Las joyas de Jovellanos
Tres cofres y un cajón de libros y papeles fue lo que el prócer llevaba en su vuelta a Asturias después de que los miembros de la Junta Central fuesen perseguidos, insultados y amenazados de muerte

Vista de la estatua de Jovellanos en la plaza del Seis de Agosto. | MARCOS LEÓN
Cuando don Gaspar fue nombrado embajador en Rusia, el clero de la villa le ofreció 1.500 reales para que dispusiera de ellos y dispuso que los entregasen a los necesitados. Y se llenó su casa de pretendientes a decenas y recomendaciones a millares y, entre todos, un amigo, José de la Pola, le ofreció una caja de brillantes. Jovellanos fue rotundo: "No lo admití", dirá; y era tan solo el regalo de un amigo.
Años después, al cesar como miembro de la Junta Central, él, que había renunciado en su día a los brillantes, será infamado como sospechoso, junto a sus compañeros, de malversación de fondos públicos: "hechos de tan abominable y asquerosa fealdad –dirá–, que, a ser ciertos, dejarían impresa en los nombres de sus autores una de aquellas eternas manchas, que según la frase de Cicerón: ‘ni se pueden desvanecer con el largo curso del tiempo, ni lavarse con todas las aguas de los ríos’".
El pueblo creyó las calumnias porque tenía a la vista los abusos cometidos en el anterior reinado por Godoy, que Jovellanos resumirá en su memoria en defensa de la Junta Central: "La esponja de Godoy chupó, en el anterior reinado, la espantosa porción de la fortuna pública que todos saben, y que, por desgracia, se nos escapó con este insigne ladrón". Y añade: "logró, a fuerza de reducciones de vales, misteriosas negociaciones, vergonzosos agiotajes y escandalosos monipodios, allegar aquel inmenso tesoro, que después de cebar su insaciable codicia, debía servir al esplendor y apoyo de su soñado reino algárbico". (Napoleón le había prometido hacerle rey de la Algarbe).
Los miembros de la Junta Central fueron perseguidos, insultados y amenazados de muerte. Y estando embarcados en Cádiz a punto de partir a sus lugares de origen, se hizo correr la voz de que conducían en sus baúles gruesas cantidades de dinero y alhajas de valor. Se les retiraron los pasaportes, se les mandó desembarcar y se registraron sus maletas. El registro fue público porque así lo pidieron los centrales para que se viera a todas luces su inocencia.
De esta bochornosa situación se libró Jovellanos porque aprovechando que iba a partir un barco en busca del obispo de Orense, que había sido nombrado para presidir la Regencia, resolvió partir en él hasta Galicia para desde allí dirigirse a Asturias, y pidió y obtuvo el correspondiente permiso para embarcarse junto con su viejo amigo y secretario, Acevedo Villarroel, y el marqués de Camposagrado con su familia.
Pero llegaron a Muros de Noya. Allí, volviendo Jovellanos de la iglesia colegial, donde, convidado por el Ayuntamiento, había concurrido a la misa y procesión de rogativa pública, con que se imploraba la asistencia del Altísimo en favor de nuestras armas, se presentó en su casa el coronel Juan Felipe Osorio, que había entrado en secreto la noche anterior en la ría acompañado de un hombre que luego se supo que era escribano real, acompañados ambos de un asesor y de una escolta de tropa. Les pidió el pasaporte. Jovellanos dijo que estaba dispuesto a mostrar el suyo que le había sido dado por la Regencia del Reino. Insistió el coronel en que la orden que traía era la de recogerlos no la de revisarlos. Y Jovellanos y Camposagrado se los entregaron. De no haberlo hecho, Osorio tenía orden de encarcelarlos.
Por la tarde volvió Osorio a cumplir la otra parte de su comisión: recoger y revisar todos los papeles que llevasen. A Jovellanos la privación del pasaporte no le importaba, porque iba de regreso a casa y no lo necesitaba, pero entregar sus papeles, sus escritos, eso le dolió: "le declaramos con la más decidida resolución que no los queríamos entregar, y que pues sólo la viva fuerza armada podría arrancárnoslos, obrase como le pareciese". Consultó el coronel a sus comitentes y habiendo en la Junta Superior de Galicia personas que Jovellanos califica "de noble y distinguido carácter" se les devolvieron los pasaportes, y además no fueron revisados los equipajes.
Pero ¿qué hubieran encontrado en los tres cofres y un cajón de libros y papeles que formaban el equipaje de Jovellanos de ser abiertos y examinados? ¿Hubieran encontrado en él joyas y dinero? Desde luego que sí. En dinero, 12.000 reales de vellón que le había prestado su criado Domingo García de la Fuente por no tener dinero para el viaje: "habiendo yo resuelto restituirme a mi casa y hallándome sin los medios necesarios para costear mi viaje hasta Gijón, el dicho don Domingo tuvo la generosidad de prestarme doce mil reales de vellón que tenía ahorrados de sus salarios". Más adelante cuando el criado se vio sin empleo Jovellanos le regalará la finca de Las Figares en el terreno que hoy ocupan las calles Álvarez Garaya, Libertad y Asturias.
Y hubieran encontrado también objetos de oro y plata, como sus veneras, sus cubiertos, objetos todos de uso personal y una escribanía de plata que había comprado en Mallorca, la escribanía con la que el Rey Alfonso XII firmará el decreto aboliendo la esclavitud en todos los reinos de España. Y también encontrarían un rosario de plata y objetos más sagrados aún: un cáliz y una patena con su cucharilla, cáliz y patena que Jovino conservaba muy probablemente por haber servido para alimentarlo y fortalecerlo en días tan ayunos cuando decía misa en el castillo de Bellver su amigo Ignacio Bás y Bauzá, beneficiado de la catedral de Mallorca.
Para limpiar el buen nombre de aquellos patriotas y el suyo propio escribió su "Memoria en defensa de la Junta Central" donde al hacer balance de aquellos sucesos escribirá: "Cuando me hallo tan cercano a la edad que señala un término infalible a la vida del hombre; cuando estoy pobre y desvalido, y sin hogar ni protección en mi misma patria, ¿qué me queda que desear, después de su gloria y su libertad, sino morir con el buen nombre que procuré adquirir en ella?"
Y ¡qué nombre! ¡Un nombre inmortal!
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