Mariano Matarranz, figura de la semana: un alquimista que tuvo una revelación en La Ñora
Los críticos reconocen un estilo y una técnica personal únicos, desarrollados a través de la experimentación y la investigación, en este artista que firma la obra "Vestigios" para ilustrar el cartel de la Feria Internacional de Muestras

Mariano Matarranz. / Mortiner

Hubo un tiempo –finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo XX– en que el artista madrileño Mariano Matarranz (1952) salía de la playa de La Ñora cargado de piedras, tierras, algas y apuntes con los que ponía rumbo a la sierra de la comunidad capitalina. A casi 500 kilómetros de la costa cantábrica, acopiado todo en una bañera de su estudio, investigaba sobre todas las posibilidades artísticas de texturas, colores y procesos que se escondían en aquella materia escogida y que el agua transformaba. Hasta que un galerista amigo, viendo tanto despliegue, acabó por decirle a Matarranz lo que su propio espíritu -y quizá también su mujer asturiana- le susurraba sin darse cuenta: "Si te estás trayendo Asturias a la sierra, igual sería más inteligente que te fueras a vivir a Asturias".
Y así fue. En 1993 el que era un pintor que había despuntado como protagonista en el circuito artístico madrileño -hizo su primera exposición en el Club de Prensa de Madrid con 20 años-, se afincó en Gijón con su familia y le dio otro rumbo a su vida. Y no era el primero. Porque Matarranz, que tuvo una formación absolutamente clásica y muy academicista –"fui pintor de caballete", dice él mismo para los más incrédulos–, estudiante destacado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando hasta que el cuerpo le pidió buscar otras inspiraciones y otros registros, ha acabado por parecerse más a un alquimista moderno. Uno que entre resinas, óxidos, pigmentos, papeles, ácidos y otras fórmulas que investiga hasta la extenuación ha encontrado la sal de su vida. Uno más preocupado por la indagación técnica de los procesos de la pintura que por salir a escena.
El último logro de este experto en hacer transmutar la materia y convertirla en motivo de un cuadro, muchas veces de enormes dimensiones como se vio en el Museo Barjola en 2016, es muy reciente. Esta misma semana la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Gijón hacía público que una obra firmada por él es el nuevo cartel anunciador de la 69.ª edición de la Feria Internacional de Muestras de Asturias.
Un cartel y una obra hecha en papel transformado a su modo y por sus manos, con cualidades difícilmente imaginables como soporte artístico de grandes formatos, a donde el maestro de los óxidos ha llevado una interpretación propia de la región. Según ha contado, en esa obra que ha titulado "Vestigios" hay referencias al hierro, al acero, al cobre y hasta al oro que están en la historia industrial de la región, en su presente y en su futuro.
Con la sobreexposición que tendrá su obra para la Fidma, aunque sea vista desde los escaparates de media Asturias, y la visibilidad que han tenido muy recientemente una treintena de obras suyas en la primera exposición individual del pintor en el Museo de Bellas Artes de Asturias -se cerró el pasado mes de febrero-, el madrileño compensa los años de solitaria recogida que pueden llegar a transcurrir cuando se mete en una investigación pictórica.

"Vestigios". / Mariano Matarranz.
Porque así trabaja: concentrado hasta la extenuación en series de proyectos artísticos donde ha llegado a colaborar con profesionales químicos hasta comprender y dominar un proceso que le lleva, por poner un ejemplo, a saber preservar una espuma de agua o congelar un charco para meterlo en un cuadro irrepetible. De hecho, lo dice muy a menudo: que sería incapaz de imitar un cuadro suyo.
Una vez que se ha vaciado en el proceso de investigación sobre una serie artística, a Matarranz hay que buscarle haciendo otra cosa porque ahí ha estado siempre su inspiración, en aprender de todo y una vez que se domina algo, buscar otro rumbo porque el cuerpo se lo pide. Siempre centrado en lo que le importa: la obra en sí misma.
Nada en la poderosa obra, llena de matices y lirismo de Matarranz, sigue la línea de la moda o del interés comercial. Mariano Matarranz de Santos es un alma libre que investiga, experimenta y pinta a su antojo y a su ritmo en un taller industrial de El Natahoyo, que comparte a medias con una empresa de tuercas. Ese taller es su cocina de artista y dicen que ahí, en su contexto, se entiende mucho mejor la mirada de Matarranz y la pátina de óxido y la plasmación mineral que tiene su arte.
Este hombre campechano, discreto, bonachón, obrero del arte y con mucha sensibilidad según los que le conocen, es viudo y padre de una hija, Guiomar Matarranz Martínez, experta en la obra del Poeta Ángel González. Toda su aparente sencillez se da de bruces con la proyección nacional e internacional que ha tenido su obra. Hay series de sus pinturas que solo se vendieron en el extranjero, como cuando se llevó toda su producción unos marchantes suizos, y su pintura forma parte de destacadas colecciones públicas y privadas -Congreso de los Diputados, Fundación Príncipe de Asturias, Fundación Masaveu, Colección Dove de Suiza, Embajada de España en Pekín, museos gijoneses...–. Pero a él que le dejen en su taller de El Natahoyo.
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