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El legado de Rolf Beyebach, un hombre "inteligente" que encontró en los bonsáis su gran pasión y en Gijón su hogar

"Hay que ser paciente, tener buen ojo, hacer cortes cuidados, preparar de forma correcta el suelo y tener una planificación para el futuro", solía explicar el alemán en las visitas guiadas del Museo Evaristo Valle, en el que su recuerdo estará siempre presente con sus donaciones al Espacio Bonsái

El último adiós tuvo lugar este lunes en el tanatorio de Cabueñes en la más estricta intimidad familiar

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Después de haber sufrido la Segunda Guerra Mundial en una dura infancia tras nacer en 1929 en la ciudad alemana de Chemnitz, Rolf Beyebach llegó a Asturias en 1968 para dirigir la factoría de refractarios de Didier en Lugones. Aquel viaje marcó el devenir de su vida, ya que con el paso del tiempo Beyebach terminó asentándose en Gijón, la ciudad que se convirtió en su verdadero hogar y en la que demostró su pasión y conocimiento acerca de los bonsáis. Con su fallecimiento, que se produjo este domingo a los 97 años, el mundo pierde a un economista, naturalista y deportista que deja huella en la villa de Jovellanos y, especialmente, en el Museo Evaristo Valle, cuyos jardines le enamoraron desde que los conoció y donde se encuentran algunos de sus bonsáis. Para darle el último adiós, su entorno optó por incinerar este lunes por la tarde sus restos mortales en el tanatorio de Cabueñes y en la más estricta intimidad familiar.

Desde que se conoció la pérdida de este destacado economista, experto en bonsáis y deportista, sus familiares no han dejado de recibir visitas y mensajes que resumen el cariño que le guardaban los vecinos de Gijón a Beyebach. Fue en Asturias donde se hizo grande su vínculo con el arte del bonsái. No obstante, sus primeros pasos surgieron a raíz de que en 1976 se encontrara un pequeño bonsái en una visita a los almacenes londinenses de Harrods. Beyebach decidió comprar por once libras ese bonsái de gingko biloba, la primera especie de árbol del planeta. Investigando sobre su procedencia, este alemán asentado en Gijón aprendió que fueron los chinos, hace 2.000 años, los que empezaron a cultivar miniaturas de árboles por razones religiosas y de cara a utilizarlos para "la contemplación y la meditación", considerándolos como "peldaños que llevan al cielo". Mil años después, los monjes budistas introdujeron los pequeños árboles en Japón, mientras que en Europa no tomaron protagonismo hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Beyebach, del que su entorno destaca que era "un hombre inteligente", llegó a cultivar decenas de ejemplares utilizando plantones o semillas. El propio naturalista explicaba en repetidas ocasiones que las semillas de los árboles, al germinar en condiciones extremas, se traducen en árboles más reducidos de tamaño sin ser por ello "menos sanos y vigorosos". En la actualidad, la mayoría de los bonsáis los cria el hombre y su cultivo requiere un mínimo de diez o doce años. Además, requieren cuidados diarios, como riegos, pinzado, alambrado, trasplantes y una correcta colocación a la intemperie, así como protección contra enfermedades.

Su pasión la supo hacer pública a través de diferentes exposiciones en el Evaristo Valle, donde protagonizó muestras en 1986, 1992 y 1993. Finalmente, en 1994 llevó su colección al equipamiento gijonés, al que quiso donar quince de esos ejemplares en junio de 2024 para celebrar sus 95 años.

Beyebach se convirtió en un pionero en la materia en España, llegando a ocupar las tareas de delegado de la Asociación Española de Bonsáis en Europa. Gracias a su iniciativa, hasta Gijón llegaron bonsáis de las colecciones de la Casa Real y del que era presidente del Gobierno, Felipe González, cuando se inauguró el Espacio Bonsái del Evaristo Valle en 1994. De esa forma logró que el equipamiento de Somió se convirtiera en todo un refugio para los bonsáis, sus "niños mimados".

Tanto en las exposiciones como en los reportajes periodísticos o en las visitas guiadas, Beyebach hacía hincapié en que entendía que cada bonsái "merece ser contemplado tranquila e individualmente, englobando cada maceta un pequeño mundo que tiene su propio mensaje, para la persona que tenga voluntad y paciencia de percibirlo". Precisamente, en aquellas clases magistrales que solía ofrecer en el Evaristo Valle, Beyebach detallaba cuáles eran sus claves para cuidar de forma correcta estos árboles en miniatura.

El "secreto" de Beyebach para criar y cuidar bonsáis, según explicaba él mismo, consistía en "tener mucha paciencia, buen ojo, cortes cuidados, preparar el suelo y tener una planificación para el futuro". En esa lista resumía buena parte de su conocimiento, pero quizá dejaba fuera lo más importante, el cariño. Aquellos árboles en miniatura no eran para Beyebach simples piezas de una colección. Eran sus "niños mimados", ejemplares a los que dedicó décadas de atención, paciencia y cuidado y que, gracias a su generosidad, ya forman parte de la vida de Gijón.

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