Opinión | Reflexiones desde el oeste
Resistencia: el yo más allá del escaparate
En una cafetería cualquiera alguien fotografía el café antes de probarlo. En otro rincón, una mujer pasea a su perro vestido con más cuidado del que a veces dedicamos a nuestros afectos. Un adolescente desliza el dedo sobre una pantalla buscando aprobación instantánea mientras una voz artificial responde con una cortesía programada que ya parece más amable que muchas conversaciones humanas. Quizá no sean escenas aisladas. Quizá sean, como plantea el psicólogo y catedrático asturiano Marino Pérez Álvarez, los síntomas cotidianos de una época que ha convertido el yo en escaparate.
Su último ensayo, “Selfis, satisfyers, mascotas y robots. Signos del narcisismo contemporáneo”, presentado en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, no señala simplemente costumbres modernas. Hace algo más incómodo: coloca un espejo frente a nuestra manera de habitar el mundo.
Vivimos rodeados de dispositivos diseñados para responder al deseo inmediato. Todo parece construido para evitar la espera, el silencio o la incomodidad. La tecnología, que prometía acercarnos, también ha comenzado a moldear emociones y vínculos. Nos observamos constantemente, convertidos en narradores obsesivos de nuestra propia existencia. Fotografíanos la felicidad antes incluso de sentirla. Compartimos experiencias mientras dejamos de vivirlas del todo.
El libro de Marino Pérez no demoniza el progreso. Más bien invita a preguntarnos qué ocurre cuando la identidad depende demasiado de la mirada ajena y cuando la autoestima se vuelve una estadística de aprobación digital. En ese territorio aparecen los selfis, pero también las relaciones afectivas sustituidas por conexiones más cómodas y menos imprevisibles: mascotas humanizadas, asistentes virtuales, robots conversacionales capaces de simular compañía.
Hay algo profundamente literario en esta deriva. Como si la sociedad contemporánea hubiera construido una gran habitación llena de espejos donde cada persona busca desesperadamente su reflejo sin llegar nunca a encontrarse. El narcisismo del que habla Pérez no siempre adopta la forma de arrogancia. A veces se manifiesta como fragilidad extrema, necesidad constante de validación o miedo al vacío.
Asturias, tierra de plazas, conversaciones lentas y memoria compartida, quizá conserve todavía cierta resistencia frente a esta soledad hiperconectada. Todavía existen bancos frente al mar donde la gente habla sin mirar una pantalla. Todavía quedan barrios donde alguien pregunta “¿cómo estás?” esperando realmente una respuesta.
Tal vez por eso el ensayo resuena especialmente aquí. Porque en medio de algoritmos, filtros y asistentes digitales, seguimos necesitando algo antiguo y profundamente humano: sentirnos mirados sin convertirnos en espectáculo.
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