Crónicas gijonesas: Las dos últimas cartas de doña Rosario
Rosario de Acuña, de la que ahora se celebra el aniversario de su fallecimiento, escribió dos misivas al director del periódico "El Noroeste" para protestar por unos ejercicios militares hechos en El Cervigón pocos días antes de su muerte

Crónicas Gijonesas

Rosario de Acuña y Villanueva nació en Madrid el 1 de noviembre de 1850 y murió en Gijón, en su casa de El Cervigón, el 5 de mayo de 1923. Muchas cuestiones sobre la vida y obra de Rosario de Acuña se fueron resolviendo con la investigación histórica que es el único método válido —con documentos, con pruebas— para llegar a la verdad. Citar los nombres de Xosé Bolado García y Macrino Fernández Riera es citar a dos expertos en el tema.
Reproducimos las dos últimas cartas de Rosario de Acuña. Escribió muchas naturalmente pero estas son las dos últimas y dirigidas ambas al director del periódico local "El Noroeste" entonces Antonio López Oliveros, la última una semana antes de su muerte. Cerca de su casa había entrenamientos militares y ella, antibelicista, protestaba. En la última carta vemos los nombres y apellidos de los vecinos de doña Rosario.
En el cementario civil de El Sucu podemos ver su tumba, sencilla, como ella dejó dispuesto en su testamento. Con un ladrillo en la cabecera, con las siglas R.A. El ladrillo que vemos hoy fue colocado el día 26 de marzo de 1992 en un acto organizado por el Ateneo Obrero de Gijón.
En la publicación "Rosario de Acuña. Homenaje", que editó el Ateneo Obrero ese año, hay una fotografía donde vemos a Xosé Bolado, en ese momento presidente del Ateneo Obrero, y María Antonia Fernández Felgueroso (consejera de Educación, Cultura, Deportes y Juventud del Principado de Asturias) en el acto de la colocación. Los acompañan Daniel Palacio, presidente de honor del Ateneo Obrero, y Joaquín Fernández Espina que era el vicepresidente.
CARTA 1 ( "El Noroeste", 23 de febrero de 1923)
Gijón, 19 de enero de 1923
Señor director de "El Noroeste"
Distinguido amigo: Por el suelto adjunto, publicado hoy en su periódico, me veo amenazada de la insufrible molestia, no exenta de peligro para el piso alto de mi casa, de aguantar las descargas de fusilería junto a las mismas tapias de mi vivienda. ¿No hay otro sitio en estas costas que este, precisamente, del Cervigón para el tiro al blanco de los militares? ¿Es de necesidad absoluta que sea yo, precisamente, la que sufra esto durante horas y días, aguantando las estridencias del tiroteo casi en las mismas orejas? ¿De qué me ha valido buscar un sitio solitario y agreste para morirme en la mayor paz posible, ya que yo no tengo que "acreditar el valor"? ¿No hay más remedio que sufrir (fuera de toda ley y de todo reglamento) los simulacros del exterminio en los hogares en que se huye de la guerra?
En otra ocasión ya se puso en el mismo sitio el ejercicio de tiro, y acudimos a la autoridad, así como los propietarios de los terrenos vecinos, donde se instalaron los blancos; ahora acudiremos también a ver si logramos adquirir el derecho de ser respetados en nuestra tranquilidad, que las leyes del mismo ejército nos garantizan; mas ínterin le ruego, señor director, haga pública mi protesta, de lo que, no puedo menos de calificar de un abuso de la fuerza contra quien no tiene ninguna para defender su sosiego.
Gracias por todo, y queda su atenta s.s.q.b.s.m. Rosario de Acuña y Villanueva.
―CARTA 2 ( "El Noroeste", 29 de abril de 1923)
Al director de "El Noroeste".
Cuando estaba muy confiada por haber sido atendida la queja que hice pública, de que se tomaran los alrededores de mi casa por campo de tiro para los militares, hoy, en la tarde, me ha sorprendido con estridencias, un fuego graneado de guerrillas, como si este rincón de mi hogar fuera efectivamente un Gurugú al que hubiera que tomar con heroísmo. Patrullas de tiradores, haciendo disparos, cercaron la tapia de la finca, y con el sobresalto natural del que se siento fogueado a todo trapo, salí a contemplar el "combate" y vi correr muchos soldados, a un lado y otro, por la ería del Piles. ¡De esta maravillosa vega, modelo de cultivo intensivo, regada por el sudor de infelices labriegos!
¡Trigales soberbios, estúpidamente pisoteados, praderas en plena florescencia, pateadas por todas partes, sebes asaltadas, sembrados recién hechos, volteados impiadosamente al desaforado correr de la tropa para combatir con más éxito al temido enemigo; en fin, todo el aterrador espectáculo de unos campos maltratados por el esquilmante paso del caballo de la guerra! ¿Es esto posible?
Todos los labradores que circundan mi morada firmarán conmigo esta queja que elevo con justicia y razón. Yo no sé quién se cuidará de que esto no vuelva a suceder; pero creo que alguien comprenderá que no debe volver a suceder; porque no hay necesidad ni obligación de que se asolen campos y sobresalten hogares en tiempos de paz y a dos kilómetros de una ciudad como Gijón. 27 de abril de 1923
Firmado: Rosario de Acuña y Villanueva, José Medina, Eduardo Lafuente, Emilio Medina, José Lafuente, Julián Cifuentes, Francisco Díaz Morán, Silvestre García, Ángel Carreño, Salvador Loché, Corsino Rivero, Juan Loché, José Martínez, Antonio Loché, A. Álvarez y Emilio Rionda.
Retrato de Gijón
Sanatorio Marítimo

Sanatorio marítimo. / ARCHIVO MUNICIPAL DE GIJÓN
La imagen es del sábado 8 de septiembre de 1945 y se conserva en el Archivo Municipal de Gijón, en la Colección Municipal. Ese día visitó la ciudad Carmen Polo Martínez-Valdés, la esposa de Francisco Franco, con su hija Carmen Franco Polo que acababa de cumplir 19 años. Ambas visitaron primero la iglesia del Sagrado Corazón, las ruinas del Simancas, el Real Club Astur de Regatas y luego, a las cinco de la tarde, asistieron a la bendición (a cargo de Rafael García obispo de Jaen) e innauguración del Sanatorio de San Bernardo y San Hermenegildo en la zona del Piles. Como se ve, de alguna manera, Franco estuvo presente.
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