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La Feria de Muestras, una tradición que nunca se jubila: así viven la cita los más veteranos

Los visitantes más mayores, algunos de los cuales fueron de niños y ahora van con sus nietos, aplauden el evento: "Siempre volvemos"

La Feria de Muestras, una tradición que no se jubila

Vídeo: Demi Taneva | Foto: Marcos León

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Demi Taneva

Demi Taneva

Gijón

Llega agosto, abre la Feria Internacional de Muestras de Asturias y, como si el calendario tuviera una cita marcada en rojo, vuelven los mismos visitantes. Algunos llevan décadas recorriendo los pabellones; otros heredaron la costumbre de sus padres y ahora la repiten con sus propios hijos o nietos. La FIDMA cambia de stands, incorpora tecnología y suma propuestas, pero conserva algo que permanece intacto: la costumbre de pasar el día entero en la feria.

Aurora Muñiz y Luis Enrique Bustamante son un buen ejemplo. Llevan tantos años acudiendo que ya han perdido la cuenta. Ella recuerda que comenzó a ir de joven, mientras que él guarda el recuerdo de las visitas de pequeño junto a sus padres. "Más o menos como siempre", resumen al hablar de la feria actual. Siempre hay algo nuevo, admiten, pero también esa sensación de saber qué se van a encontrar.

De niño, Bustamante no reparaba tanto en los coches, la tecnología o los diferentes productos de los expositores. "Te fijabas en otras cosas", recuerda. Con los años han cambiado los intereses, pero no el ritual: recorrer los pabellones, pasar el día y terminar comiendo el clásico bocadillo de calamares. Ese carácter repetitivo es precisamente parte del atractivo. La feria se convierte en una tradición porque, en el fondo, cada año se parece un poco al anterior.

Conchi Martino y Severino Montes también han convertido la FIDMA en una cita prácticamente obligada. "Venimos todos los años y siempre decimos que va a ser el último. Pero al final repetimos", cuentan entre risas. Ella ha podido comprobar cómo ha evolucionado el recinto desde que comenzó a acudir. Han desaparecido empresas y han aparecido otras nuevas, pero el plan sigue siendo parecido: "Dar una vuelta, cansar un poco y luego comer algo por ahí".

Incluso recuerdan cómo la feria sirvió en una ocasión para calmar a su hijo cuando apenas tenía un mes. "Con el bullicio que había no lloraba, así que vinimos varias veces ese año", recuerdan. Para ellos, además, la FIDMA tiene algo de reencuentro. Año tras año vuelven a decir que no regresarán y año tras año terminan allí. "Pues aquí estamos", resumen.

De padres a hijos

José Antonio Freije también sitúa sus primeros recuerdos en la infancia. Empezó a acudir con sus padres y calcula que, al menos desde los 15 años, la feria forma parte de sus veranos. No todos los años ha acudido, pero sí "casi". La experiencia, dice, no ha cambiado demasiado: "Comer el bocadillo de calamares" y recorrer los stands siguen formando parte de la jornada. Begoña González, que le acompaña, recuerda que empezó a ir todavía antes, cuando la feria era "mucho más pequeña".

Aquellas primeras visitas eran, sobre todo, agotadoras. "Te llevaban por toda la feria, porque había que verlo todo", recuerda González. A pesar de ello, la tradición se ha mantenido. Freije también recuerda especialmente sus primeras visitas, hacia 1979. Desde entonces ha visto crecer el recinto y cambiar su público. "Hay mucho más movimiento de gente que antes", señala.

Isabel Llorente y María Jesús Menéndez representan otra versión de esa tradición. Isabel lleva más de quince años acudiendo, mientras que María Jesús recuerda sus visitas "desde siempre", cuando todavía era una niña y acudía con sus padres. Para Menéndez, hay una frase que resume el vínculo con la feria: "Si no vengo a la feria todos los años, parece que no pase el verano".

Reconoce que el recinto ha cambiado al ritmo de los tiempos y que ahora la robótica y las nuevas tecnologías tienen un peso que antes no existía. Pero el plan sigue siendo reconocible: caminar entre los stands, descubrir novedades y pasar el día. Y no siempre hace falta hacerlo todo de una vez. Menéndez es de las que repite visita varias veces durante la feria porque “siempre queda algo por ver”. Incluso prefiere acudir sola en algunas ocasiones para recorrer los pabellones a su aire y detenerse en aquello que realmente le interesa. "Me divierto mucho, lo paso como una cría", admite.

Cincuenta años entre generaciones

La imagen más representativa de esa continuidad la forman Manuel Bermúdez, de 71 años, y su nieto Iyán Fernández, de diez. Dos generaciones separadas por más de seis décadas que llegan juntas a la feria. Bermúdez calcula que su primera visita se remonta a hace más de 50 años. Entonces, acudir a la FIDMA era casi "ir de fiesta". Recuerda las entradas que se conseguían en la antigua Caja de Ahorros y a las familias esperando el momento para acercarse al recinto.

Desde entonces, dice, la feria "cambió mucho". Hay más propuestas, más ambiente y más cosas que ver. Pero el fondo permanece: "Venir, comer, pasar el día". Su nieto está viviendo ahora una experiencia parecida a la que él tuvo medio siglo atrás. Fernández disfruta recorriendo los stands con su familia y visitando todo lo posible antes de terminar la jornada. ¿La feria de antes o la de ahora? Bermúdez no duda demasiado: "Va con los tiempos. Antes era lo máximo y ahora también".

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