descorrieron y la puerta del bar se abrió. En pocos segundos, frente a la barra ya había tres filas y en el pequeño comedor no quedaba una silla sin ocupar. "El que tenga prisa, que marche", señaló Óscar González desde la barra, con una sonrisa de oreja a oreja que no podía ocultar.
En la calle, los afortunados que habían podido pedir algo disfrutaban de una despedida agridulce. "Tenemos la cafetería de ‘La Tinta del Mar’, aquí al lado y lo conocemos de hace muchos años. Hay poca gente como él. Nada más abrir, fue de las primeras personas que se vino a presentar y a preguntar si necesitábamos algo. Ese detalle, entre vecinos y hosteleros, escasea", afirmó Sofía Álvarez que compartía el mismo pensamiento que muchos de los allí presentes. "Lo echaremos de menos, pero estoy contenta por él, merece descansar. Lo veremos por los bares y el barrio", remató. "Es una pena, acabo de entrar a pedir y me han dado ganas de llorar", aseguraba Sara González, sentada en uno de los bancos de fuera.
Con los nerviosismos de la última apertura ya desaparecidos, Oscarín se permitió traspasar la barra para saludar a los parroquianos. Abrazos, besos, sus clásicas bromas y también autógrafos. Nicolás Costales le mostró a Oscarín un cuadro de un Ramabal pirata que le entregó el hostelero hace una década. "Me dijo que escogiera cualquier cuadro y seleccioné este. Se lo he traído para que me lo dedique", explicaba Costales. Entre aplausos y gritos de ánimo transcurrió la última jornada de "Casa Oscarín" en la que tampoco faltaron los brindis, las invitaciones y el "está todo pagado" del hostelero. Como los buenos rockeros, Oscarín lo dio todo hasta el final y deja en la historia del Barrio Alto un local en donde se comía bien, se bebía mejor y, sobre todo, se disfrutaba sin prejuicios.
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