Opinión
Notas en la butaca del FICX: "Plaza Mayor", una seña de identidad de memoria y espacio
Marcos Merino convierte un lugar icónico de Gijón en una vía de reconocimiento de un pasado común entre lo íntimo y lo colectivo

Una imagen del documental.
Marcos M. Merino traza en "Plaza mayor" un genuino ensayo fílmico sobre la memoria colectiva que habita un espacio físico como es la plaza central de Gijón, (re)convertido en gran superficie de proyección de lo social, lo íntimo y lo político. Desde la primera frase –"Los penachos de humo cambiaron para siempre el lugar donde nací"– el documental desvela su voluntad de indagar en la transformación de los símbolos y, con ellos, en la propia identidad de la ciudad.
Merino articula con maestría la narración mediante una voz en off íntima que hace las veces de hilo conductor de imágenes muy variadas. El paso del tiempo se visualiza a través de rituales públicos: el árbol de Navidad colocado y desmontado, la limpieza de la plaza tras la fiesta de Fin de Año, los fuegos artificiales, los veranos de exhibiciones aéreas, la multitud cantando "Gijón del alma"... Frente a esa vibración celebratoria, el director introduce las otras memorias, las que luchan o se silencian: las protestas sindicales, las manifestaciones contra la violencia machista, las concentraciones por los suicidios, la batalla contra la contaminación, las marchas por Palestina, las pancartas por las pensiones...
Esa coexistencia –Antroxu y duelo, fiesta y reivindicación– convierte la plaza en foco de distintos recuerdos. La memoria "es una imagen del pasado en el presente", pero también un relato en disputa: "Quizá mirar de frente al pasado no signifique mirar lo que fue sino cómo se quiso contar lo que fue". Las imágenes sobre los Legionarios del Cóndor, insertadas casi como un latigazo histórico, apuntalan esta reflexión sobre el conflicto entre la memoria oficial y la vivida.
No falta el toque subjetivo: la infancia, el miedo en una manifestación, la familia como "primer archivo" donde los silencios pesan tanto como los recuerdos. Formalmente, "Plaza mayor" elige un montaje fragmentado que casa bien con la propia tesis: la memoria no es lineal, sino errática y difusa. Las transiciones cortantes entre épocas y eventos blindan la idea de un espacio urbano que es a la vez escenario, archivo y testigo, un organismo que respira al ritmo de la ciudad, y que necesita repetirse para mantenerse viva.
El cierre –"Ya no soy quien recuerda, pero estoy aquí mirando, escuchando, aprendiendo a aceptar que la memoria colectiva también se transforma"– condensa con sutileza el propósito del documental. Merino no pretende fijar un relato definitivo sobre el alma de Gijón, sino mostrar la fragilidad y la fuerza del recordar, y cómo un lugar común —una plaza— puede convertirse en eje de identidad compartida.
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