Opinión | Reflexiones desde el oeste
Cuando el algoritmo educa
Las redes sociales ya no son solo un lugar donde pasar el rato. Son, para muchos niños, niñas y adolescentes, una plaza pública permanente, una escuela sin recreos y un espejo que devuelve imágenes distorsionadas. En ellas aprenden, sin que nadie lo haya decidido así, qué es deseable, qué cuerpos merecen aplauso, qué opiniones cuentan y qué significa “tener éxito”. El problema aparece cuando ese enorme poder educativo, porque lo es, actúa sin límites, sin acompañamiento adulto y sin mirada crítica. Cuando el algoritmo empieza a ocupar el lugar de la familia, de la escuela o de la comunidad, lo que está en juego es mucho más que el tiempo frente a una pantalla.
Francesco Tonucci lleva décadas recordándonos que “los niños no son el futuro, son el presente”. Sin embargo, hoy su presente se ve colonizado por plataformas que no han sido pensadas para cuidar, sino para retener. Basta con observar escenas cotidianas: una adolescente que borra una foto porque “no ha tenido suficientes likes” y siente vergüenza de su propio cuerpo; un niño que modifica su forma de hablar o de vestir para encajar en una tendencia viral; grupos donde la humillación o la exclusión se normalizan porque “todo el mundo lo hace”. No son anécdotas aisladas: son grietas diarias que afectan a la autoestima, a la salud mental y a la forma de relacionarse con los demás.
Las plataformas digitales no educan desde el cuidado ni desde la ética. Educan desde el interés económico: captar atención, generar permanencia y convertir datos en beneficio. Por eso se amplifica lo que provoca reacción inmediata, la polarización, los estereotipos, los cuerpos irreales, la banalización de la violencia, y se silencia lo complejo, lo lento, lo humano. Incluso para una persona adulta este ecosistema resulta difícil de habitar; para menores en pleno desarrollo emocional y cognitivo, el impacto es profundo.
No todo lo técnicamente posible es moralmente aceptable, el interés superior del menor debe prevalecer sobre cualquier lógica de mercado. Cuando una tecnología afecta al desarrollo emocional, a la autonomía futura y a la dignidad de la infancia, el dilema deja de ser individual y se vuelve colectivo.
Educar hoy implica también educar en lo digital. Las redes pueden ser espacios de creatividad, aprendizaje y participación si hay adultos conscientes y disponibles. Delegar sin más esta tarea en el mercado tecnológico es una renuncia peligrosa. La crianza no puede quedar en manos de un algoritmo. Es una responsabilidad compartida que empieza en casa y se refuerza desde la escuela, las instituciones y la sociedad civil. Porque proteger a la infancia es, en el fondo, proteger el futuro común.
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