La figura de la semana: Susana Acle, la tierna protectora de los océanos
La responsable de Veterinaria e Investigación del Bioparc Acuario de Gijón trabaja allí desde su fundación, hacía curas y ponía tiritas a los obreros que levantaron el centro

Susana Acle Oliva. / Mortiner
Ocurrió durante un verano de infancia en Cabueñes. La protagonista de la historia tenía apenas ocho o diez años cuando "Laura", una perra de caza de su tío, parió nueve cachorros. En aquel Big Bang de vida animal, la niña no fue mera observadora, sino que despertó algo en ella que hizo que se volcase de tal modo con la crianza que hasta les preparaba biberones. Todos los perritos salieron adelante. Años después, aquella pequeña gijonesa se convirtió en una figura de relieve internacional como responsable de Veterinaria e Investigación del Bioparc Acuario de Gijón y una de las pocas especialistas de la rama en animales marinos en España.
Susana Acle Oliva es un nombre que trascendió las fronteras asturianas en 2023, cuando una revista americana, "Blooploop", la incluyó en la prestigiosa lista de las cincuenta personas más influyentes de su sector en el mundo. Quienes bien la conocen no les extraña y destacan que la experta es una mujer muy trabajadora, con una constancia laboral encomiable, muy exigente consigo misma y con una gran capacidad divulgadora. En términos personales, exhibe un trato de tú a tú tierno y afable.
Su historia comenzó en Gijón, en noviembre de 1974. Nació en la clínica El Carmen, hoy residencia de mayores. Primogénita de Julián Acle, arquitecto, y de Esperanza Oliva, maestra, creció en la plaza Seis de Agosto, donde la pareja formó un nido familiar al que después llegarían Julián y Jaime. Ya en sus primeros años en la guardería La Quinta, en Granda, vaticinaban ese futuro de trabajo sostenido en el tiempo y la comparaban con una hormiguita, ya que sus compañeros salían al recreo en cuanto pintaba la ocasión, pero ella insistía en su tarea y no abandonaba el aula hasta dejarla perfecta.
Fue una niña formal, tranquila, que forjó amistades sólidas en el colegio de la Asunción y, más tarde, en los Jesuitas, donde completó el COU antes de iniciar estudios universitarios. Aunque no era dada a los deportes, sí que mostró interés por el ballet y disfrutaba de largas charlas con sus amigas, con quien compartía confidencias en la escalera de su casa, cosa que sigue haciendo. Ya desde tierna edad no pasó desapercibida su gran mano izquierda, ya que es dueña de una psicología natural que permite acercar a los más pequeños o los legos en la materia cuestiones científicas complicadas y, en aquel momento, le permitía explicar a su hermano mediano, de la forma más asertiva, por qué no debía tocar con brusquedad la cabeza de su hermano pequeño recién nacido.
Su pasión por el mundo animal la llevó primero a la facultad de Veterinaria de León y, posteriormente, a Madrid, donde terminó la carrera en la Complutense. Allí su interés viró definitivamente hacia los animales marinos aunque es sabido que los anfibios no son sus preferidos, pese a que los trate con el mismo amor que a los demás. Tras realizar prácticas en el Zoo Aquarium de Madrid, cruzó el mar para trabajar durante un año en otra instalación de fauna acuática del sur de Inglaterra, cerca de Southampton, antes de recalar en el famoso acuario de Valencia, L’Oceanogràfic, centro al que ayudó a echar a rodar.
El regreso a su Gijón natal se produjo en 2005, coincidiendo con el nacimiento del proyecto del Acuario. Susana fue, de hecho, la primera trabajadora contratada de la institución, cuando el edificio era aún un esqueleto de hormigón. Como anécdota, se recuerda cómo los obreros de la construcción acudían a ella para que les pusiera tiritas o les realizara pequeñas curas de primeros auxilios, a pesar de que no era médico. En ese mismo 2005 se casó con Íñigo Felgueroso, formando una familia que hoy completan sus tres hijos: Santiago, Íñigo y Julia; una parentela fenomenal, comentan.
En lo profesional, la huella de Susana en el Acuario es imborrable. Uno de sus hitos más recordados fue el rescate de "Uno", la primera tortuga que pasó por el Centro de Recuperación Marina del Principado de Asturias (CRAMA). El ejemplar llegó medio muerto y hubo que amputarle una aleta. Susana y su equipo la sacaron adelante durante dos años hasta que pudieron soltarla al mar con un GPS que permitió seguir su rastro hasta por el Mediterráneo y el Atlántico, perdiéndose su pista, finalmente, en las Islas Baleares.
Recientemente, ha alcanzado la cima académica al presentar su tesis doctoral en la Universidad de Oviedo, que trata sobre el impacto de los microplásticos en el medio marino y lidera proyectos de investigación sobre la carabela portuguesa junto al Instituto Español de Oceanografía (IEO). Y con todos estos logros, Susana cierra un círculo perfecto, que comenzó cuidando cachorros con un biberón y que hoy protege el misterio de los océanos bajo el paraguas de su conocimiento.
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