Martín Caparrós, protagonista en la Feria del Libro de Gijón: "Los géneros literarios son limitantes; se escribe ahora como hace 200 años"
"El periodismo está en crisis, como siempre, pero eso no implica que vaya a ir a peor; hoy se están haciendo grandes trabajos periodísticos en equipo", señala el escritor, que presenta en la Feria del Libro de Gijón su nueva novela, "Bue"

Martín Caparrós, en una imagen de archivo. / Alex Zea
El escritor y periodista hispanoargentino Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) regresa hoya Gijón para, en la primera jornada de la Feria del Libro de Gijón, presentar "Bue", su última novela. Lo hará a las 20.15 horas en el patio del Antiguo Instituto y en conversación con Jaime Priede, director de la feria.
Estuvo en Gijón hace dos años para presentar "El mundo entonces", una especie de guía para entender este planeta, y ahora regresa con "Bue", una novela que cuenta Buenos Aires. Temáticas ambas casi inabarcables.
Uno podría definirlas como ambiciosas, pero ahora que lo dice me gusta más pensarlas como inabarcables. Respeto mucho las tareas que no pueden tener éxito, las diversas formas del fracaso, y si algo se define de antemano como inabarcable no hay manera de que no fracase. Me gusta.
La novela se vertebra en parte en torno a la evolución de una poderosa familia argentina de ascendencia italiana, que sirve para resumir un poco la historia reciente de la ciudad. ¿Cómo ve su ciudad ahora desde la distancia? ¿Cómo le ha tratado el tiempo?
El otro día hablé de esto mismo con mi hijo Juan, que insiste en vivir en Buenos Aires, y llegamos a la conclusión de que la ciudad nos ha tratado bien y mal al mismo tiempo. Buenos Aires no es aquella gran capital que aspiraba a ser hace cien años, cuando era una de las ciudades más pobladas del mundo, tan entusiasta y potente. Pero en su decadencia actual comparado con lo que habría querido ser, la ciudad tampoco se convirtió en un espacio negro o destruido. Sigue siendo, sin ser aquella gran capital, un lugar donde pasan muchas cosas, donde se piensa y se inventa mucho, y también donde se sufra más de lo que se debería.
¿Las ciudades son un buen material literario?
Sin duda, porque son inabarcables. Pero supongo que el trabajo literario con ellas consiste más bien en dar algo así como la sensación de una ciudad, en ver qué elementos ayudan a sintetizar algo que por definición no puede sintetizarse. Una ciudad son millones de historias, nunca llegas a conocerla del todo, pero con la ficción puedes dejar la sensación de que te has acercado un poco. Y, bueno, sirve.
Comentó en alguna ocasión que las grandes ciudades se están convirtiendo en un decorado.
Sin duda. Y es curioso, porque es paradójico. Uno de los grandes culpables de esta homogeneización de las ciudades es el turismo, es el querer ir a cada ciudad para ver qué tiene de original, y justo eso hace que cada ciudad se convierte en una caricatura de esa originalidad suya. Intenta ser como otros esperan que sea y falsifica aquello que la hacía auténtica. Sí parece que vivimos en decorados y hay casos dramáticos. Para mí, por ejemplo, pasa en Barcelona. Viví allí, me encanta, pero los lugares a los que iban la gente de mi generación a sus 20 o 30 años, los de la parte baja de la ciudad, ya no existen. Ellos ya no van nunca porque hoy es puro turismo. Han tenido que entregar la ciudad de su juventud.
Y usted acabó en Torrelodones.
Sí, después de vivir en España en más sitios. Ahora mismo desde mi ventana lo único que veo son árboles. Vienen a visitarme los pájaros. Es un gran privilegio, un placer enorme cada mañana poder mirar por esta ventana.
Dice que ya se considera en parte español y lleva un tiempo lamentando que parezcan estar calando en el país los discursos contra la inmigración.
En España y en otros países del norte es uno de los discursos más poderosos políticamente a día de hoy. Y luego, sí, me siento bastante español. Mi padre nació en Madrid, así que en parte soy claramente de origen español, pero además llevo aquí muchos años. Me siento más bien hispanoargentino, pero poca gente me llama así, solo cuando gano algún premio. (Ríe). Creo que es lo mismo que hacemos los argentinos con los uruguayos. Los llamamos uruguayos hasta que les va bien; cuando les va bien los llamamos rioplatenses.
Es difícil encajar "Bue" en un género literario. Usted comentó hace un tiempo que la escritura tenía pendiente una nueva vanguardia. ¿Lo sigue pensando?
Agradezco eso de que el libro no le encaje en ningún género; nada me parece tan limitante como los géneros literarios. Vale la pena intentar romperlos todo lo que se pueda. Y, sí, sigo pensando eso y me impresiona: siento que ahora se está escribiendo igual que hace 150 o 200 años. Se escribe como Balzac, solo que peor, por supuesto, y a nadie le parece raro, pero si un pintor pintase hoy como Delacroix diríamos que está copiando sus cuadros, ¿no? En literatura no ocurre eso. Es el arte en el que menos se espera algún tipo de renovación. A mí eso me preocupa e intento tener esa idea de cambio en la cabeza. Y si no lo hago me aburro.
¿Hay que matar a los maestros?
Ni siquiera hace falta. Entre los maestros del siglo XX hay varios grandes que hicieron cambios. Joyce, Kafka o el mismo Borges, que cambió con todo. Pero hoy escribimos como los franceses en 1850.
¿Vamos hacia atrás?
Es raro, es raro. Supongo que lo que pasó fue que con la vanguardia en los 70 se llegó a punto en el que todo se enredó, se produjeron textos que eran ya muy ilegibles, que parecían inútilmente complicados. Una cosa es el cambio y otra el cambio por el cambio mismo. "Bue" es un intento de escribir distinto basado en la idea de que, como es imposible contar entera una ciudad, las estructuras con las que debo intentar hacerlo tienen que ser distintas. Por eso hay que personajes que aparecen y desaparecen, situaciones que no se aclararan. Uso recursos quizás particulares, pero están ahí con una intención.
¿Y el periodismo? ¿Va hacia atrás?
Mira, creo que no. Sabemos que estamos en una gran crisis, como siempre, y ahora centrado en los modelos de circulación que habían sido hegemónicos. Pero eso no quiere decir que vayamos a ir a peor. Una cosa que yo percibo que ha cambiado mucho en los últimos 20 años es que el periodismo era un trabajo muy solitario y ahora se hace más en grupo. Se hacen grandes trabajos periodísticos en equipo porque las habilidades que se requieren ahora obligan a involucrar a gente distinta.
Usted defendía hace años escribir a veces "en contra" de la audiencia si el criterio periodístico así lo exigía.
Sí. No tenemos que rendirnos a la supuesta demanda y a la mercantilización de las noticias, sino elegir aquello que importa contar. Tan importante es saber contar algo como averiguarlo, y no resignarnos a que el jefe o el algoritmo nos dominen.
¿Cómo podría afectar la inteligencia artificial al periodismo y la literatura?
Me llama la atención que hablemos de "afectar" y no, por ejemplo, de "ayudar". Es una herramienta, enorme, y como todas pueden usarse para el bien, para el mal y para el más o menos. Hace 30 años la gente estaba preocupada por la llegada de internet y con un cuchillo lo mismo puedes abrir un melón o cortar un cuello. Más que estar temerosos e intentar defendernos, debemos pensar cómo podemos usar la inteligencia artificial para mejorar las vidas de todos.
Está bien ese optimismo.
Pero no es por mi carácter, sino porque estudié Historia y veo cómo ha evolucionado el mundo. La humanidad ha sido un gran éxito. Vivimos el doble que hace cien años. Somos cuatro veces más personas que hace 200 años. ¿Por qué pensar que de pronto todo se arruina? No somos tan especiales.
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