Opinión | Reflexiones desde el oeste
Leer y escribir cuando el mundo tiembla
“Peor que ponerse a leer y escribir en un momento como este, sería no ponerse a leer y a escribir en un momento como este”. La frase, tantas veces compartida y reapropiada, suele vincularse a la lucidez de Wisława Szymborska, una autora que supo mirar el mundo desde sus grietas, desde lo aparentemente pequeño, para decir lo esencial. No es solo una invitación: es casi una advertencia ética.
Cuando el mundo se vuelve inhóspito, cuando las noticias pesan, cuando la incertidumbre se instala como un huésped incómodo, leer y escribir podrían parecer gestos inútiles, incluso frívolos. Sin embargo, es precisamente en esos momentos cuando adquieren su dimensión más radical. La literatura no es un adorno del tiempo tranquilo, sino una herramienta de resistencia en tiempos difíciles.
Leer es un acto de hospitalidad: acoge otras voces, otras vidas, otros dolores. Nos saca de la estrechez del yo y nos empuja hacia la empatía. En un contexto marcado por la violencia simbólica o real, por la desigualdad o la desafección, abrir un libro es negarse a la indiferencia. Es decir: me importa comprender. Es, en sí mismo, un gesto político y profundamente humano.
Escribir, por su parte, es un ejercicio de sentido. Nombrar el mundo es una forma de ordenarlo, de enfrentarlo, de no sucumbir al caos. Como si cada palabra fuera un pequeño dique frente a la desmesura. Szymborska hablaba de la escritura como un territorio donde el tiempo se pliega y el autor decide: detener, acelerar, repetir. En ese gesto hay una forma de poder íntimo, una soberanía humilde pero imprescindible.
Podríamos pensar la literatura como ese “minúsculo timón” que, aunque diminuto frente a la inmensidad del buque , la humanidad, la historia, el presente convulso, sigue orientando el rumbo. No detiene la tormenta, pero ayuda a no perder el norte. Nos recuerda que hay dirección posible, que aún cabe elegir hacia dónde avanzar.
En los últimos tiempos, voces contemporáneas como Samanta Schweblin han recuperado este espíritu, subrayando la urgencia de las historias cuando todo parece tambalearse. Contar y escuchar relatos se convierte entonces en una forma de sostenernos colectivamente, de no quedar a la intemperie.
Quizá por eso escribir no es un lujo. Es una necesidad. No siempre cambia el mundo de forma inmediata o visible, pero transforma la mirada, y ahí comienza todo cambio posible. En cada texto hay una apuesta por el sentido, por la memoria, por la dignidad de lo vivido.
Leer y escribir, en definitiva, son actos de cuidado: de una misma, de las otras, del mundo. En tiempos de ruido, son una forma de escucha. En tiempos de prisa, una forma de detenerse. Y en tiempos de fractura, una manera de recomponer, aunque sea con hilos frágiles, la trama de lo humano.
Porque tal vez no podamos evitar que el mundo tiemble. Pero sí podemos decidir cómo habitamos ese temblor. Y en esa decisión, abrir un libro o tomar un lápiz sigue siendo un gesto profundamente transformador.
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