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Nicanor Piñole plasmó en óleo la primera moda futbolística: con una camiseta que parecía más bien una camisa, pantalones hasta la rodilla y botas altas y de cuero

Entre la fotografía de la Familia Real uniformada de blanco roto con la segunda equipación de España en el Mundial, exitosa y agotada, y la elegancia británica de los jugadores de principios del XX hay una revolución estética y sobre todo tecnológica en las prendas, y una transformación de los deportistas en iconos de estilo

Cuadro de Nicanor Piñole de su primo Eduardo Prendes, futbolista

Cuadro de Nicanor Piñole de su primo Eduardo Prendes, futbolista / LNE

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Luis Alberto Fernández

Luis Alberto Fernández

Hay retratos que trascienden al personaje para convertirse en el testimonio de una época. El óleo que Nicanor Piñole pintó a su primo Eduardo Prendes (h. 1907) pertenece a esa categoría. A primera vista, vemos simplemente a un joven futbolista; sin embargo, si afinamos la mirada, descubrimos un sensacional documento sobre la historia de la moda deportiva. Conviene recordar quién era aquel muchacho... Eduardo Prendes cursó sus estudios en Inglaterra, donde se familiarizó con un juego que comenzaba a practicarse bajo las reglas aprobadas por la Football Association en 1863. A su regreso a Asturias se convirtió en uno de los introductores del fútbol en la región y participó en la fundación del Gijón Sport Club (1902).

Piñole creyó retratar a un pariente aficionado a aquel deporte. Sin proponérselo, inmortalizó el momento en que el fútbol aún conservaba la impronta de los rígidos colegios británicos y de la sastrería tradicional, mucho antes de convertirse en la mayor industria del espectáculo del planeta. Ahora que un nuevo Mundial volvió a monopolizar conversaciones y pantallas, este cuadro del Museo Nicanor Piñole adquiere una inesperada actualidad. Basta detenerse en un detalle casi insignificante: el cuello de la camiseta. Hoy nos parecería una extravagancia que un futbolista saltara al campo con una prenda que recuerda más a una camisa que a una equipación deportiva, pero durante décadas fue exactamente así.

El fútbol tal como hoy lo conocemos nació en la Inglaterra victoriana (1837-1901) y heredó buena parte de la estética de las Public Schools, aquellas exclusivas escuelas-internados donde, según el profesor Timothy J. Aston, "los chicos de familias adineradas recibían una educación no solo intelectual, sino también un riguroso entrenamiento físico" (Estudios sobre educación, patrimonio y creatividad. Dykinson. Madrid, 2024). De ahí que la indumentaria de los primeros futbolistas reflejara los valores de disciplina, respeto y pertenencia propios de estos centros: las camisetas incorporaban cuellos, botones o cordones; los pantalones descendían hasta la rodilla; y las medias eran muy gruesas. Más que ropa deportiva, aquellas prendas parecían adaptaciones de la vestimenta civil al ejercicio físico, conservando la elegancia británica de los orígenes del fútbol. Así se aprecia tanto en el comentado retrato de Prendes, como en la fotografía que Constantino Suárez realizó al Club Sporting de Gijón en el campo de La Electra en 1926 y en otra del Real Oviedo tomada por Foto Lena en 1933 (ambas pertenecientes a los fondos fotográficos del Muséu del Pueblu d’Asturies).

Piñole plasmó en óleo la estampa de la primera moda futbolística

Una camiseta de España del Mundial 2026 / LNE

En estos casos no encontramos todavía una equipación concebida desde criterios técnicos o industriales, sino piezas textiles que bien podrían haber salido del taller de un sastre.

Esta ropa, confeccionada con lana o algodón pesado, era muy resistente, pero muy incómoda. Bajo la lluvia absorbía el agua hasta duplicar su peso. Las botas, por su parte, poco tenían que ver con el calzado ultraligero de los tiempos presentes. Eran similares a las de trabajo: de cuero grueso, con puntera reforzada y suelas claveteadas capaces de soportar terrenos embarrados. Esta forma de vestir respondía a una concepción del fútbol muy distinta de la contemporánea. La indumentaria no se diseñaba para optimizar el rendimiento del jugador, sino para representar al club y reforzar su identidad. Los colores permitían identificar de inmediato a cada equipo y la camiseta convertía al jugador en miembro de una colectividad.

Paradójicamente, este principio continúa vigente mientras convive con una exaltación sin precedentes del individuo. El diseño sigue identificando a un club o a una selección nacional, pero cada futbolista lo personaliza: mangas remangadas, medias caídas, vendajes de colores, peinados cuidadosamente diseñados…

Piñole plasmó en óleo la estampa de la primera moda futbolística

Una camiseta de la selección de Argentina del Mundial de 1986 / LNE

La gran revolución no fue una transformación estética, sino tecnológica. La lana y el algodón dieron paso a fibras sintéticas capaces de favorecer la transpiración, regular la temperatura corporal, reducir el peso de la prenda y soportar enormes esfuerzos de tracción. El poliéster domina en la fabricación de las camisetas por su ligereza y resistencia, el elastano aporta elasticidad para soportar los continuos agarrones propios del juego, mientras que materiales derivados del poliuretano permiten aplicar dorsales, nombres y logotipos sin apenas incrementar el peso del conjunto.

La evolución técnica vino acompañada de una nueva realidad económica. Durante buena parte del siglo XX las camisetas eran sorprendentemente austeras. Hoy, en cambio, constituyen uno de los soportes publicitarios más valiosos del deporte y una de las principales fuentes de ingresos de clubs y federaciones. Al mismo tiempo, han trascendido su función deportiva para convertirse en objetos de consumo y de afirmación colectiva. Se compran para lucirlas en la calle, para coleccionarlas o para expresar identidad; esa "pertenencia de nación" de la que habla el sociólogo y filósofo Gilles Lipovetsky (El imperio de lo efímero. Anagrama. Barcelona, 1990). Nacieron para competir y ahora forman parte del guardarropa cotidiano de muchas personas que nunca han disputado un partido. Han abandonado el estadio para entrar en las pasarelas, los museos y las exposiciones de diseño.

Piñole plasmó en óleo la estampa de la primera moda futbolística

Piñole plasmó en óleo la estampa de la primera moda futbolística

Durante décadas la alta costura contempló la ropa deportiva con cierta condescendencia, como un territorio ajeno al refinamiento. En la actualidad, las grandes firmas compiten por vestir a futbolistas y selecciones nacionales, conscientes de que pocos referentes poseen una influencia comparable a Cristiano Ronaldo, Lionel Messi... Las colaboraciones entre marcas deportivas y casas de lujo se multiplican, las equipaciones retro alcanzan precios extraordinarios en el mercado del coleccionismo y determinadas camisetas se convierten en auténticos objetos de culto (por ejemplo, la exitosa y agotada camiseta en blanco roto de la segunda equipación de España 2026).

Piñole plasmó en óleo la estampa de la primera moda futbolística

Piñole plasmó en óleo la estampa de la primera moda futbolística

Los propios futbolistas han dejado de ser únicamente deportistas para transformarse en iconos de estilo: Kylian Mbappé protagoniza campañas para Dior; David Beckham continúa siendo uno de los rostros de Boss; Robert Lewandowski es imagen de Mackage; y Lamine Yamal se ha convertido en embajador de American Eagle. Las firmas de moda ya no buscan únicamente la belleza, sino también la influencia y una capacidad de comunicación que ningún otro fenómeno cultural posee hoy con semejante intensidad.

Quizá por eso el retrato de Eduardo Prendes posee un valor que trasciende el deporte. Piñole no solo inmortalizó a uno de los pioneros del fútbol asturiano. Sobre aquel lienzo quedó fijado el nacimiento de una camiseta en la que aún convivían la educación victoriana, la sastrería artesanal y el ideal amateur del deporte. Más de un siglo después, esa misma camiseta mueve fortunas, inspira colecciones de lujo y convierte a los futbolistas en los referentes estéticos de nuestro tiempo. Piñole terminó legándonos a todos los asturianos uno de los primeros retratos de la moda futbolística.

Luis Alberto Fernández González es doctor en Historia del Arte y experto en moda

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