Un arrollador Roca Rey desata la locura en El Bibio en otra tarde de gran entrada en los tendidos
El diestro peruano pasea tres orejas de un extraordinario lote dentro de una notable corrida de la familia Fraile
Alejandro Talavante, a medio gas, y Juan Ortega, en tarde de detalles, cortan un trofeo

Marcos León
4ª de feria.
Corrida de toros. Más de tres cuartos de entrada en tarde nublada. Se han lidiado dos toros del Puerto de San Lorenzo (1° y 6°) y cuatro de La Ventana del Puerto. Bien presentados, parejos de hechuras y de muy buen juego en líneas generales a excepción del deslucido 5°. Destacó el encastado 6º y el 3º, mansito con buen fondo. Enclasados 1º, 2º y 4º. Alejandro Talavante (nazareno y oro): Estocada corta y descabello (ovación). Estocada (oreja). Juan Ortega (celeste y oro): pinchazo y estocada contraria (ovación con saludos). Estocada (oreja). Roca Rey (blanco y plata): pinchazo y estocada desprendida (dos orejas). Pinchazo y estocada desprendida (oreja). Incidencias: se desmonteró Fernando Sánchez tras banderillear al tercero y debió hacerlo Agustín de Espartinas.
El día después del pasmo por Morante y Aguado, El Bibio volvió a registrar una gran entrada al reclamo de Roca Rey, el otro mandón del toreo actual. El huracán peruano dejó satisfecho a un público entregado desde el principio que pasó con facilidad, en apenas una tarde, del clasicismo del toreo al tremendismo. Como comparar la luminosidad de la Noche de los Fuegos el día de Begoña con el humo del Restallón. Un derroche de entrega, nadie lo duda, para arrancar tres orejas de un extraordinario lote de la familia Fraile, que reeditó sus éxitos en Gijón con una corrida más que notable a la que un Alejandro Talavante a medio gas y los detalles de Juan Ortega cortaron un trofeo cada uno.
Roca Rey llegó con el cuchillo en la boca. Su mansito primero, de La Ventana, carbonero de pelo, sacó un fondo para torearlo a placer. Mucha clase. Arrollador fue el inicio de hinojos en el centro del ruedo. Péndulos, arrucinas y capetillinas pusieron la plaza boca abajo. Muy de verdad, el mejor Roca Rey, que una vez recuperada la verticalidad repitió el guion exacto de su tauromaquia de siempre. La locura en los tendidos con los circulares invertidos, pasándoselo de un sitio a otro, por el izquierdo, el derecho y viceversa a un ritmo vertiginoso antes de pegarse el arrimón entre los pitones que tanto gusta y tan poco dice. Un pinchazo, una estocada desprendida y la plaza blanca de pañuelos. Pues vale.
Volvió a salir a revienta calderas en el sexto, del Puerto de San Lorenzo, muy en línea de su procedencia Lisardo, tanto por hechuras como por su abanta salida. Empujó de verdad en el peto y resultó el más encastado de la tarde. Tanto que no siempre encontró el mando en la muleta. Varios desarmes no empañaron la mejor versión de la tarde de Roca Rey, especialmente en el toreo en redondo, sabiendo someter la emotiva embestida de su oponente, que siempre fue a más. Como la poderosa franela del diestro peruano. Hubo verdad y profundidad por ambos pitones. Ahora sí. Las dos orejas eran incontestables, pero un pinchazo dejó el premio en un trofeo.
Fue la corrida del Puerto de San Lorenzo y La Ventana una oportunidad perfecta para que tanto Talavante como Ortega acompañasen en hombros a Roca Rey. El extremeño no terminó de entregarse, ni en un primero de clase superlativa, ni con el repetidor cuarto. El abreplaza, que blandeó, tuvo mejores inicios que finales, pero Talavante nunca llegó a templarse ni a creer de verdad. Cortó una oreja al cuarto, que soltaba la cara a falta de una muleta que lo sometiera por abajo humillado, con tandas de mayor limpieza al natural en una labor que no terminó de explotar como debiera.
El mejor toreo de capa de la tarde llevó el sello inconfundible de Juan Ortega, que el pasado año reventó El Bibio. A su primero, lo toreó a la verónica con empaque y suavidad, especialmente en el pinturero galleo por chicuelinas que reveló el gran pitón izquierdo del toro. Por el derecho arrollaba. Sentado en el estribo, el trianero buscó el temple, con naturales desmayados en una labor que no siempre tuvo la limpieza precisa. A últimas también logró embarcarlo por el derecho gracias a su noble condición. Todo se evaporó con la espada.
El quinto, el único castaño del festejo, bonito y con los pitones por delante, fue el más deslucido. Lo había recibido de nuevo a la verónica con tres medias con olores del Guadalquivir. Hubo un cariñoso brindis a la familia Fanjul, en recuerdo del añorado Edu, siempre dispuesto a defender la tauromaquia desde su peña El Colonial. Poco a poco, Ortega fue ahormando la embestida para dejar detalles sueltos con su gusto y personalidad. Unas giraldillas para cuadrar al toro elevaron el tono de la faena. Un volapié incontestable valía por sí solo una oreja. Al caer la noche, Roca Rey se iba en volandas en una tarde en la que el público volvió a salir encantado, pero comentando aún la tarde de Morante y Aguado.
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