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El Centro Municipal de El Llano: un motor cotidiano para el barrio más poblado de Gijón

Un espacio que se queda pequeño: más de 76.000 usuarios en la biblioteca, 41.000 en la sala de estudio y un ritmo de actividad que no decae desde 2007

Demi Taneva

El Centro Municipal Integrado de El Llano es hoy uno de los corazones del barrio. Aunque abrió sus puertas en marzo de 2007 con la intención de “descentralizar servicios administrativos y culturales” y evitar que los vecinos tuvieran que desplazarse a la antigua Pescadería, el uso real ha desbordado todas las previsiones. “Lo que estamos viendo ahora mismo es que se nos está quedando pequeño”, reconoce su director, Luís Sierra, quien detalla la magnitud del flujo diario: 76.337 usuarios en la biblioteca el último año, 41.808 en la sala de estudio y 82.788 trámites administrativos realizados.

Ese volumen, explica, se entiende por la transformación del barrio. “Es una población muy diversa, con mucha gente mayor y también muchas familias jóvenes. Es un barrio cálido para quien llega”, apunta. Esa mezcla se traslada directamente al centro, que cada día despierta con mayores leyendo prensa, jóvenes preparando exámenes, niños en talleres, usuarios en trámites y vecinos de todas las edades entrando y saliendo sin pausa.

Cocina, cine, deporte y trámites: un día a día “caótico pero acogedor”

La actividad del CMI arranca temprano. A las ocho abre el servicio de atención a la ciudadanía y los servicios sociales, que “copan gran parte del volumen de gente”. Después, durante toda la mañana y la tarde, se encadenan cursos, talleres y actividades culturales, reuniones de comunidades de vecinos, sesiones deportivas y ensayos en la sala polivalente. “Cada día es diferente”, resume Sierra, que define el funcionamiento como “una convivencia organizada” entre usos muy distintos.

Entre los espacios más valorados se encuentra el aula de cocina, uno de los pocos en la red municipal. Allí se imparte un abanico enorme de cursos: cocina rápida, cocinas del mundo, latinoamericana, vegana, postres internacionales y hasta talleres temáticos conectados con la programación cultural, como el próximo ciclo sobre los océanos.

“Es muy divertido, siempre muy dinámico. Socializamos muchísimo”, cuenta la profesora Ana Cifuentes, que destaca que la UPE renueva constantemente la oferta: “Son cursos diferentes, de todo lo que te puedas imaginar”. La demanda es tal que la mayoría se llena en minutos.

Lo confirma María Jesús Suárez, alumna veterana: “Solo hay doce plazas y está muy demandado. Unas veces tienes suerte y otras no”. Lleva cuatro años asistiendo y valora sobre todo la variedad: “Cada día hacemos cosas distintas. Hoy tocó turrones de Navidad: de yema, de nata y nuez, de chocolate blanco con pistachos…”.

El refugio del estudio

Uno de los espacios más concurridos, especialmente entre semana, es la sala de estudio. Ana Álvarez y Pelayo García acuden desde hace cuatro años: “Aquí se siente más presión social que en casa. Ves a la gente concentrada y te concentras tú”. En época de exámenes es habitual ver colas antes de la apertura: “Hay mucha gente a todas horas y hay que venir pronto para coger sitio”.

La biblioteca, por su parte, mantiene un público fiel compuesto mayoritariamente por personas mayores. Manolo Parrondo, vecino de El Llano, acude “dos o tres veces por semana” a leer la prensa: “Aquí tienes acceso a todos los periódicos. En casa, si compras uno, no tienes los otros”. Añade que el centro le ofrece algo más que lectura: “Tienes contacto con vecinos y con la gente del barrio, eso también es importante”.

Aquilino Cuesta, de 86 años, también es visitante habitual. “Vengo varias veces por semana a mirar la prensa. Y aquí se está caliente, no pasas frío en la calle”. Reconoce que en la sala reina el silencio estricto, pero lo prefiere: “Vengo, leo un poco y estoy a gusto”.

Un centro que crece con el barrio

El director explica que el CMI se adapta con rapidez a los cambios sociales. Muchas de las necesidades de 2007 ya no existen: “La ludoteca, por ejemplo, era muy demandada. Hoy, con las escuelas de 0 a 3 años, la necesidad es otra”. Esos espacios liberados han pasado a acoger nuevas propuestas.

El dinamismo del barrio también influye. “Hay muchos estudiantes, muchos niños y mucha gente mayor”, describe Sierra. “Tenemos talleres infantiles, robótica, actividades deportivas desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, cine con una fidelidad enorme…”.  La gestión de tal variedad obliga a una planificación milimetrada: “Intentamos que no haya actividades que interrumpan otras. Y diversificamos para que haya propuestas toda la semana”.

El centro afronta retos claros: la modernización tecnológica, la actualización del material del salón de actos y la mejora continua de los espacios. Cada año se acometen obras de mantenimiento: “Hemos pintado aulas, la sala deportiva… el año que viene seguiremos con la fachada y otras mejoras”. Pero el gran desafío es el espacio. “Me lo imagino más grande. No podemos estirar paredes, pero el barrio ha crecido muchísimo y nosotros tendríamos que crecer también”, admite Sierra.

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