Alfonso Palacio: el mejor padrino que soñó el centro de arte de Tabacalera
El director adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado, criado en El Coto y exalumno de la Inmaculada, es un gran conversador de maneras exquisitas y altura intelectual, con aficiones tan mundanas como correr por el Parque Fluvial o ir de merenderos por Deva

ALFONSO PALACIO / Mortiner

No llevaba Alfonso Palacio (Gijón, 1975) ni unos días trabajando como director adjunto de Conservación e Investigación del Museo del Prado y ya hablaba de cómo podía beneficiarse su antiguo equipo del Museo de Bellas Artes de Asturias –donde fue director casi 12 años– de las estancias formativas y de investigación que ofrece la gran pinacoteca española. Así que no es de extrañar que con un poco más de tiempo como «número 2» de la mayor institución cultural española, a donde llegó en febrero del 2025, se le ocurrieran enseguida otras sinergias con las que apoyar desde Madrid al sector artístico asturiano.
Esa predisposición suya, que le viene de serie, la intuyó muy pronto la Alcaldesa de Gijón. Casi desde el mismo momento en que unánimemente la sociedad asturiana despedía con elogios a Palacio rumbo al Prado y le agradecía sus años de brillante gobierno del museo regional, Carmen Moriyón transmitía su confianza en lo mucho y bueno que «un gijonés como él» podía hacer por su ciudad desde tan alto destino. «Es un hombre brillante con una trayectoria superlativa. Su nombramiento es fuente de inspiración para Gijón y Asturias», decía la regidora.

Alfonso Palacio Álvarez. / Mortiner
Poco ha tardado esa inspiración en tener una expresión concreta. Palacio es como el padrino que le ha caído del cielo al proyecto de Tabacalera Centro de Arte. Un centro que apenas ha empezado con las obras que le darán forma y ya tiene una programación artística esperando por sus espacios rehabilitados.
Nadie duda que la mano de Alfonso –y la plena disponibilidad de la Alcaldía, lo que en asturiano sería algo así como «juntose con topose»– están detrás del proyecto «Ventanas al Prado». Una iniciativa expositiva que va a llevar reproducciones de arte clásico de la colección del museo nacional a un diálogo con el patrimonio arquitectónico e industrial del país. Y su primera escala será en Gijón. En Tabacalera. Por si fuera poco, ya se ha encargado el director adjunto de confirmar la buena disposición de todos para que Tabacalera entre también al programa «El Prado extendido», gracias al cual desde hace años hay depósitos de obras de la pinacoteca repartidas por todo el territorio español.
Como para no considerar a Alfonso Palacio Álvarez el mejor padrino de bautismo que pudiera haber soñado Tabacalera. Un proyecto en el que este gijonés crecido en El Coto y exalumno de los jesuitas cree firmemente. Y ya creía antes de marchar a Madrid. Antiguos colaboradores suyos en el Bellas Artes le recuerdan hablando de cómo tender puentes y ayudar, desde la experiencia, a levantar un equipamiento que aspira a ser un catalizador cultural de la ciudad.
Igual el esfuerzo lo haría por cualquier museo de Asturias, nadie lo duda. Pero nadie cuestiona que Gijón le hace «tilín». Aquí ha tenido su residencia familiar hasta hace poco más de un año, en el entorno de Viesques, compartida con su mujer Carmen y sus hijos Javier y Sofía. Un casa suficientemente cerca de su Coto del alma, ese barrio con tanta personalidad donde se crió con su madre, Azucena, su hermano Javier, y arropado muy cerca por sus abuelos y familia materna, originarios todos de Cirujales del Río (Soria) donde buenos veranos que pasó de chaval. Otros vínculos familiares los tiene con la zona rural gijonesa de Vega, Granda y La Camocha, como él mismo recordó en un vídeo de promoción de la cultura sidrera en el que se dejó llevar a los años de infancia en los que iba a pañar manzana por aquellos lares.
Ya de adulto, en Viesques Palacio ha tenido todo el Parque Fluvial a su disposición para disfrutar de su pasión deportiva por el running. Como la tuvo de joven por el baloncesto, en el que se inició en el colegio de la Inmaculada y con el que disfrutó en la cancha, en la grada y en televisión. Aunque puestos a hacer zapping, igual se queda atrapado en alguna película de cine especialmente si es de Pasolini o Kubrick. O se retira a leer, que le apasiona. O se va con la familia a algún merendero por Deva.
De hecho, lo suyo son todos placeres mundanos que gracias a su buena memoria les saca mucho partido. Como gran conversador que es, y siendo hombre de mucha cultura y mayores recursos, a lo que se añaden una formas exquisitas y una brillantez fuera de duda, pocos se resisten a disfrutar de su compañía.
Los que más le han tratado le definen por su cercanía, su familiaridad, su galantería y su altura intelectual. También por su ambición bien encauzada. Fue el alumno más brillante de su promoción en Historia del Arte, con Javier Barón -antes de que fuera jefe de la Colección de Pintura del Siglo XIX del Prado- como mentor. Pasó por el CSIC, el Museo de Bellas Artes de Bilbao o el Centro Georges Pompidou de París. Volvió a Oviedo y entró en la Universidad, llegando a ser vicedecano de su Facultad. Ha comisariado exposiciones y publicado una decena de libros. Ha dirigido el Bellas Artes de Asturias y ahora, en El Prado, está a punto de inaugurar la exposición «Prado. Siglo XXI».
Por delante tiene la gran inauguración de su vida, la integración del Salón de Reinos en el «campus» del Prado, convirtiéndolo casi en un nuevo museo. Pero nada le arruga. Su mantra, dice, es «trabajar, trabajar muy duro, trabajar como galeote... pero sin olvidarse nunca de que es hermoso el mar».
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