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Opinión | Tormenta de ideas

Dos niñas

Dos niñas. Solo 15 años. Hablan entre ellas, son amigas, se quieren y se necesitan. Una llevaba una herida profunda en el alma, de esas que rara vez cicatrizan. El acoso, convertido ya en una pandemia silenciosa, la había matado en vida. Muchas chicas lo sufren así, en silencio, porque sabemos que los últimos en enterarse suelen ser los padres. Y lo sabemos bien.

Las secuelas del acoso pueden llevar, sin demasiada dificultad, a pensamientos de no querer seguir. Ella ya había cambiado de instituto dos años antes, después de que se activara el protocolo de autoagresión, pero el daño estaba hecho.

Aquel día, las dos hablan, se desesperan. En casa no se imaginan nada: confían en ellas, las ven felices, eso creen. No saben que han comprado una cuerda, que han ido al parque. Quizás no tenían un plan claro, pero una siente que no puede más y, de alguna forma, la otra decide acompañarla; piensa que su vida sin ella tampoco tendría sentido. Tal vez solo una quería acabar con un sufrimiento que ya no podía sostener, y la otra creyó que esa era también su salida.

Escogen un árbol. En casa empieza la alarma porque no han vuelto. No aparecen. Quizás recuerdan al chico que lo hizo dos semanas antes. No sabemos el motivo exacto; a veces ni hace falta tenerlo. Hablamos de cerebros que aún no controlan los impulsos, expuestos además a un flujo constante de dolor en "TikTok" y otras redes, donde ven a adolescentes como ellas mostrando su sufrimiento en cuentas que los padres no conocen. Una empieza por las autolesiones. No siempre terminan así, pero son señales claras de que algo no va bien, de que necesitan ayuda urgente, de que algo por dentro las está apagando.

Y esto es ya una emergencia nacional. No estamos dando la importancia que merece a lo que les ocurre a nuestros adolescentes. Las ideas autolíticas, suicidas, ya no son una excepción. Lo vemos cada día en la clínica y sufrimos con ellos, porque no saben cómo salir de esta pesadilla. No basta con aplicar solo terapia; ya no es suficiente. Algo tiene que cambiar con urgencia. No estamos. No los vemos. Padres e hijos vivimos con prisas, estresados, anestesiados por las pantallas, que para ellos se han convertido en una vía para evadirse de una realidad que no comprenden: violencia, acoso, sexualidad vacía… Y teléfonos, tabletas, para que nos dejen tranquilos.

Hay que parar. Esas niñas, esas dos vidas rotas, las hemos roto entre todos.

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