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El Llano celebra el éxito de un programa gijonés pionero contra la soledad y la fragilidad en mayores: “Venir aquí me devolvió las ganas de vivir”

El director general de Promoción de la Autonomía Personal y Mayores, Enrique Rodríguez, visitó el martes el grupo, que forma parte del proyecto piloto en siete centros asturianos

El Centro Social de Personas Mayores de El Llano celebra el éxito de un programa pionero contra la soledad y la fragilidad en mayores: “Venir aquí me devolvió las ganas de vivir”

VÍDEO: Demi Taneva/ FOTO: Lucas Cid

Demi Taneva

En el Centro Social de Personas Mayores de El Llano, las mañanas ya no son silenciosas. En una sala luminosa, con café recién hecho y risas que se cuelan entre las mesas, un grupo de doce personas se reúne cada día para algo que va mucho más allá de una actividad: recuperar la vida que un día sintieron que empezaba a apagarse.

No es terapia, ni ocio, ni “un entretenimiento”. Es un programa piloto contra la fragilidad, impulsado por la Consejería de Derechos Sociales y Bienestar y en funcionamiento desde el año pasado. Su objetivo es prevenir el aislamiento, la pérdida de habilidades y el deterioro emocional y cognitivo en personas mayores.

Esta mañana, el director general de Promoción de la Autonomía Personal y Mayores, Enrique Rodríguez Nuño, visitó el grupo. “No es solo lo que hacéis aquí. Esto nos va a servir para que otros centros de Asturias puedan conseguirlo también”, les dijo. Ya suman siete en toda la comunidad, y el próximo año crecerá.

Café, memoria, música y vida compartida

La trabajadora social María José Conejo, coordinadora del proyecto, recuerda los inicios: “Esta es la segunda edición. Empezamos en junio del año pasado y ahora ya llevamos diez sesiones desde septiembre. Tenemos actividad todos los días: funcional, cognitiva, expresiva, artística y emocional”.

Los lunes, terapia ocupacional; los martes, expresión artística; los miércoles, Espacio Café; los jueves, musicoterapia; y los viernes, memoria. “Se diversifica mucho, pero todo tiene un objetivo común: vincular, estimular y acompañar”, explica David Aguilar, monitor del centro. “Aquí hablamos de la vida, de lo que somos. Y lo hacemos juntos, con cariño. Eso lo ha generado el grupo”.

Historias de fragilidad... y de vuelta a la vida

Antonia Hidalgo lleva meses viendo renacer a Emilio Díez, su marido, de 89 años: “Antes estaba mal, sin ganas, incluso con pequeños ictus sin diagnosticar. No sabía qué hacer. Ahora se viste, se ducha solo, vuelve a casa contento. Es otra persona.” Él lo confirma: “Aquí tengo amigos, vengo todos los días dando un paseo. A veces voy en taxi, pero no falto. Me cambió la vida.”

También lo sabe Delia Sánchez, de 71 años, que hace poco pasó por una depresión profunda a causa de una estafa: “Me metí en la cama, no salía ni a comer. No quería ver a nadie. Iba al psiquiatra, al psicólogo, tomaba pastillas… pero no levantaba cabeza.” Y entonces llegó el grupo. “Si no hubiera sido por venir aquí, no sé si estaría viva. Esto me devolvió las ganas de vivir. Lo digo así. Literal.” “Esto les devuelve a la sociedad. Y nosotros lo vemos”, confirma su marido, Marcelino Fernández.

Lali González, de 78 años cuenta su historia: "Yo estuve cuidando a mis hijos y después a mis nietos, pero una vez que crecieron ya no hay tenía nada que hacer". Su hija, Susana Álvarez añade: “El problema es que se desconectan. Pierden los horarios, dejan de hablar, se quedan solos. Aquí vuelven a tener vida: comentan, se ríen, recuerdan, piensan. Hasta saben qué día es, y eso antes no pasaba.” Y añade algo clave: “Ellos creen que les ayuda un poco… pero para nosotros, las familias, esto es muchísimo más importante de lo que imaginan. Les da rutina, les da amor, les da compañía. Es un rescate.”

Un modelo que crece: siete centros y más en camino

El proyecto empezó con cinco centros el año pasado. Ahora ya son siete. “Nos interesa que funcione. Si funciona, lo haremos en más sitios”, aseguró el director general Rodríguez. “Y viendo esto… está claro que funciona”.

No es solo que hablen, canten o hagan manualidades. Es que se sienten parte de un grupo, de un lugar y de la sociedad. “Aquí no hay jerarquías. Todos somos iguales y todos tenemos voz”, dice González. “Aquí todos forman una gran familia”, añade su hija.

Díez lo dice con sencillez: “Yo aquí estoy feliz. ¿Qué más quiero? Estoy bien, camino, hablo, río. Y me apetece venir todos los días.” A su lado, Sánchez asiente: “Esto nos salvó a todos”. Lo importante para ellos es volver. A la vida, a los demás y a uno mismo.

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