Carmen Duarte, histórica del movimiento vecinal en el barrio gijonés de El Llano: “Nunca tuve miedo a decir lo que pensaba”
La expresidenta de la Asociación Vecinal Fumeru y fundadora del Foro de Mujeres del Llano repasa su larga trayectoria de compromiso social, desde la lucha por los derechos de las mujeres hasta la creación del grupo de teatro del barrio

Vídeo: Demi Taneva | Foto: Lucas Cid
Demi Taneva
Carmen Duarte es una de esas personas cuyo nombre va unido a la historia reciente del Llano. Durante años presidió la asociación vecinal "Fumeru", desde donde impulsó proyectos de convivencia, cultura y participación ciudadana. También lideró el Foro de Mujeres de El Llano, promoviendo actividades por la igualdad y abriendo espacios para la voz femenina en la vida del barrio. A sus espaldas, décadas de implicación social y un firme compromiso con las causas colectivas. Habla despacio, pero con la claridad de quien ha vivido luchando. Medio siglo después de llegar a un barrio sin calles, sigue defendiendo lo mismo: justicia, igualdad y comunidad. “Yo nunca tuve miedo a decir lo que pensaba”, repite. Y todo el barrio del Llano sabe que es verdad.
¿Qué le impulsó a implicarse en el movimiento feminista?
Desde siempre me pareció injusta la situación que vivíamos. Había mujeres sufriendo muchísimo y yo no podía quedarme quieta. Fundé el Foro de Mujeres del Llano y también un grupo de teatro, porque quería poner mi granito de arena para que las mujeres en mala situación tuvieran ayudas. Cuando vine todavía no había asociaciones vecinales: todo lo dirigían los hombres. Las mujeres luchaban en la sombra, incluso por cosas tan graves como el aborto. En aquella época no teníamos ningún derecho: ni abrir una cuenta bancaria ni viajar con los hijos sin permiso del marido. Era terrible.
¿Le dio miedo enfrentarse a todo ello?
No, nunca. Una vez vino el marido de una mujer a insultarme y amenazarme. El primer día me cogió desprevenida, pero al siguiente lo esperé y le dije cuatro verdades. Nunca más se metió conmigo. Muchos hombres preguntaban por qué no estábamos en casa fregando. Pero yo tuve la suerte de tener un marido que siempre me apoyó. Me decía: “Oye, sales en el periódico en primera plana, van a pensar que te maltrato”. Y yo le respondí: “Las que están maltratadas no están en la pancarta, estamos las que luchamos para que otras no lo sean”.
¿Cómo vivió la entrada de las mujeres en el movimiento vecinal?
Entré a través de la vocalía de la mujer, y al principio costó mucho. Los hombres no entendían qué hacíamos allí. Yo intentaba conciliar, pero me molestaba ver que solo valía su mirada. Empecé a traer charlas y talleres de psicología e igualdad, y algunos se enfadaban. Decían que el feminismo era lo mismo que el machismo, y yo les explicaba que no: el feminismo no mata ni agrede, solo pide igualdad de derechos. Como veía que era imposible avanzar, fundé el Foro de Mujeres del Llano, un espacio propio donde podíamos hablar entre nosotras, sin juicios. Era liberador. Nos escuchábamos y aprendíamos unas de otras. Fue una experiencia preciosa, de la que me siento muy orgullosa.
También impulsó el Grupo de Teatro Traslluz. ¿Qué significó para usted?
Lo fundé hace más de treinta años. Era una forma de unirnos y también de denunciar cosas. Yo escribía las obras y siempre había un mensaje social: violencia, desigualdad, problemas del barrio… pero llevado con humor. Tuvimos muchísimo éxito, colas hasta la piscina cuando estrenábamos. A veces hacíamos tres funciones porque no cabía toda la gente. Recuerdo una obra, Patrimonio familiar, sobre las viudas y las pensiones. Era una comedia, pero trataba un tema muy serio: mujeres que se quedaban con pagas miserables después de toda una vida de trabajo. La gente se reía, pero salía pensando.
Como presidenta vecinal, también tuvo etapas difíciles.
Sí, sobre todo con el tema de la seguridad en el Parque de la Serena. Llegamos a tener bandas que cobraban a los niños por jugar. Reivindicamos iluminación y presencia policial, y durante un tiempo tuvimos “policía de barrio”, que iba caminando y hablaba con la gente. Funcionó muy bien. El barrio es muy multicultural, y eso es positivo. Hay personas extranjeras que trabajan y aportan mucho, y otras que no se adaptan. Yo siempre digo: respeto total para quien cumple y trabaja, pero a todos hay que exigirles lo mismo, también a los de aquí. El civismo no tiene nacionalidad.
¿Cómo ha cambiado la participación femenina en el barrio?
Ha cambiado muchísimo, un cien por cien. Antes cuando decías “feminismo” te miraban mal. Ahora las mujeres saben lo que significa y se sienten orgullosas. Se reúnen, organizan actividades, tienen sus propios grupos y ya no necesitan que nadie les diga qué hacer. Yo me siento orgullosa porque la mujer ha saltado un océano, no un río. Pasó de no poder opinar a decidir, y eso es un logro enorme.
¿Qué cree que necesita hoy El Llano?
Que los jóvenes se impliquen. Son los que tienen que seguir lo que empezamos. Los mayores estamos para orientar, pero el futuro es suyo. Me gustaría que hubiera más espacios culturales y de convivencia entre generaciones. Que no sobren los mayores y no falten los jóvenes: todos somos barrio.
¿Qué significa para usted “vida de barrio”?
Caminar por el barrio, entrar en las tiendas pequeñas, conocer a la gente, saludar. Me encanta hablar con las dependientas, saber cómo están. Cuando alguien pasa un mal momento, intentas ayudar. El barrio es eso: comunidad, cariño y trabajo desinteresado. Las asociaciones son esenciales porque crean espacios de encuentro. Quien se implica no lo hace por dinero, sino por satisfacción moral. Hay que vivir el barrio y ayudar al pequeño comercio a sobrevivir. Eso es lo que mantiene viva la vida de El Llano.
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