Opinión
La médico del barrio: un oasis en medio de la tormenta
En uno de mis últimos trabajos como redactor de este periódico me tocó entrevistar a una joven estudiante de medicina que se había hecho muy conocida en toda España por “denunciar” a través de una carta al director en una publicación especializada el hecho de que en la carrera de Medicina no se le hubiera enseñado a tratar a las personas a la hora de dar una mala noticia. Dejando de lado que las habilidades comunicativas deberían enseñarse en casi cualquier carrera lo cierto es que a empatizar solo se aprende con la práctica. No solo en la medicina, también en el periodismo y en la vida en general.
El caso es que la historia de aquella joven residente del centro de salud La Calzada II me vino a la memoria hace unos años cuando tuve que vivir uno de los momentos más duros de mi vida. El fallecimiento de una madre es algo que marca para siempre y te hace acordarte de quién estuvo a tu lado en esos momentos. Una de las personas fundamentales para mi familia fue una médico de atención primaria, esa especialidad a veces tan denostada pero que supone, para muchos, la presencia de un amigo (casi más que un profesional de la medicina) al otro lado de la calle. Ella trabajaba en el barrio. En este caso en El Llano. Seguro que muchos se acuerdan de ella: Mari Ángeles Montero. Y digo se acuerdan porque se acaba de jubilar dejando tras de si una historia de cuidados y atención que superan, con mucho, lo que el SESPA contemplaba en su contrato.
En el momento en el que estaba todo perdido y en mi casa entró como un ciclón la expresión “cuidados paliativos” mi madre se contagió de Covid. Los responsables de hospitalización a domicilio del hospital de Cabueñes suspendieron entonces las visitas diarias a la paciente. Pero entre los nubarrones se abrió la esperanza de la Atención Primaria. Para evitar que mi madre falleciera sin cuidados Montero y su equipo de enfermería comenzaron a venir a diario a casa. Más para acompañar (en la familia ya había un médico), que para luchar contra lo imposible. Cada día se ponían en el portal un equipo de protección y subían hasta el primer piso para, al menos, dar un poco de consuelo a su paciente de toda la vida.
Gestos como los de Montero no se pagan con dinero. Por eso valga este artículo como simbólico pago de una vida de dedicación y como reivindicación de un servicio sanitario que, en gran medida, vale lo que valen sus profesionales.
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