María Estela de Abajo: "El verdadero avance no está en comprar más cosmética, sino en comprar mejor, sabiendo lo que necesita nuestra piel"
"Hemos pasado de no saber qué llevaba una crema a creer que basta con detectar tres ingredientes conocidos para decidir si un producto es bueno o malo"

María Estela de Abajo, directora de Estela Belleza
L. L.
En los últimos años muchas personas, y no me refiero a los profesionales, han empezado a mirar los cosméticos de otra manera. Antes se dejaban llevar, casi sin cuestionarlo, por el envase, el olor, la textura o la promesa escrita en grande en la caja.
Ahora, en cambio, preguntan por activos, buscan ingredientes, comparan fórmulas y quieren saber qué se están poniendo en la piel. Y eso, en principio, es una buena noticia. El problema aparece cuando creemos que leer una etiqueta es lo mismo que entender una fórmula.
Estela Belleza
Porque no, no toda la cosmética es igual. Y no porque una sea de farmacia y otra de perfumería, ni porque una sea cara y otra barata, ni porque una tenga un envase más bonito que otra. La diferencia real, muchas veces, está en aquello que no se ve a simple vista: la calidad de las materias primas, la concentración de los activos, la estabilidad de la fórmula, el vehículo que permite que ese ingrediente llegue donde tiene que llegar y la tecnología que hay detrás para que todo eso funcione.
Un activo cosmético no hace magia solo por aparecer en un INCI, ese listado de ingredientes que llevan los cosméticos y que ahora tantas personas revisan casi como si fuera una quiniela. Que una crema contenga vitamina C, retinol, niacinamida o ácido hialurónico no significa automáticamente que vaya a transformar la piel. Importa cuánto contiene, en qué forma está, si esa forma es estable, si está bien acompañada por otros ingredientes y si la fórmula está pensada para que tenga sentido sobre la piel real de una persona real. Y aquí es donde creo que se ha generado mucha confusión. Las redes sociales han democratizado el acceso a la información, pero también han simplificado demasiado algunos mensajes. Hemos pasado de no saber qué llevaba una crema a creer que basta con detectar tres ingredientes conocidos para decidir si un producto es bueno o malo. Y la cosmética, como casi todo lo serio, no funciona así. Una fórmula cosmética es mucho más que una suma de nombres. Puede tener buenos ingredientes mal combinados, activos interesantes en concentraciones testimoniales o fórmulas muy atractivas en el discurso, pero pobres en eficacia real. También puede ocurrir lo contrario: productos menos llamativos, menos virales o menos "instagrameables" que, sin hacer ruido, están muy bien formulados y cumplen exactamente lo que prometen.
Por eso me preocupa especialmente la cultura del "dupe", esa idea de encontrar "lo mismo, pero más barato" que tanto llama la atención. A veces puede haber alternativas razonables, por supuesto. Pero copiar un color, una textura o mencionar el mismo activo no significa copiar una fórmula. El mismo nombre en una etiqueta no garantiza la misma concentración, la misma pureza, la misma tecnología ni el mismo resultado. Y todavía más delicado es el asunto de las falsificaciones o de las compras en canales poco fiables. Un producto cosmético falso puede no contener lo que declara, puede estar mal conservado o puede incluir sustancias que no deberían estar en contacto con la piel. Y la piel no es un escaparate: es un órgano vivo, con memoria y con límites.
Creo que el verdadero avance no está en comprar más cosmética, sino en comprar mejor. En dejar de perseguir cada activo de moda y empezar a preguntarnos qué necesita realmente nuestra piel. En entender que la innovación no debería ser una palabra bonita en una campaña, sino eficacia demostrada, investigación, formulación seria y resultados coherentes.
Elegir un cosmético con criterio no significa convertirse en químico cosmético sino desconfiar de las promesas demasiado perfectas, de los precios sospechosamente bajos cuando hablamos de productos de alta demanda, de las comparaciones simplistas y de las recomendaciones universales. Y significa, también, pedir ayuda cuando hace falta, preferiblemente a alguien que conozca tu piel. Porque la piel merece ciencia, sí. Pero también merece prudencia y cabeza.
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