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Opinión | Reflexiones desde el oeste

Gijón se juega el alma en sus comercios

Hay ciudades que se explican a través de sus grandes edificios, de sus cifras económicas o de sus infraestructuras. Y hay otras, como Gijón, que se entienden caminando despacio por sus barrios. Mirando escaparates pequeños, saludando a quien atiende detrás de un mostrador o deteniéndose unos minutos en esa tienda de siempre donde todavía preguntan “¿cómo estás?”. Ahí, en esos gestos cotidianos, habita una parte esencial de nuestra identidad colectiva.

El pequeño comercio gijonés atraviesa una situación compleja. La inflación, el aumento de costes, los cambios en los hábitos de consumo, la competencia feroz de las grandes plataformas digitales y la progresiva deshumanización de las relaciones comerciales están dejando una huella profunda en quienes sostienen, día tras día, la vida económica y social de nuestros barrios.

Pero reducir el comercio local a una cuestión económica sería un error. El pequeño comercio es mucho más que una actividad mercantil. Es red comunitaria, cohesión social y arraigo. Es la panadería que detecta la soledad de una persona mayor. La librería que recomienda lecturas a una adolescente. La tienda de barrio que fía cuando las cosas vienen mal dadas. Son espacios donde todavía existe tiempo para la conversación, la escucha y la cercanía en una sociedad cada vez más acelerada.

Cuando un pequeño comercio baja la persiana, no solo desaparece un negocio. También se apaga una parte de la memoria del barrio. Las calles pierden tránsito, seguridad, encuentro y vida. La ciudad se vuelve más uniforme, más fría y más anónima.

Gijón siempre ha sido una ciudad construida desde lo colectivo. Desde la solidaridad vecinal, el esfuerzo compartido y la defensa de una economía vinculada a las personas. Por eso, el momento actual exige una reflexión profunda sobre el modelo de ciudad que queremos habitar. No basta con emocionarnos cuando vemos cerrar un comercio histórico. El compromiso también se ejerce en las decisiones cotidianas: dónde compramos, qué apoyamos y qué futuro estamos ayudando a construir.

Defender el pequeño comercio no es un gesto nostálgico. Es una apuesta social, económica y humana. Es defender barrios vivos frente a ciudades escaparate. Es apostar por empleos dignos, por relaciones de proximidad y por una economía que permanece en el territorio.

Todavía estamos a tiempo de decidir qué ciudad queremos dejar a quienes vienen detrás. Porque quizá el futuro de Gijón no dependa solo de grandes inversiones o proyectos estratégicos, sino también de algo mucho más sencillo y poderoso: no dejar solas a las personas que cada mañana siguen levantando la persiana de nuestra vida cotidiana.

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