Opinión
La ley de la horca
La ley de la horca fue de esas películas del oeste americano donde no falta el ranchero que recurre al linchamiento de la horca contra el cuatrero que ose cruzar sus fronteras. La película fue protagonizada por el actor pequeño de estatura James Cagney, pero colosal interprete. La ficción cinematografía de la horca cobra actualidad con motivo de la aprobación del parlamento israelí en cuanto a aplicar la pena de muerte por ahorcamiento para los palestinos. Mientras la reacción política generalizada y asociaciones de derechos humanos rechaza tan brutal decisión, el actor bufón, histriónico y grosero de la Casa Blanca la justifica como atajo al terrorismo.
Esto no va de película de ficción, ni tampoco de farol, es real como la vida misma porque acabar con la vida humana -sin más- es consustancial al matonismo que une a Trump y Netanyahu. Cuando el vehemente mayor del mundo actúa con impulso incontrolable y la garra del mayor criminal de guerra tensa la soga de la horca la profecía del apocalipsis se palpa. No es cuento, pues la medida implica que los tribunales militares en la Cisjordania Ocupada podrán condenar a muerte a personas acusadas de asesinar israelíes en “actos de terrorismo”. Además, en Israel y Jerusalén Oriental, anexionado ilegalmente, cualquier persona que mate intencionalmente a otra con el objetivo de negar la existencia del Estado de Israel podría enfrentarse a la misma pena: la horca.
Tal como explica Carlos de las Heras, responsable de Amnistía Internacional sobre derechos humanos en Israel y territorios ocupados la medida está diseñada para impactar directamente sobre la población palestina. No exige unanimidad: basta una mayoría simple. Además, fija la ejecución en un plazo de 90 días y elimina cualquier posibilidad de indulto. Como es obvio la medida va en dirección contraria a que las personas disfruten de libertad, justicia, dignidad y protección, sin sufrir violencia, discriminación ni abusos de poder.
Resulta perverso, ver brindar con champan y aplaudir entusiastamente al sionismo partidario de ajusticiar a las personas por medio de la horca. Ante estas reacciones cabe preguntarse si el mundo en que vivimos merece la pena llamarlo mundo. Me niego a admitir que el ser humano por mucha inquina cainita que lleve dentro se alegre de romperle el cuello a su vecino por mucha rivalidad histórica territorial que medie. Donde queda la concordia y el racionalismo que nos hace iguales independientemente de dónde venimos, somos y pensamos.
No es posible que la raza humana segregue bilis hacia el ahorcamiento con fin apaciguador. Esta locura de guerras -Ucrania, Palestina, Irán- propias de mentes sanguinarias y malignas solo persiguen objetivos geopolíticos interesados sin importar muertes y destrucción que ocasionan. Son mentes con adicción a segar vidas humanas, destruir lo construido para reconstruirlo después bajo codicia capitalista levantada sobre ruinas, escombro y vidas humanas.
Para cuando Netanyahu pueda ser juzgado por el tribunal de la Corte Internacional -quizás en la ancianidad- él ya habrá ajusticiado en la horca sin juicio a cientos de palestinos bajo la coartada terrorista.
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