Gijón estalla con la segunda estrella de España: "¡Cómo hemos sufrido!"
La ciudad se echa a las calles para celebrar que España es campeona del mundo ante Argentina

LNE
Enrique Pecker
Gijón se vistió es domingo de rojo y amarillo desde primera hora de la mañana y acabó entregada a una celebración que se prolongó durante la madrugada. España volvió a proclamarse campeona del mundo después de una final agónica ante Argentina y la ciudad, que había aguardado el partido entre camisetas, banderas y bufandas, estalló de alegría con el gol de Ferran en la prórroga y, definitivamente, con el pitido final. Costó, se sufrió, pero mereció la pena: dieciséis años después de la gesta de Sudáfrica, la selección conquistó su segunda estrella.
La cuenta atrás había comenzado muchas horas antes. A las siete de la tarde, cuando todavía faltaban dos horas para que el balón echase a rodar, el parque de los Hermanos Castro ya era un hervidero de aficionados. Centenares de personas buscaban sitio en la zona habilitada para seguir el encuentro, mientras la expectación crecía a cada minuto ante la posibilidad de asistir a una nueva página de la historia del fútbol español.
El ambiente se extendió mucho más allá de la zona de aficionados.
Todo el paseo de San Lorenzo se convirtió en una marea de banderas rojigualdas, una "mareona" teñida esta vez con los colores de España. Familias enteras, grupos de amigos y niños vestidos con la camiseta de la selección compartieron los nervios y la ilusión de una tarde que, como esperaban, acabó quedando para el recuerdo.
Entre los aficionados destacaba Paula González, a quien apenas se le veía el rostro. Cerca de doscientas pequeñas perlas rojas y amarillas, colocadas una a una sobre la piel, cubrían su cara. "Me llevó unos diez minutos ponerlas todas", explicaba orgullosa mientras posaba para las fotografías, convertida en uno de los personajes más llamativos de la previa.
La imaginación también hizo acto de presencia en el atuendo de Yara Martínez. "Bajé al bazar chino a comprar tatuajes de España. A ver cómo me los quito luego", bromeaba mientras enseñaba los dibujos repartidos por los brazos y las mejillas.
Más complicado lo tenía Benjamín Peralta. Nacido en Mendoza, Argentina, llegó a Gijón en 2008, cuando sus padres se trasladaron a Asturias para trabajar como dentistas. A sus 28 años, afrontaba la final con sentimientos encontrados. "Tengo el corazón dividido, por eso vengo de negro, para no decantarme por nadie", contaba entre risas. Había encontrado, no obstante, una solución práctica: "Luego me pondré la camiseta del que gane". Acabó tocándole vestir la de España.
Entre tanto rojo también había algún despistado. Óscar Tejero apareció con la camiseta del Racing de Santander en lugar de la de la selección. "No tengo la de España", admitía sonriente, aunque rápidamente encontraba una explicación: "Pero los del Racing somos muy españoles".
La ciudad ya había hecho su parte mucho antes del pitido inicial. Gijón respiraba fútbol, esperanza y confianza en que aquella marea rojigualda terminase celebrando una nueva estrella. Después llegaron el partido, la tensión y el sufrimiento. La igualdad llevó la final hasta una prórroga en la que el gol de Ferrán desató el primer gran estallido de la noche.
Uno de los epicentros de la alegría estuvo en los bajos de El Molinón. La zona, habitual punto de encuentro para seguir los partidos importantes del Sporting cuando juega lejos de casa, se había consolidado durante el Mundial como uno de los grandes lugares de reunión de los seguidores de la selección. Allí, centenares de gijoneses, jóvenes y no tan jóvenes, celebraron el gol que acercaba el título. La explosión fue aún mayor cuando el árbitro señaló el final.
Gijón entera salió entonces a celebrar que España volvía a ser campeona del mundo. Como en 2010, aunque esta vez el héroe no fue Iniesta, sino Ferrán. Los aficionados se abrazaron, saltaron y agitaron sus banderas mientras las sirenas, los cláxones de los coches y las bocinas ponían la banda sonora a una ciudad volcada con la selección.
La celebración se extendió rápidamente desde El Molinón hacia el resto de las calles. Miles de personas prolongaron la fiesta durante la noche, y no faltaron los baños en las fuentes públicas, como la de la plaza del Marqués, ni quienes se atrevieron a meterse en el agua de San Lorenzo. La ocasión lo merecía. España era campeona del mundo otra vez y Gijón estaba dispuesta a festejarlo hasta que saliese el sol.
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