Los bares-tienda se reinventan: Alfredo, Marbeli y Marieta "dan vida" a la zona rural de Gijón
El negocio clásico de hostelería y comercio, ya casi desaparecido en el concejo, da el relevo a pequeños bares y tiendas de proximidad que buscan la "esencia" de antaño: "Era otra época, muy buena, pero hay que avanzar"

VÍDEO: Demi Taneva / FOTO: Luisma Murias

Hubo un tiempo en el que para hacer la compra, tomar un vino, echar una partida o enterarse de las novedades del pueblo bastaba con entrar por una misma puerta. Los bares-tienda, claves para el pequeño comercio en las parroquias asturianas y para muchas aldeas uno de los únicos puntos de encuentro para encontrarse con sus vecinos, son ya hoy una tradición que empieza a sonar lejana en Gijón. La tienda de pueblo sobrevive en algunos puntos, pero el modelo que unía comercio y bar apenas resiste, en parte por el cambio en los hábitos de consumo y en parte porque la rentabilidad de este tipo de negocios ya no está hoy tan asegurada. Pese a ello, y además del histórico Casa Camín en Lavandera, en Monteana y Huerces siguen abriendo su persiana pequeños negocios locales que, con modelos más adaptados a la demanda de hoy, toman el relevo del bar-tienda tradicional.
Alfredo Rodríguez creció entre las paredes de lo que durante décadas fue el Bar-Tienda Cañaveral, en Monteana. Su familia está vinculada al establecimiento desde hace más de un siglo. "Mi bisabuelo compró por aquí una tiendina y aquello era tienda, estanco y bar. Era de 1900, o sea, tiene ciento y pico años", cuenta. Allí se vendía prácticamente de todo. "Los guajes venían a comprar sus chuches y los mayores hacían la compra". Su abuela incluso tenía un nombre para aquel pequeño comercio, "La tienda de los olvidos", porque muchos vecinos acudían durante la semana a por aquello que se les había olvidado comprar en su escapada al mercado. El bar era además un espacio de reunión. "Había aquí un equipo de fútbol, tertulias… Era diferente, era otra historia", recuerda Rodríguez. Las partidas podían alargarse durante horas y algunas noches se convertían directamente en madrugada.
También recuerda las primeras televisiones como un acontecimiento que congregaba a los vecinos. Pero quizá la imagen que mejor resume aquella época sea la de su madre levantándose de madrugada para preparar comida a quienes todavía seguían en el bar. "Estábamos jugando una partida al julepe y a las tres de la mañana le dijeron: ‘Nedina, ¿hay una tortilla de patata?’ Y mi madre iba para la cocina a hacerla". Con el paso del tiempo, la familia decidió separar el bar de la tienda. Cuando Rodríguez se casó, sus padres pusieron en marcha un supermercado y el establecimiento dejó de ser aquel bar-tienda de antaño.

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La tienda terminó cerrando años después y el local quedó dedicado al bar. Hoy, con 70 años, Alfredo continúa al frente del establecimiento, punto de encuentro clave en la zona, aunque reconoce que la rutina de la parroquia ha cambiado por completo. "Aquí ahora hay mucha gente nueva, muchos chavales. Es prácticamente una ciudad dormitorio". La compra grande, añade, se hace en las grandes superficies y la antigua vida comunitaria se ha diluido. "Perdió la esencia de pueblo", resume. "Era otra época. Vivimos una época muy guapa, muy guapa y muy buena. Pero las épocas van y vienen".
Marbeli Trabanco también conoce de primera mano aquella vida. Su familia se hizo con el establecimiento, hoy conocido como La Tiendina, en Huerces, alrededor de los años cincuenta. Cuando sus padres lo compraron, ya funcionaba como casa, tienda y bar. Durante años, el establecimiento fue uno de los principales lugares de reunión de la zona: "Había gente que parecía que era más de aquí que de su casa".
Los fines de semana podían llegar a juntarse veinte personas o más. Su madre preparaba callos y otros platos y el local se convertía en un comedor improvisado. También fue un lugar pionero para los vecinos: allí llegó el primer teléfono de la zona. "Era como una centralita. Por ese teléfono hablábamos tres parroquias: Huerces, Caldones y La Camocha", explica entre risas. Años después llegaría también la primera televisión. "Los fines de semana venían todos a ver la tele", recuerda.
La Tiendina dejó de ser bar-tienda hace unos 35 años. Trabanco reconoce que nunca le gustó demasiado la parte del bar: "De joven ayudaba a mi madre y tal, pero es mucho más sujeto que esto". Por eso el establecimiento continuó como tienda de pueblo. Aun así, conserva el recuerdo de aquellos años y entiende que algunos vecinos echen de menos el bar. "El otro bar de la zona cerró y ahora lo añoran por eso", explica. Pero buena parte de quienes acudían entonces ya no están. Lo que queda es la tienda y, sobre todo, los recuerdos. "Ahora la gente es diferente. La vida de entonces y la de ahora cambió muchísimo. Pero quedan los recuerdos de lo que fue".
De nuevo en Monteana, Marieta Intriago representa una fórmula diferente que, sin recuperar exactamente el antiguo bar-tienda, sí mantiene parte de aquella filosofía. Su establecimiento es estanco, kiosco y tienda, una combinación poco habitual que abrió a inicios de agosto del año pasado.

Por la izquierda, Esteban Casado, Rafael González, Aniceto Muñiz y Cesar Lete echan la partida en el Cañaveral.
La idea surgió casi por casualidad. Intriago ya regentaba otro kiosco en La Calzada cuando le comentaron que estaba a la venta la licencia del estanco. "Me lo pensé y la compré. Como estamos en un pueblo, me da la facilidad de poder tener de todo un poquito", explica. Desde entonces ha ido incorporando productos en función de las necesidades de sus clientes. "Empecé con muy poquito, metiendo producto de a poco, oyendo las necesidades de los clientes. Fuimos metiendo para que tengan más, aunque sea para salir del paso. Esto no es un supermercado, es una tienda de pueblo", añade.
La propia Intriago buscaba precisamente recuperar esa esencia. La acogida, asegura, ha sido buena. "Lo dicen los clientes que ya era hora de que hubiera un poquito más de movimiento y vida en el pueblo", celebra. Un pequeño establecimiento donde encontrar "de todo un poquito" y que aspira a "dar servicio" a los vecinos.
Entre los clientes está María José González, vecina de toda la vida de Monteana, que recuerda perfectamente las antiguas tiendas de la zona. "Ahí había de todo, era la esencia del pueblo", explica. Por eso considera una pena que aquel modelo se haya perdido, aunque reconoce que "hay que avanzar en la vida". Para ella, el establecimiento de Intriago recupera al menos una parte de aquello. "Esto es un poco tienda de pueblo también", aunque admite que "no es aquella esencia de los bar-tienda de toda la vida".
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