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La Calzada como eslabón de la memoria

Hace un par de meses publiqué en este diario un artículo que incidía en la sociología del barrio de La Calzada donde ofrecía diferentes reflexiones basadas en encuestas entre los feligreses de la Parroquia de Fátima de cuyo estudio y desarrollado eran protagonistas los sociólogos José Manuel Parrilla y José Ramón Álvarez. Lo hice con el fin de acercar a los propios vecinos y a la población gijonesa a la singularidad del barrio como acreditación de confidencialidad, identidad y memoria colectiva de un ayer no muy lejano. En el mencionado estudio aparecen diversos epígrafes a modo de herramienta informativa y que se erigen en fieles eslabones como guardianes sociológicos del barrio y que, en mi opinión, resulta esclarecedor sacarlos del insomnio involuntario del olvido.

Como un suplemento más del artículo citado me propongo con el presente darle continuidad con el objeto de ofrecer una mayor atención en cuanto a abrir la historia como concepto mismo, decisivo e influyente que acerque a las personas interesadas a un conocimiento cuajado de episodios cercanos a nosotros, aunque los vislumbremos alejados en el tiempo. En concreto, recuperar la memoria es sumamente trascendental para iluminar penumbras mentales opacas y retraídas a la hora de acercarse a la historia y al conocimiento. Por ello, el conocimiento que emerge de la historia ha de servir como eslabón memorativo en bien de la convivencia poblacional. Al final no dejan de ser mensajes que ponen al descubierto las variantes de mutación económica y socio poblacional de la zona oeste en las últimas décadas.

La importancia del estudio en cuestión es que se abre a toda una serie de horizontes analíticos contractuales en una época concreta que da surge en el barrio. Una época de eclipse decadente laboral en donde el simbolismo “obrerista” que venía definiendo al barrio de forma singular  durante décadas sufre un apagón a consecuencia de las continuas reconversiones industriales y laborales de los ochenta que van surgiendo y que terminan por influir en el desequilibrio del concepto de clase social obrera acentuando la deriva hacia otro tipo de sociología poblacional creciente en La Calzada como nuevo estilo de vida y más dispuesta a los cambios.

El advenimiento de la sociedad posindustrial como soporte infraestructural de la conciencia obrera, al disminuir el volumen de trabajo en empresas más o menos grandes como Ensidesa -cierre de astilleros- a la vez que se incrementan efectivos vinculados a empresas más pequeñas, fundamentalmente adscritas al sector servicios provoca que las relaciones laborales dejen de corresponderse con el modelo masivo y estable de la sociedad industrial que se  apaga y pasan a ser más reducidas, inestables y precarias que tiene su reflejo, -como ya se indica - en la atenuación de la conciencia de clase. La sociedad española en el paradigma de modernización, como modelo de construcción social se empieza a notar a partir de la llegada al poder del PSOE, en el año 1982, lo cual, origina un obstáculo para la movilización obrera y para la acción sindical que erosiona el concepto de clase.

He considerado oportuno resaltar la opción rigurosa con que el estudio sociológico analiza las distintas imágenes sociales de la pobreza y que pone de manifiesto el mismo fenómeno de la pobreza predominante en la mentalidad colectiva y en la visión individualista vinculada a la desigualdad enraizada en las estructuras sociales. Incide el estudio en que las “nuevas pobrezas” -además de la individual- se producen en grupos sociales que no se corresponden al concepto clásico de “marginados”, cuya pobreza es poco menos que endémica o heredada, sino que se generan en gran parte como consecuencia de la crisis económica y las dificultades que representa el mercado laboral.

Los autores abordan también con mucha objetividad y valentía el fenómeno de la pobreza a través de la interpretación ideológica como concepción de origen y superación de esta dentro de sus concepciones radicalmente diversas y antagónicas como lo son el liberalismo y el marxismo.

El liberalismo, en general favorece una idea del pobre como alguien que, por no haber trabajado suficientemente, recibe el “castigo” de la pobreza, mientras el rico lo es por el esfuerzo. ¿A que les suena el latiguillo? Seguro que sí.

 En este predicamento, el liberalismo sostiene que lo único que puede hacerse frente a la pobreza es disminuir las ayudas sociales, de modo que los pobres reaccionen y se esfuercen para dejar de serlo. Contrariamente, la ideología marxista considera la pobreza (y la riqueza) como hecho estructural basado en la explotación del hombre por el hombre e incide en que si se logra suprimir el fenómeno de la explotación (mediante la desaparición de la propiedad privada) desaparecerá la pobreza. Asimismo, abordado el tema desde el modelo socialdemócrata, este propone una visión mixta que históricamente es el resultado del llamado Estado del bienestar -surgido al final de la segunda guerra mundial- entendiendo por tal el conjunto de todos los beneficios sociales (sanidad, pensiones, seguro de desempleo, subsidios, etcétera) que los países más desarrollados han ido proporcionando a sus ciudadanos, financiados mediante presupuestos crecientes que requiere continúas emisiones de deuda pública.

Sobre el particular hay qué acentuar que las teorías liberales se reafirman en que la pobreza constituye de hecho una negación del principio de igualdad, de los derechos humanos básicos y de la posibilidad de poder tener un nivel de vida digno como base de una sociedad en desarrollo. Las características demográficas del barrio van más allá al señalar que la identificación religiosa está entre los factores más influyentes a la hora de analizar la pobreza y sus causas. En conjunto, los que se confiesan católicos tienden mucho menos a atribuirla a causas individuales que los de religión no católica; pero son los no creyentes, junto al grupo de los católicos comprometidos, quienes más interpretan la pobreza desde la óptica estructural.

Como resolución general hay que decir que la encuesta parroquial en cuanto a la valoración del barrio que se refiere a infraestructuras y servicios públicos con independencia de que puede partir de un indicador con alto componente de subjetividad, alcanza un nivel satisfactorio respecto al conjunto de servicios que se ofrecen en el barrio de la Calzada: educativos, sanitarios, culturales, deportivos, servicios sociales -indicador del grado de pobreza- tercera edad y asociación de vecinos. Y, lo más significativo, el nivel medio alto de aprobación en cuanto que estos servicios son conocidos y usados por la población. Obviamente, los autores profundizan y desgranan otros fenómenos indicativos susceptibles a otros análisis.

Concluyo que lo verdaderamente importante del presente artículo es recuperar los valores de un proceso que no debe desligarse del cambio sociocultural originado por la transición de una estructura industrial a otra posindustrial en su interrelación permanente. La pugna de “lo viejo” y “lo nuevo” sigue teniendo una particular intensidad. Una intensidad, dicho sea de paso, que está más presente en lo simbólico que en la realización práctica.  

Como cuña final reconocerle a la Parroquia de Fátima el haberse ganado la fidelidad del barrio por saber estar y caminar junto a los vecinos y sus causas reivindicativas. Una fidelidad simbiótica que sigue erguida y puntualmente solidaria. Fiel a ese principio basta ver el colorido identificativo e identificable a la entrada del coliseo religioso como oposición al tráfico rodado de camiones por la Avenida Principe de Asturias.  Es la muestra del suma y sigue en la cadena creciente de eslabones a añadir a la historia del barrio de La Calzada.

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