Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Mirar sin miedo

¡Qué difícil es cambiar las cosas!

Durante años, diría décadas, la respuesta al sinhogarismo siempre ha sido la misma. Un tema que incomoda, que transmite una sensación de inseguridad allá donde se visibiliza. Que evoca en cualquier ciudadano de bien la impetuosa necesidad de cerrar los ojos, cruzar de acera o sacar el móvil para sumergirse en el mátrix de nuestro tiempo. Ante este sufrimiento, la solución histórica ha consistido en lavar nuestras conciencias: un plato caliente, un colchón que parezca ofrecer descanso durante alguna noche, y la falsa sensación de haber hecho lo suficiente. "¡Qué más quieren!", dirán algunos. En el ámbito social hay un consenso, reconocido por muchos y escondido por algunos: el modelo colectivizado no es ni la respuesta ideal ni la única posible. Sabemos la teoría, tenemos la evidencia. Pero el cortocircuito se produce cuando hay que afrontar reformas sistémicas que cambien todo. Lo que estamos haciendo no sirve para afrontar una realidad que, lejos de reducirse, se agrava. Todo intento de cambio es tan leve, que apenas cambia nada.

¿Y saben por qué? Porque el problema no es el sinhogarismo. El sinhogarismo es la consecuencia. Una consecuencia que condena a muchas personas porque nuestros modelos, en ocasiones, trituran vidas. Las arrinconan en la invisibilidad más absoluta hasta que un día ya no existe ningún vínculo de arraigo que mantenga viva la chispa de la ilusión por vivir y convivir: la salud mental, las adicciones, la soledad, las malas rachas… A menudo tratamos de poner rostro a esta realidad. Nos equivocamos. No hay un único rostro. Detrás de cada búsqueda de hogar hay una historia golpeada por circunstancias no deseadas, por decisiones que nadie eligió y que acaban condenando a sobrevivir con lo que la calle ofrece. ¡Qué difícil es movilizarse para reivindicar cambios reales!

Probablemente no sea lo más acertado ubicar de manera temporal el albergue de nuestra ciudad allá donde se acompaña a menores. Probablemente el Ayuntamiento debería incorporar una cultura real de escucha y diálogo con los barrios. Probablemente muchas de las personas que se movilizaron el otro día nunca habían pensado en la realidad del sinhogarismo, pero tienen claro que no quieren convivir con ella. Entrar en el juego de la probabilidad es perverso, porque siempre hay variables que la rompen. Pero de algo estoy seguro: la realidad hay que abordarla. Quizás cambiar las cosas no sea tan difícil si empezamos por mirar sin miedo. El sinhogarismo no es un problema ajeno, es un espejo que nos devuelve el reflejo de lo que somos como sociedad. Cada vez que apartamos la mirada, perpetuamos la exclusión. Cada vez que nos implicamos, la reducimos. Cambiar las cosas empieza por no aceptar que haya vidas que sólo puedan vivirse en la calle. n

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents