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Marino Molina, 51 años, encontró en el cuero un futuro tras un grave accidente y años de lucha con la salud mental: "Ha salvado mi vida"

A través de la artesanía encontró una forma de reconstruirse y hoy ayuda a otros recuperar autoestima y motivación como en su grupo de Mar de Niebla

VIDEO: Cosido a mano y con alma en Mar de Niebla: “El cuero me salvó la vida y ahora quiero ayudar a otros”

Demi Taneva / Candela Rodríguez

Demi Taneva

Demi Taneva

Marino Molina cuenta su historia como quien ya ha hecho las paces con ella. Un accidente en 1998 marcó su vida para siempre. A partir de ahí llegaron los malos diagnósticos, los tratamientos equivocados, los ingresos, la incomprensión y la soledad. “Aquello era brutal”, recuerda. “Cada vez me daban un diagnóstico nuevo y no sabían lo que hacían”.

Durante casi una década vivió sumido en un pozo personal y sanitario del que parecía difícil salir. Hasta que, en 2007, en un taller ocupacional vinculado a la salud mental, descubrió el trabajo con el cuero. Sin saberlo, estaba encontrando una tabla de salvación.

Tras su paso por distintas clínicas y un largo proceso de desintoxicación de medicación, Molina llegó a Afesa, donde empezó a participar en actividades manuales. “Ahí fue donde descubrí el cuero”, explica. “Y vi que se me daba bien”. Durante años aprendió a base de ensayo y error. “Me pasaba días de doce o trece horas sentado, equivocándome y volviendo a empezar”, cuenta. Poco a poco fue ganando seguridad, técnica y, sobre todo, una nueva forma de mirar al futuro. “Yo pensaba: si me quitan la pensión, ¿qué hago? No sabía hacer nada. Y de repente descubrí que en esto podía valer”, relata.

La vocación de ayudar

Con el tiempo, Molina no solo perfeccionó su oficio, sino que empezó a compartirlo. Primero con amigos, después en asociaciones, centros terapéuticos y entidades sociales. Todo de forma voluntaria. “Yo no cobro en ningún sitio”, subraya. “Pero lo gano de otra manera. En salud mental”.

Su experiencia en centros con personas con adicciones y situaciones muy complejas marcó un antes y un después. Recuerda especialmente una clase donde vio cómo los alumnos celebraban con euforia haber terminado una pieza. “Era como un Madrid-Barça”, dice entre risas. Pero hubo una frase que le confirmó que estaba en el camino correcto. “Una chica me dijo: ‘Es la primera vez que acabo algo en mi vida’”. A partir de ahí lo tuvo claro: ese era su sitio.

Mar de Niebla, su casa desde hace seis años

Desde 2020, Molina imparte talleres de cuero en Mar de Niebla, donde actualmente da clase los miércoles y jueves por la mañana, en cuatro turnos, con cerca de cincuenta alumnos en total. Además, colabora con otras entidades, recorriendo distintos puntos de la región cada semana. “Mi objetivo es llegar a cuanta más gente vulnerable mejor”, afirma. Por eso, una de sus prioridades ha sido reunir herramientas propias. “Para que nadie tenga que gastarse cien euros en material. Llegan, se sientan y trabajan”.

En las aulas conviven perfiles muy distintos: personas con problemas de salud mental, adicciones, discapacidad visual o enfermedades degenerativas. Marino adapta cada clase a las necesidades de sus alumnos. “Hay personas a las que les tengo que meter yo las agujas. O repetirles las cosas cincuenta veces. Pero no importa”, asegura. “Si se lo tengo que decir ciento cincuenta, se lo digo”. Para él, la paciencia forma parte del oficio.

“Somos una familia”

Entre los alumnos del taller de cuero en Mar de Niebla está Manolo González, que estando ciego trabaja guiándose por el tacto y con herramientas adaptadas. “La línea me la marca la aguja”, explica. “Y con eso hago los agujeros rectos”. Destaca el ambiente del aula y el trato de Molina: “Es muy buena persona. Me gusta mucho venir. Si no, no estaría aquí tantos años”. Hace bolsos, fundas, pulseras y todo tipo de piezas. “Cuando uno quiere, puede hacerlo, aunque sea ciego”, resume.

Luis del Gusto es el alumno más veterano. Lleva seis años sin apenas faltar. “Solo perdí dos días”, cuenta. “Y fue porque no podía”. Ahora tiene que someterse a una operación y su principal preocupación es reorganizarse para no perder clases. “Me gusta mucho esto”, afirma. Para él, el taller es parte esencial de su rutina y su equilibrio.

Carmen Pico, alumna desde hace tres años, conocía a Molina de antes y decidió seguirle cuando cambió de centro. “Es como un hijo”, dice. “Aquí somos como una familia”. Reconoce que el taller le aporta bienestar emocional. “Me hace bien. Estoy esperando que llegue el miércoles para venir”.

Molina no oculta que su trabajo le da sentido a la vida. “Esto es mi motor”, afirma. “Sois mi gasolina. Sois mi motivo de vivir”. Además de los talleres, da charlas en institutos contando su historia. “Los guajes flipan”, dice. “Les hablo en primera persona y entienden muchas cosas”.

Para él, el cuero no es solo un material. Es una herramienta de reconstrucción personal, una vía para crear comunidad y una forma de demostrar que siempre hay segundas oportunidades. “Podría estar en casa viendo la tele”, reconoce. “Pero prefiero levantarme, venir aquí y ayudar. Esto me da vida, porque mi yo de hoy no se explicaría sin Afesa y sin la clínica Pérez Espinosa”. Y mientras en la mesa suenan martillos, punzones y risas, Molina sigue cosiendo algo más que cuero: cose confianza, autoestima y futuro.

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