Enrique Faes, politólogo y escritor gijonés: "Todavía se ha estudiado muy poco a la policía franquista"
"Ganar el Rodolfo Walsh es especial para mí por venir de mi ciudad, pero también porque es el mejor premio que se da en este país al género de no ficción criminal"

Enrique Faes en el parque de Antonio Ortega en Montevil con su "Rufo" dorado. / Ángel González
Enrique Faes Díaz (Gijón, 1975), periodista y politólogo, es actualmente profesor de Historia Social y del Pensamiento Político en la UNED en Madrid. Desde la semana pasada es, además, ganador del premio Rodolfo Walsh, el galardón de la Semana Negra a la mejor obra de no ficción, por su libro "El agente suizo", en la que cuenta la fuga de capitales en la España de Franco y el caso concreto de Georges Laurent Rivara, un agente de la banca suiza de segunda línea que es descubierto por la policía franquista.
Define su libro como un "thriller financiero". ¿Por qué decidió escribir esta historia como una novela de no ficción?
El componente de "thriller" ya estaba ahí antes de que lo escribiera. La historia ya tenía todas las hechuras, todos los ingredientes que hacen que encaje más en un relato de novela negra de no ficción que en un libro, digamos, "aburrido" de historia, o al menos en un libro de historia al uso. Es como que me asomé a las 20 cajas de ese sumario judicial y casi pude ver con claridad a los personajes del libro que, además, se hubiesen quedado distorsionados en un libro de historia más canónico. El resultado era mucho mejor así. Lo que hice fue una especie de investigación de lo que fue aquella investigación.
¿Cómo llega a este tema?
Una mezcla de azar y tesón. En el transcurso de la investigación de un libro anterior localicé esas cajas del sumario judicial, muy picado por la curiosidad por lo que parecía el mayor escándalo financiero de la primera etapa del franquismo. Tras varias vueltas encontré esas 20 cajas, atestadas todas hasta arriba de documentación, y vi la historia. La documentación ya de por sí era muy rica: se cuenta quién tenía dinero en Suiza, cuánto, qué excusas le dio cada uno al juez para justificar esa evasión, para quién trabajaba y en qué puesto. Era apasionante. Después lo completé consultando otros archivos.
El protagonista es Rivara, un agente financiero que de alguna manera es el "malo" y, a la vez, un pobre hombre. No era el más importante de la trama.
Es el hilo conductor del libro y fue el protagonista, muy a su pesar, del caso. Nunca fue mi voluntad dulcificar ni satanizar al personaje, pero sí quise comprenderle. Y es cierto que se acaba convirtiendo en el chivo expiatorio de algo mucho más amplio. Esta no es solo la historia del castigo a un agente comercial de la banca suiza que entra a España a hacer cosas que eran ilegales aquí pero legales en Suiza, sino que además es una ventana muy útil para intentar comprender qué se cocía en ese momento en la policía franquista, en los juzgados de la dictadura, en las pugnas políticas por el control del régimen.
Los defraudadores aparecieron en un BOE identificados a la perfección.
Es lo que le da un poco de carácter inédito al caso. En 1959, uno abre un ejemplar del BOE en marzo y se encuentra con seis o siete páginas llenas de nombres de ciudadanos y ciudadanas que tienen dinero en Suiza ilegalmente. Imaginemos eso hoy. Ese listado además sale cuando ya han sido juzgados. Salen los 369 culpables señalados por la dictadura como evasores de capital. Es una cartera de segunda línea, de segundo valor, pero aun así aparece gente muy relevante: grandes empresarios del textil catalanes, financieros madrileños, viejos falangistas de primera línea, incluso el jefe del Tribunal de Cuentas de la dictadura. ¿Y quién está detrás de esa publicación? Falange, en aquel momento muy molesta por haber sido expulsada de la sala de máquinas de la dictadura, ve en este caso una oportunidad de oro para meterles el dedo en el ojo a los llamados tecnócratas. Una de las tesis del libro, para mi sorpresa, es que Falange está bastante viva en estos momentos, que cuando se la daba prácticamente por muerta o, como mínimo, aletargada.
La policía franquista tuvo el aliciente de ganar el diez por ciento del dinero recuperado. ¿Esto se sabía?
Es un dato apenas conocido, creo que al menos en parte porque todavía se ha estudiado muy poco a la policía franquista. Esa recompensa tengo la sensación de que existía ya antes de este caso, pero que quizás no se aplicaba muy a menudo. Esta vez la cantidad que se interviene es muy sustanciosa: 240 millones de pesetas de la época de los que se ingresan una cuarta parte. Y al final, como hormiguitas, un comisario y sus dos inspectores se embolsan unos seis millones de pesetas, cheque a cheque. Era una fortuna en la época.
Comentó en la Semana Negra que esta historia también rompe con el relato franquista de que la fuga de capitales se cometía por el miedo ciudadano a la izquierda. ¿Por qué?
Sí. Cuando le preguntaban a Franco él decía que el dinero se había ido sobre todo en los años 30 por el temor a que llegaran los rojos. Y no fue así: he reconstruido uno por uno el momento en el que se abren las cuentas y, con mucha diferencia, es al franquismo al que se le está escapando dinero a espuerta, particularmente a partir de los años 50. ¿Por qué? Porque se reactivan los flujos de la economía internacional tras la Segunda Guerra Mundial y los capitales se van, no por nada especial, sino por una explicación viejísima: ambición, necesidad personal o ambas cosas.
¿Presta más ganar un "Rufo" dorado siendo gijonés? Lo recibió proclamando que era de Pumarín y que era su premio "top".
No sé ni qué decir. Para mí esto muy especial por dos cuestiones. La primera, sí, por recibirlo en mi ciudad, pero también porque creo que este es el premio más prestigioso que se da en este país al género de no ficción criminal. Y también, en un plano más personal, el premio significa mucho porque lo escribí en unas circunstancias difíciles. La historia estuvo tiempo en un cajón porque pensé que nunca la podría terminar. Acabó saliendo gracias al apoyo de unas pocas personas que ya saben quién son. Este momento es un poco Concha Velasco, pero es verdad: estoy muy agradecido y muy emocionado. Y creo que de paso rompemos el tópico de que nadie es profeta en su tierra. Que está bien también.
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