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Opinión | Reflexiones desde el oeste

8M, la lucha por vivir

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, vuelve cada año como una fecha de memoria y de denuncia global. No es solo una jornada para reivindicar la igualdad, sino un espejo incómodo que refleja la realidad de millones de mujeres y niñas que viven en contextos donde sus derechos no están reconocidos, o directamente son castigados. En un mundo atravesado por conflictos bélicos, autoritarismos y crisis humanitarias, el cuerpo y la vida de las mujeres siguen siendo un territorio de disputa.

En demasiados países, nacer mujer implica crecer con miedo. El acceso a la educación, a la salud, a la libertad de movimiento o a la participación política continúa siendo limitado o negado. En escenarios de guerra, como: Gaza, Ucrania, Sudán, Siria o Irán, las mujeres y las niñas sufren de forma desproporcionada la violencia: desplazamientos forzados, abusos sexuales, matrimonios tempranos y la pérdida de redes comunitarias que sostienen la vida cotidiana. Cuando los derechos humanos se erosionan, los derechos de las mujeres son siempre los primeros en caer.

Irán se ha convertido en uno de los símbolos más crudos de esta realidad. La muerte de Masha Amini, detenida por la llamada “policía de la moral” en 2022, encendió una revuelta sin precedentes. Su nombre recorrió el mundo acompañado de un lema que hoy es histórico: “Mujer, vida y libertad”. Un grito nacido del movimiento kurdo que resume una aspiración universal: vivir sin miedo, decidir sobre el propio cuerpo y existir con dignidad.

Ese lema sigue resonando en las voces de mujeres que pagan un precio altísimo por defender derechos básicos. Entre ellas está Zhina Modares Gorji, activista iraní encarcelada por promover la lectura, la cultura y la libertad de pensamiento entre mujeres. Desde prisión, su testimonio, como el de tantas otras defensoras, habla de aislamiento, interrogatorios y condenas ejemplarizantes destinadas a silenciar la disidencia femenina. “Nuestro delito es imaginar una vida distinta”, escribía en una de sus cartas.

No son casos aislados. En Afganistán, las niñas han sido expulsadas de las escuelas secundarias y universidades. En América Latina, activistas ambientales y feministas han sido asesinadas por defender la tierra y la vida comunitaria. En muchos países, alzar la voz como mujer significa exponerse a la cárcel, al exilio o a la muerte.

Por eso el 8 de marzo no puede reducirse a un gesto simbólico. Es una llamada urgente a la solidaridad internacional y a la acción política. Recordar a las mujeres presas, asesinadas o silenciadas es también asumir una responsabilidad colectiva. Mientras haya un solo lugar del mundo donde ser mujer sea una condena, el 8M seguirá siendo un día de lucha. Porque sin mujeres libres, no hay sociedades libres, esperemos que la escalada actual de violencia no alargue más su sufrimiento.

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