El piano relaja el bullicio del Paseo de Begoña con una jornada de piezas clásicas: "La música está demasiado encerrada en los conservatorios"
El quiosco gijonés acogió un recital al aire libre que acercó las composiciones a locales y visitantes

Una de las jóvenes intérpretes saluda al público en Begoña. | MARCOS LEÓN
Álex Redruello
El emblemático quiosco de la música del Paseo de Begoña gijonés cambió ayer su estampa habitual para convertirse en un auditorio sin paredes ni taquillas y con una banda sonora poco común para un parque infantil en una tarde de verano. La que puso el maratón del Festival Internacional de Piano, demostrando que la música clásica no necesita de butacas de terciopelo para emocionar.
Entre el ir y venir de patinetes, compras y paseantes, en torno al quiosco hay una suspensión mágica del tiempo y un silencio respetuoso se impone entre los presentes, desde los incondicionales que revisan el programa hasta los que frenan su paseo atrapados por la melodía. Para los músicos, abandonar la acústica perfecta de un teatro supone un desafío técnico y de concentración absoluto. Dana Peláez, recién graduada tras seis años en el conservatorio, afronta la exigencia del directo urbano interpretando piezas de estilo barroco, clásico y romántico. "Hay que tener la mente fría y centrarte en lo que estás tocando, porque sí que es verdad que cambia bastante la experiencia de tocar en un auditorio cerrado, con un público silencioso, que con todo el ruido".
A pesar del reto acústico que supone el ruido y las distracciones de fondo, la pianista abraza la oportunidad de acercar su repertorio al gran público: "Lo llevo con nerviosismo, pero con mucho entusiasmo también porque es una experiencia muy emocionante que no se vive todos los días; hay que aprovecharla", aseguraba.
Miguel Ángel Domínguez es un aficionado al piano que lleva 15 años acudiendo fielmente a esta cita. Y organiza su día en torno a las diez horas ininterrumpidas de recital: "Vengo a ver lo que se puede porque, claro, son muchas horas; entonces vienes una hora, descansas media, luego vuelves otra...". Para él, el ambiente que se genera bajo los árboles de Begoña es inigualable. "Es un lujo para la ciudad de Gijón tener esto; muy pocas ciudades de España pueden disfrutar de este privilegio; la atmósfera es muy tranquila, muy relajante. La gente que hay presta mucha atención, piensa que estamos en un sitio al aire libre y es magnífico".
Esta misma fascinación la comparte Bea Meana, quien se estrena este año como espectadora atraída por la curiosidad de "ver quién toca y cómo lo hace y a disfrutar de la obra". Para ella, el impacto visual y social de la propuesta es indudable: "Me agrada que esté aquí en plena calle, que se comparta con todo el público, el que pasea, el que se sienta... Me parece algo impresionante, creo que la música clásica debe ser para todo el mundo y esto lo facilita".
El gran triunfo del maratón reside precisamente en su capacidad para derribar prejuicios de elitismo. Conchi Otero, otra gijonesa habitual del festival, pone el foco en la necesidad de "que la música salga a la calle porque está muy encerrada en los conservatorios y parece que es solamente para una determinada gente, y es para todo el mundo".
Lejos de molestarle el bullicio urbano, Otero encuentra en el dinamismo del paseo la verdadera esencia de esta jornada, una escena viva y en constante movimiento. "A mí me gusta mucho, porque es que la calle le da un toque: los niños pasando, jugando con el patinete, gente que se queda, gente que se va rápido, mola mucho. La gente tiene que tener un poco de paciencia y pararse un poco, sentarse y escuchar, porque la música llega al sentimiento".
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