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"La Escuela de Gijón. La Ciudad como Motivo" una exposición que te invita a viajar en el tiempo

El Antiguo Instituto reúne 80 obras que exploran la identidad urbana mediante un diálogo pictórico que abarca siglo y medio de historia en la mirada de una treintena de creadores

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Álex Redruello

Gijón

Gijón no es un simple conjunto de calles, playas o puertos por los que transitar, es una ciudad para ser interpretada, sentida y pintada. Con esta premisa se inauguró este jueves "La Escuela de Gijón. La Ciudad como Motivo", una muestra que trasciende la simple acumulación de lienzos para trazar la biografía visual y emocional de la ciudad a lo largo de siglo y medio de arte. El proyecto, comisariado por el prestigioso crítico Juan Manuel Bonet, nace de una reivindicación histórica de los propios artistas y salda una deuda ineludible con la identidad cultural del municipio.

Todo proyecto de esta envergadura guarda tras de sí una intrahistoria tejida a base de empeño y memoria. En ese sentido, las paredes de la sala 2 del Antiguo Instituto rinden ahora un homenaje innegable al fallecido galerista Cándido Fernández, alma máter de la desaparecida Galería Cornión. Pero el chispazo definitivo que encendió la mecha de esta retrospectiva se produjo hace exactamente dos años. Montserrat López Moro, concejala de Cultura, sitúa el hito durante la presentación pública del proyecto cultural 'Vía Gijonesa'. En aquel foro, fue la pintora Josefina Junco quien tomó la palabra, convirtiéndose en la voz de toda una generación, para reclamar el espacio y el reconocimiento que estos talentos locales merecían. Aitor Martínez Valdajos, director de la Fundación Municipal de Cultura, lo resume a la perfección: "El resultado de aquel empeño es un recorrido que nos obliga a observar a Gijón ya no como una ciudad por la que transitamos mecánicamente, sino como un escenario vivo, transformado por la sensibilidad de quienes la habitan".

El mayor acierto del montaje ideado por Juan Manuel Bonet es su renuncia a la linealidad monótona. En su lugar, el comisario ha orquestado un constante juego de espejos intergeneracional donde las obras contemporáneas miran directamente a los clásicos. Sobre esta conexión, Bonet destaca que los pintores de esta generación "reivindicaron mucho el ejemplo de Nicanor Piñole y Evaristo Valle y otros pintores de comienzos del siglo XX". El recorrido arranca abordando los turbulentos años treinta, una época que irrumpe en las salas despojando a la ciudad de cualquier panorámica romántica. Aquí, la fotografía y el lienzo se dan la mano para documentar la convulsión y la guerra. En este sentido, la muestra incluye la mirada descarnada del fotoperiodista Constantino Suárez y la obra de creadores como Rodolfo Pico, plasmando los momentos más oscuros, melancólicos y convulsos de las calles gijonesas.

Superados los años de guerra, la ciudad se reinventa y los artistas cambian drásticamente su paleta. Es la época en la que Gijón se vuelve industrial, neometafísica y gris. Al repasar esta etapa de profunda transformación suburbial, el comisario no duda en su selección "elegiría en esa fase el gasómetro de Rubio Camín". Los gasómetros, los muelles y las fábricas sustituyen a los paisajes amables, encontrando una poética distinta en la dureza del acero y el humo. Pero esa ciudad de posguerra necesitaba oxígeno, y lo encontró en sus "cafés". La exposición subraya el valor incalculable de los espacios de encuentro social, verdaderos catalizadores del movimiento artístico e intelectual. Las obras rinden a su vez, un cierto tributo a la Galería Cornión, cuyo cierre, según los propios artistas, les dejó un poco huérfanos y mencionaban de forma muy especial, al Café Dindurra. Bonet se detuvo a admirar la singularidad de este último. "En casi todas las ciudades españolas hay un café tipo Dindurra, y este es muy especial, porque además es de uno de los grandes arquitectos, hicieron un café absolutamente único, con esa especie de lado casi egipcio".

Pero ¿qué es lo que aglutina a artistas tan dispares a lo largo de un siglo y medio? La respuesta no está en la técnica, sino en la experiencia inmersiva y sensorial de sentir Gijón. La artista Josefina Junco lo verbaliza con claridad: "Disfruto muchísimo de Gijón; y como tengo la costumbre, que voy a mantener, de pasearme mucho tanto por el muro como por el muelle, cada vez me deleito y veo algo nuevo que me gusta y que me hace disfrutar sensorialmente, no solo de lo que contemplo, sino del olor del mar".

Esa asimilación del paisaje se convierte, inevitablemente, en un acto de amor hacia la urbe. "Cuando queremos realmente a esta ciudad, terminamos haciéndonos un poco propietarios de ella", afirma Junco, revelando el verdadero núcleo vital de la exposición. "Nos vamos apropiando de la ciudad al pintarla". Conseguir que siglo y medio de arte hable un mismo idioma bajo un solo techo era el gran reto de esta cita. Frente a la cuestión de cómo se valora haber logrado este complejo montaje y qué supone para Gijón, la concejala de Cultura, Montserrat López Moro, recalca la importancia del hito. "Que hayamos sido capaces de llenar esta sala con distintas obras que puedan dialogar entre sí, no es fácil".

La clave del éxito ha sido confiar en "el mejor comisario que se podía tener, que lleva décadas visitando nuestra ciudad" resumió este jueves Montserrat López Moro durante la inauguración. Tras recordar aquella chispa inicial en el coloquio de la 'Vía Gijonesa', la concejala concluyó celebrando el impacto del proyecto. "Dos años después se ha hecho una realidad y la verdad que estamos enormemente satisfechos porque sabemos que se va a disfrutar mucho hasta septiembre". Y es que gracias a esta exposición, ahora esa historia del arte y del último siglo y medio de Gijón llega para ser contemplada y, sobre todo. sentida.

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