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Programa electoral, capítulo 1

Cada vez que el verano llega a estas páginas, los calores empujan a un servidor hacia toda clase de delirios. Este año, ante las elecciones municipales que tendrán lugar en menos de un año, me pongo a delirar pensando en aquellas cosas que quedarían fetén en los programas de quienes pretenden gobernar nuestra ciudad.

Vamos con esta primera propuesta. Hoy, comedores escolares.

Podrían prometer y hacer realidad (que esto de prometer es muy fácil) una iniciativa que dé una solución definitiva y gijonesa a una necesidad de nuestra ciudad. Una necesidad que ha traído de cráneo a familias, a la concejalía, a trabajadores y trabajadoras concejalía, equipos directivos, peques y adolescentes.

Imaginemos que Gijón crea un proyecto público de restauración colectiva que permita cocinar diariamente menús saludables para todos los centros educativos. Una gran cocina municipal, o varias distribuidas por zonas, capaces de abastecer colegios e institutos con alimentos de calidad, productos de proximidad y criterios nutricionales, educativos y medioambientales.

Y cuando digo para todos, digo para toda la infancia y la adolescencia; recordemos que en nuestros centros públicos de secundaria el comedor es hoy en día una utopía. Sin becas que estigmaticen, sin carreras burocráticas y sin dejar fuera a quien, por edad, etapa educativa o situación familiar, también necesita comer bien. El comedor debería formar parte del derecho a la educación y estar abierto durante el curso y en los periodos no lectivos. Porque la conciliación y las dificultades familiares no cierran en julio, agosto, Navidad o Semana Santa.

Este proyecto podría ser, además, una gran escuela de formación y empleo. Un espacio conectado con programas para personal de cocina, comedor y monitoraje, logística, dietistas y profesionales del sector hostelero. Personas desempleadas o en situación de vulnerabilidad podrían formarse trabajando, adquirir experiencia y encontrar una puerta de entrada real a un sector que necesita personal cualificado. La Administración no solo contrataría un servicio: generaría oportunidades.

La iniciativa también permitiría tejer una alianza con el sector primario: agricultura, ganadería, pesca, cooperativas y pequeños productores asturianos. Comprar cerca, respetar temporadas y pagar precios justos. Todo un ejercicio de soberanía alimentaria: decidir colectivamente qué comemos, cómo se produce y dónde queda el dinero que invertimos.

Y aún habría más. Los excedentes podrían reaprovecharse con todas las garantías, coordinándose con entidades sociales, centros comunitarios o redes vecinales. Lo que hoy termina en la basura podría convertirse en alimento, apoyo y dignidad.

Seguramente alguien dirá que es complejo, caro o impropio de un ayuntamiento. Más caro resulta improvisar, desperdiciar alimentos y sostener un modelo que no garantiza derechos.

Primer punto del programa: que Gijón alimente, forme, emplee y cuide. Desde la tierra hasta el plato. ¿Quién se atreve a prometerlo y, sobre todo, a hacerlo?

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