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Kike Figaredo, tras ser designado Medalla de Plata de Gijón: "Para mí es una confirmación y una forma de decir 'estamos contigo'"

"Una cosa que veo que es muy bonita y con la que estoy muy satisfecho es que personas que he ayudado en los campos de refugiados, niños y jóvenes, ahora trabajan conmigo"

Kike Figaredo, con la camiseta del Sporting en su casa de Gijón

Kike Figaredo, con la camiseta del Sporting en su casa de Gijón

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Gijón

Enrique "Kike" Figaredo Alvargonzález (Gijón, 1959) necesita pocas presentaciones. Prefecto apostólico de Battambang (Camboya) desde hace décadas, recibe la llamada de LA NUEVA ESPAÑA recién llegado de una jornada de convivencia. La Medalla de Plata otorgada por su ciudad natal le hace especial ilusión y la siente como "un refuerzo a su labor".

Lo primero, enhorabuena. ¿Qué supone para usted?

Muchísimas gracias. Que se acuerden de uno en casa es una alegría muy grande. A pesar de estar tan lejos, el cariño y el apoyo se notan. Es una forma también de apreciar todo lo que estamos haciendo aquí, a 10.000 kilómetros de Gijón. Es algo que nos da mucha fuerza.

¿Fue una sorpresa?

Claro, claro. Yo no tenía ni idea. No contaba con ello para nada. De hecho, últimamente había un poco de silencio de todas las cosas. Al final, estoy aquí, muy en lo mío y claro. No tenía ni idea.

¿Qué tal ahora por Camboya?

Seguimos en Battambang. Hoy vine de la ciudad de Siem Riep de un retiro que tuvimos con Karuna Battambang, que es como se llama nuestra ONG y que es como el Cáritas de aquí. Somos 150 personas que trabajamos en diferentes proyectos con los niños discapacitados, en educación, desarrollo rural, salud... Hemos estado ahí tres días de retiro. Pero ojo, de retiro como convivencia. No es que estemos ahí en silencio. Estuvo muy bonito, la verdad. Vino también un monje a darnos meditación.

Llegó en 1985 a Camboya. Ha llovido.

Sí, llegué a los campos de refugiados. Llevo ya 41 años y en Battambang, 26.

¿De qué se siente más orgulloso?

Pues mira, una cosa que veo que es muy bonita y con la que estoy muy satisfecho es que personas que he ayudado en los campos de refugiados, niños y jóvenes, ahora trabajan conmigo. Es decir, son heridos por las minas o de la polio. Diferentes discapacidades. Por ejemplo, el director de Educación que tenemos está en silla de ruedas y lo conocí mendigando de niño. Ahora es el súper jefe de la educación. Hay también una niña en silla de ruedas que es la que lleva las finanzas. Hay más casos, pero lo que quiero decir es que personas que he apoyado de niños y de jóvenes hoy en día son los que me ayudan a ayudar a otros. El resultado de estos años es que vemos un liderazgo de la gente. Y en mi caso, como he estado tan enfocado en personas con discapacidad, me ayudan a tener un acercamiento a los problemas más integral. Porque ellos han superado muchas dificultades, la pobreza y la barrera que supone estar en silla de ruedas o que te falte una pierna. Ellos son líderes fantásticos.

¿Qué aprendizaje saca de todo ello?

Que acompañar es muy importante. El tener amistad y alentar en lo positivo también. Pero el acompañamiento, el dar formación integral, es transformador. La educación transforma. He aprendido a acompañar y dar empoderamiento. Con ello transformas a las personas y a la sociedad. Uno se transforma todavía más. Ya vienes creyendo que a la gente tienes que integrarla socialmente, pero cuando lo ves y es una realidad, crees más en ello. Me da también fortaleza el que personas que he acompañado ahora transformen a otros. Merece la pena.

¿La Medalla de Plata es, por tanto, un refuerzo?

Claro. Al final esto no es una carrera de corto recorrido, sino un maratón. La Medalla me dice que se valora la fidelidad a la gente y a que las cosas cambien. El no desviarte, ser fiel a la gente más vulnerable, más pobre o que tiene más necesidad. Para mí es una confirmación y también decir: "Estamos contigo".

¿Siente nostalgia por Gijón?

Hombre, siempre, siempre. Estoy todo el día colgado siguiendo al Sporting y sufriendo, claro. Mira, si Dios quiere, llegaré a mediados de junio. Ya tenía prevista la visita antes de la Medalla porque es el aniversario de la muerte de mi madre. Estaré con mis hermanos, veré a mis amigos, correremos por la playa y estas cosas. Sigo, no obstante, todo lo que pasa en Gijón y en Asturias por las redes sociales. Me hablo mucho con mis amigos también. Hay nostalgia, cariño y deseo de volver a las raíces. No digo de cambiar de residencia, pero al final uno, para coger fuerzas, tiene que ir a casa y al nido. Los aires natales son muy especiales. Dicen que eres de donde paces y no de donde naces, pero eso es verdad solo en cierta manera.

Eso siempre.

Sí, sí. Mira, hay una anécdota que cuento mucho. En Begoña, saliendo de un aparcamiento, me crucé con unas señoras mayores. Y me miran y me dicen: "Uy, mira, esti ye nuestro obispín". Eso es una forma muy cariñosa de decir que te quieren. Y eso, quieras o no, te conmueve y te hace sentir cariño de la gente.

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